26 de marzo de 2006

My Father, My Fiction


Un poco para contrarrestar el efecto moonwalk de este blog, me levanté esta mañana decidido a escribir algo. Así que me puse a pensar. Y mientras revisaba un montón de fotocopias encontré un ensayo de Joyce Carol Oates titulado "My Father, My Fiction", que leí hace no mucho. Por el título es posible que se imaginen de qué trata el ensayo. Tema peliagudo. Luego recordé el libro que la hija de Salinger, Margaret A. Salinger, publicó hace unos dos años, Dream Catcher. A Memoir. Y mientras buscaba el ensayo de Oates en internet me encontré con esta reseña de un libro titulado My Father is a Book, escrito por Janna Malamud Smith. Y luegos, si siguen, tienen Home Before Dark, el libro de Susan Cheever. Y por suspuesto tienen Patrimony, de Pipik. Y cuando pongo dos palabras en el buscados encuentro: My Father's Tears, un cuento de John Updike, en el New Yorker, y algo titulado The Trail of My Father's Blood, y luego My Dad, My Depresion, y una nota periodística My Dad's, the Prime Minister. Y todo lo que se imaginen.
Por supuesto pienso en lo que yo podría escribir de mi padre. No lo sé, en serio.

Para dejar esta nota me encontré más cosas. Una reseña de una nueva biografía de Kafka (clic en la imagen); y un artículo titulado Hemingway, secret agent, y un ensayo que ya había leído de James Wood, titulado Realism Rules (still) abreviado de otro llamado The Blue River Of True originalmente publicado en The New Republic. Y por último otra reseña de Zuckerman publicado en La Nación.

Sed felices.

24 de marzo de 2006

Pequeño post

I was looking for myself and asking everyone except myself questions wich I, and only I, could answer. It took me a long time and much painful boomeranging of my expectations to achieve a realization everyone else appears to have been born with: That Im nobody but myself. But first I had to discover that I am an invisible man!


Tenía otras frases disponibles para este momento, quiero decir para el momento en que me decidiera a venir aquí (al CaféRufo, mis headquarters de los últimos días) y tratar de escribir algo medianamente coherente y eficaz. Durante las últimas semanas no ha pasado un día que no abra mi libro en la página 441 y lea la página inicial de “Battle Royal”, el cuento que Ralph Ellison publicó en 1948 y que más tarde sería el capítulo inicial de su novela Invisible Man. Todos los días lo he leído dos o tres veces de la misma manera que casi todos los días, leo la primera página de Augie March:


I am an American, Chicago born –Chicago, that somber city- and go at things as I have taught myself, free-style, and will make the record in my own way: first to knock, first admitted; sometimes an innocent knock, sometimes a not so innocent.


Así que durante las últimas semanas no he hecho otra cosa que leer comienzos una y otra vez, y repetirlos mentalmente mientras camino por la calle y mientras la gente dedica su fuerza mental a otras cosas, a Leibnitz, por ejemplo, o a pagar la compostura del auto, o en casos tristísimos a estudiar literatura mexicana. Estoy en la cama, rodeado de libros, libros pesados de tapas duras y bella tipografía, y los voy pasando uno por uno y leo la primera página y después de hacerlo clavo la mirada en la pared e intento pensar algo respecto de esa primera página, pero nada ocurre.

Lo que sucede es que estoy fuera de forma. Escribo muy poco y cuando lo hago borro las primeras frases porque nunca me gustan. Todo el tiempo pienso en “the much painful boomeranging of my expectations”, y el zumbido dentro de mi cabeza se expande mientras escribo hasta que Control+E-Delete y se acabó. Entonces voy al baño, orino lentamente y luego me observo en el espejo y creo que al final me gusta un poco lo que veo. Iba a escribir hoy sobre la desconfianza que me producen los estudiantes de filosofía. Sobre sus libreros. Sobre la manera como, condescendientemente, te hablan de sus tesis. Pero no lo voy a hacer. Los planes para hoy son salir a la cancha y dar el cien por cien. He estado trabajando en el segundo número de Hermanocerdo y creo que está quedando bien y lo tendremos para finales de marzo.
Es bastante tarde. Dejo el CaféRufo y me voy en pequeño trote a comprar agua. Ya he pasado por temporadas igual de ociosas y sé que al final saldré con la ramita de olivo entre los dientes, sonriendo gratamente hacia los bellos desconocidos que se cruzan en mi camino. Uno cree, por ahí de los 20 años, que quemar las naves es un asunto definitivo que nos cambiará la vida. Por entonces quemar las naves es una metáfora para decir que queremos dejar de ser estúpidos. Luego, a los 25, vuelves a quemar las naves y crees que todo será mejor. A los 27 crees que eres capaz de hacerlo otra vez pero ya te da bastante risa seguir siendo el mismo idiota. ¿Entonces? Entonces nada. Vas por ahí, repitiendo las primeras páginas que te has aprendido de memoria y al mismo tiempo pensando en una puta manera de hacer dinero, más dinero. I was looking for myself and asking everyone except myself questions wich I, and only I, could answer.

6 de marzo de 2006

Sherman Alexie, en HERMANOCERDO (2)



Aquí dejo un adelanto de lo que encontrarán en el segundo número de HERMANOCERDO. Es una traducción de un cuento de Sherman Alexie publicado originalmente en el New Yorker, y ganador del O'Henry Prize en 2004. Este cuento viene, creo, en Ten Little Indians.
Un adelanto en exclusiva para mis amados lectores.



What You Pawn, I Will Redeem
MEDIODÍA

Un día tienes un hogar y al siguiente no, y sin embargo no voy a decirte mis razones particulares por las que soy un vago sin hogar, porque esa es mi historia secreta, y los Indios tienen que trabajar duro para mantener sus secretos lejos de los hambrientos hombres blancos.

Yo soy un indio de Spokane, un salish del interior, y mi pueblo ha vivido dentro de un radio de cien millas de Spokane, Washintong, por al menos diez mil años. Crecí en Spokane, me mudé a Seattle hace veintitrés años para asistir a la universidad, fui expulsado tras dos semestres, trabajé para varios empleos manuales, me casé dos o tres veces, fui papá de dos o tres hijos, y enloquecí. Por supuesto “loco” no es la definición oficial de mi problema mental, pero tampoco creo que “desorden asocial” lo sea, porque eso me suena a que soy un asesino serial o algo por el estilo. Nunca he lastimado a otro ser humano o, al menos, no físicamente. He roto algunos corazones en mis épocas, pero todos lo hemos hecho, así que no soy nada especial en ese aspecto. Además, soy un rompecorazones aburrido. Nunca he salido o me he casado más que con una mujer a la vez. No dejé un corazón hecho pedazos durante una noche. Los rompí lenta y cuidadosamente. Y no batí ningún record de velocidad mientras salía por la puerta. Pieza por pieza, desaparecía. He estado desapareciendo desde entonces.

No he tenido un hogar desde hace seis años. Si existiera algo como un efectivo hombre sin hogar, entonces supongo que soy efectivo. No tener hogar es quizá la única cosa en la que he sido bueno. Sé dónde conseguir la mejor comida gratis. Tengo amistades en restaurantes y con convenientes gerentes de tienda que me dejan usar el baño. Y no me refiero a los baños públicos. Hablo de los baños de empleados, los limpios que se esconden tras la cocina o la alacena o el refrigerador. Sé que suena extraño enorgullecerse de ello, pero para mí significa mucho ser lo suficientemente confiable como para orinar en el límpido baño de alguien más. Quizá no entiendas el valor de un baño limpio, pero yo sí.

Probablemente nada de esto te interese. Los indios sin hogar están en cualquier lugar de Seattle. Somos comunes y aburridos, y tú caminas como si nada junto a nosotros, quizá con una mirada de disgusto o incluso tristeza por el terrible destino del noble salvaje. Pero tenemos sueños y familias. Estoy en buenos términos con un indio de la llanura sin hogar cuyo hijo es editor de un periódico de los grandes, allá en el Este. Por supuesto, esa es su historia, pero nosotros los indios somos grandes narradores y mitómanos y creadores de leyendas, así que quizá aquel indio vagabundo de la llanura sólo es un viejo indio de todos los días. Tengo ciertas sospechas de él, porque sólo se identifica como indio de la llanura, un término genérico, y no por una tribu específica. Cuando le pregunté por qué no me decía exactamente de dónde era, dijo “¿Alguno de nosotros sabe exactamente lo que somos?” Vaya, qué bien, un indio filosofando. “Hey,” dije, “de seguro tienes un hogar para comportarte así.
Él sólo se rió, me lanzó un saludo y se alejó.

Recorro las calles con una tripulación fija –mis compañeros, mis defensores, mi pandilla. Son Rosa de Sharon, Junior, y yo. Cuidamos uno del otro sin cuidar de nadie más. Rosa de Sharon es una mujer grande, de casi siete pies de altura si mides el efecto completo y como cinco pies de alto si sólo te fijas en lo físico. Es una india Yakama de una rama de los Wishram. Junior es un Colville aunque hay casi doscientas tribus que componen a los Colville, así que podría no ser nadie. Es guapo aunque parece salido de uno de esos anuncios públicos de no fumar. Tienes esos grandes huesos que son como planetas, ya sabes, con pequeñas lunas orbitando alrededor. Me pone celoso celoso, celoso. Si nos pones juntos, uno al lado del otro, él es el Indio Antes de la Llegada de Cristóbal Colón, y yo soy el Indio Después de la Llegada de Cristóbal Colón. Soy la prueba viviente del horrible daño que el colonialismo provocó en nosotros, los Pieles. Pero no voy a dejar que sepas cuánto miedo tengo de la historia y sus métodos. Soy un hombre fuerte, y sé que el silencio es el mejor método para lidiar con los tipos blancos.

Esta historia realmente comienza en el almuerzo, cuando Rosa de Sharon, Junior y yo manipulábamos el pote hacia el mercado de Pike Place. Tras dos horas de negociación ganamos cinco dólares, suficientes para una botellas de coraje fortificado del más hermoso 7-Eleven del mundo. Así que tomamos el camino, sintiéndonos como guerreros borrachos, y pasamos por este casa de empeño que no nunca había visto. Y eso era extraño, porque nosotros los Indios hemos desarrollado un redar de casas de empeño. Lo más extraño, sin embargo, era el viejo atavío de baile powwow que vi colgando en la ventana.

-Ese es el adorno de mi abuela –dije a Rosa de Sharon y Junior.
-¿Cómo sabes que es ese? –preguntó Junior.

No lo sabía con certeza, porque nunca había visto un atavío en persona alguna. Sólo había visto fotografías de mi abuela bailando con él. Y eran fotos tomadas antes de que alguien le robara el atavío, cincuenta años atrás. Aún así lucía tal y como mi memoria lo recordaba, y tenía las mismas plumas coloreadas que mi familia solía coser en nuestros atavíos powwow.

-Sólo hay una manera de saberlo -dije.

Rosa de Sharon, Junior y yo entramos a la casa de empeño y saludamos al viejo hombre blanco de detrás del mostrador.

-¿En qué puedo ayudarles? –preguntó.
-Ese es el atavío powwow de mi abuela, en su ventana –dije-. Alguien se lo robó hace cincuenta años, y mi familia lo ha buscado desde entonces.

El prestamista me miró como si yo fuera un mentiroso. Lo entendía. Los prestamistas se llenan de mentiras.

-No estoy mintiendo –dije-. Pregunte a mis amigos. Ellos le dirán.
-Es el Indio más honesto que conozco –dijo Rosa de Sharon.
-Muy bien, Indio honesto –dijo el prestamista-. Te otorgaré el beneficio de la duda ¿Puedes probar que es el atavío de tu abuela?

Porque no quieren ser perfectos, porque sólo Dios es perfecto, el pueblo Indio cose desperfectos en sus atavíos powwow. Mi familia siempre cosía un adorno amarillo en algún lugar del atavío. Pero lo escondíamos tan bien que debías buscar muy bien para de verdad encontrarlo.

-Si de verdad es de mi abuela –dije-, entonces tendrá un adorno amarillo escondido en algún lugar.

-Muy bien, pues –dijo el prestamista-. Vamos a echar un vistazo.

Bajó el atavío de su lugar junto a la ventana. Lo extendió sobre el mostrador de vidrio y comenzamos a buscar el adorno hasta que lo encontramos debajo de la axila.

-Aquí está –dijo el prestamista, sin traslucir la menor sorpresa-. Tenías razón. Este el atavío de tu abuela.

-Ha estadio perdido por cincuenta años –dijo Junior.
-Hey, Junior –dije-. Es la historia de mi familia. Déjame contarla.
-Está bien –dijo-. Me disculpo. Adelante.
-Ha estado perdido por cincuenta años –dije.
-Es la historia triste de su familia –dijo Rosa de Sharon-. ¿Va usted a devolverle el atavío?
-Eso sería lo correcto –dijo el prestamista-. Pero no puedo darme el lujo de hacer lo correcto. Pague mil dólares por él. Simplemente no puedo dejar ir mil dólares.
-Podríamos ir a la policía y decir que fue robado –dijo Rosa de Sharon.
-Hey –le dije-. No comiences a amenazar gente.

El prestamista suspiró. Pensaba en las posibilidades.
-Bueno, supongo que deberían ir con los policías –dijo-. Pero no creo que les crean una palabra.
Pareció triste por ello. Como si lamentara aprovecharse de nuestras desventajas.
-¿Cómo te llamas? –me preguntó.
-Jackson –dije.
-¿Nombre o apellido?
-Ambos –dije.
-¿Hablas en serio?
-Sí, es verdad. Mi madre y mi padre me llamaron Jackson Jackson. El mote de mi familia es Jackson Cuadrado. Mi familia es divertida.
-Muy bien, Jackson Jackson –dijo el prestamista. ¿No creo que tengas mil dólares, verdad?
-Tenemos cinco dólares en total –dije.
-Eso está muy mal –dijo, y pensó duro en las posibilidades-. Te lo vendería en mil dólares si los tuvieras. Pero mira, para hacerlo justo te lo venderé por novecientos noventa y nueve dólares. Yo pierdo un dólar. Eso sería lo correcto en este caso. Perder un dólar sería lo correcto.
-Tenemos cinco dólares en total –dije.
-Eso está muy mal –dijo una vez más, y pensó aún más en las posibilidades-. ¿Qué tal esto? Te daré veinticuatro horas para volver aquí con novecientos noventa y nueva dólares. Regresas aquí a la misma hora de mañana con el dinero y te lo venderé. ¿Qué te parece?
-Suena bien -dije.
-Muy bien, entonces –dijo. Tenemos un trato. Y te daré un comienzo. Aquí tienes veinte dólares.
Abrió su cartera y extrajo un arrugado billete de veinte dólares y me lo dio. Rosa de Sajaron, Junior y yo salimos a la luz del día para buscar novecientos setenta y cuatro dólares más.