Long story short:
Tengo cuatro finales:
1.- La bomba explota y mata a todos. Fin.
2.- La bomba explota y no mata a nadie. En tal caso todos se van a un supermercado a comprar helado para celebrar. Se manchan los dedos y se despiden de beso.
3.- Organizan una cena. Cenan. Durante la cena se ponen a llorar y un bebé (tengo que conseguir un puto bebé) activa la bomba y sólo muere la pareja que celebraba su aniversario de novios.
4.- La bomba explota pero sólo destruye al lenguaje. Con una mano en el corazón (y la otra a cien metros de ahí) Lenguaje mira al infinito y se despide del mundo cruel.
Como ven, mi imaginación anda cojeando últimamente. La vida de un jovencito honesto como yo no dá para mucho y tampoco es fácil que digamos. No me alimento bien. Pierdo cabello. Sudo como un caballo. Camino encorvado y hago gestos que no puedo evitar. Llevo una semana sin escribir nada de Norte. Tengo un principio sumamente chabacano y pretencioso:
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Buscaba una señal.
No sabía de qué clase, ni tampoco si llegado el momento sabría reconocerla.
A los trece años creía que una señal como la que yo buscaba brillaría en el cielo casi tanto como la estrella de Venus. Pero a los trece años uno piensa muchas cosas, y yo tenía muy presentes las palabras de mi hermano mayor y esperaba que de un momento a otro las cosas cambiarían de rumbo.
Me había dicho:
-Sé paciente. Ya habrá oportunidad.
Luego se marchó a los Estados Unidos y durante cinco años mantuvimos una comunicación más bien escasa. Al principio le fue bien y solía mandarme dinero a través de Rafael, el hermano menor de nuestro padre. Luego se metió en problemas, no una sino varias veces, y en más de una ocasión debió cruzar la frontera de nuevo para buscar otro trabajo. Yo no entendía bien por qué se iba. Y no quería estar solo ni vivir en casa de Rafael. Había a mi alrededor una multitud de cosas que no entendía, y sentía que nunca las conocería si no tenía a mi lado una persona en quien confiar.
-¿Oportunidad para qué? –dije.
-Para qué vengas conmigo.
-No quiero ir a ningún lado.
-Entonces qué quieres hacer, ¿eh?
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Y continúa. 30 páginas de porquería.
Así que no estoy de mucho ánimo.
Tengo otro cuento que comienza así:
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El libro favorito de mi padre era una autobiografía titulada
Corazones rotos. En la portada aparecía la fotografía de un hombre mayor, vestido con un suéter de tortuga, gafas gruesas de carey, pantalones de lino color chocolate y un elegante bastón que apoyaba apenas sobre la ligera pendiente de pasto seco. Para mí aquella foto no significaba nada. Pero para mi padre (que sentía los eflujos que lo identificaban con muchos otros hombres que habían sufrido lo mismo) era como verse en el espejo.
Durante un tiempo, de hecho, proyectó escribir su propia autobiografía (Cómo sobrevivir a un infarto de miocardio y gozar la vida) y se sentó cinco días consecutivos a borronear sobre una libreta de contabilidad.
-Francamente –me dijo-, no me puedo comparar a
Corazones rotos. Es una obra maestra. El hombre no sólo sobrevivió a un infarto, sobrevivió a dos y todavía juega tenis. Conozco a muchos jóvenes que no podrían hacer la mitad de cosas que él hace.
-Sí, papá, pero tú no te has recuperado
-Eso dicen. Yo me siento bien.
Colgando del bolsillo de la cazadora; el libro hacía que su caminar luciera vacilante. Se movía por la casa apoyándose en los muebles aunque la mayor parte del tiempo se la pasaba en el sofá, frente al televisor y una montaña de revistas y con el aparato telefónico en su regazo. Llamaba a sus conocidos, conversaba horas y horas sobre los viejos tiempos y a las cuatro o cinco se iba a la cama a tomar una siesta. En la cabecera colgaba la bombilla para medir la presión. Y en el buró estaban los medicamentos y una hoja con números de emergencia y un celular al que sólo tenía que oprimir un botón para llamarme. Tras el infarto solía hacerle visitas diarias y llamarle dos o tres veces al día.
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Y continúa. 25 páginas de porquería.
Creo que no voy a acabar ningún cuento. Siempre, hacia el final, alguien saca una bomba de debajo del suéter y hace volar por los aires a todos los pobres bastardos. Así que cuando he venido al blog no he encontrado algo interesante que decir. Iba a poner unos rollos sobre Bobbie Ann Mason y sobre Tobías Wolff pero ya es tarde.
Como siempre, los invito a suscribirse a HERMANOCERDO en el mail hermanocerdo@gmail.com
Sed felices.