Puede parecer un asunto menor, pero acaba de aparecer una nueva colección de "narrativa joven mexicana", esa cosa fugaz: la antología
Novísimos cuentos de la República Mexicana, compilada por Mayra Inzunza (quien también escribe un prólogo extenso, y ofrece notas y bibliografía) y publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro.
El libro, como
Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, 1997) de Roberto Max y Leonardo da Jandra y varias otras colecciones de menos fama, reúne a narradores de menos de cierta edad (35 años, en este caso) y busca dar un panorama "actual", una imagen de lo que se escribe "ahora". El libro, también, propone dos novedades: la primera, que se eligió a un autor o autora de cada estado del país más el Distrito Federal, lo que por un lado muestra los males del centralismo (la mayoría de los antologados se han destacado tras publicar en o mudarse a la capital) y por el otro da a pensar en que, al contrario de lo que podría haber sucedido en otro tiempo, mucho de lo mejor que se publica en el país se nutre, por lo menos, de experiencias vitales y literarias que no tienen como eje al D.F.; y la segunda, más importante, que se dio cabida a cuentos en el sentido tradicional, pero también a minificciones y a los elusivos relatos "posmodernos", que se diferencian sobre todo por sus estrategias intertextuales y metaficcionales.
Podría dar aquí una lista de los textos que más me gustaron. Podría decir también que, como ocurre en la antología de Max y da Jandra, lo que más claro se ve es la enorme distancia que hay entre los estilos e intereses de todos los reunidos (y, por extensión, de todos los escritores en el mismo rango de edad), y la ausencia, salvo contadas excepciones, de experimentos radicales, de búsquedas claramente personales. Pero sería repetir el cliché de todas las reseñas que se han ocupado, al menos desde los años ochenta, de antologías semejantes. Vale más decir que este libro es el primero, hasta donde sé, que deja de lado la imagen que cuesta a
Dispersión multitudinaria su mayor desacierto, es decir, la del devenir de la literatura como una línea recta, una sucesión o un progreso, un trenecito de obras y de escuelas. En vez de lamentar o ignorar que esta imagen no sirve, cuando menos, desde principios del siglo XX, Inzunza es consciente de que la literatura actual es un campo, más que una trayectoria, y se preocupa por marcar sus fronteras históricas y formales.
La antología tiene, además, la virtud de lanzar una advertencia: muchos de los escritores reunidos están por dejar atrás la "juventud", al menos como se entiende (precisamente, menos de 35 años) en el
establishment cultural de México. Mientras que algunos narradores nacidos en los sesentas están ya "colocados" en el panorama de las letras en lengua castellana (y algunos, incluso, escriben libros que valen la pena), el avance de la "generación" siguiente, la de los setenta, parece más vacilante y más incierto. El libro, que se deja leer y contiene numerosas ideas intrigantes, puede disfrutarse sin más consideraciones, pero es también una piedra miliar: los escritores de la última camada mexicana se aventuran más lejos de sus precursores (y de los hábitos comodones de muchos de ellos) pero aún falta ver si podrán dar, con firmeza, el siguiente paso, a pesar de las carreras ya alentadoras de algunos de ellos.
(Hay pocas
notas en la red sobre el texto, y la mayoría son meros avisos de alguna presentación, como la que tendrá lugar hoy por la tarde en el Palacio de Bellas Artes. Volveré a esta nota para agregar reseñas, cuando aparezcan.)
(Alberto Chimal)