14 de julio de 2007

Breve reseña de Everyman, de Philip Roth

Hay una escena hacia el final de Ravelstein, de Saul Bellow, en la que el narrador, Chick, se intoxica con un pescado tropical que lo lleva al hospital y a debatirse entre la vida y la muerte. Aunque dice: “Y ciertamente no estaba al tanto de que luchaba por mi vida.” Esta frase, “luchar por la vida”, se desfigura cada vez más en la ficción moderna, al menos en su acepción médica. Quienes luchan de verdad son los cardiólogos, los uncólogos, especialistas de toda clase que hoy, en la ficción contemporánea, comienzan a formar una tendencia, quizá porque nunca se habían dedicado tantos esfuerzos a salvar la vida de una persona. En la Muerte de Iván Ilich tenemos la escueta noticia de que Iván Ilich “Hacía ya varias semanas que estaba enfermo; decían que su enfermedad era incurable.” Esta incertidumbre es rara hoy día. (Sin embargo esto no quiere decir que los doctores no hayan figurado como personajes de monta. Por ejemplo los doctores rurales de Kafka y Chejov; los doctores que crean monstruos como Frankestein o Mr. Hyde, o Doctor Zhivago, o los doctores que deambulan en la narrativa moderna luchando contra las enfermedades mentales como el alzheimer (Las Correcciones, de Franzen, por ejemplo).

Ravelstein fue la última novela de Bellow, y Roth acusó el golpe de la muerte de su amigo y maestro. De la muerte de Bellow nace, en cierta manera, la novela Elegía, la historia de un personaje sin nombre, padre de tres hijos y casado tres veces, que se a ve a sí mismo como una persona normal. Hubo un tiempo en que sintió un deseo vehemente de dedicarse a la pintura, pero al final, nos dice, hizo caso a su padre y se dedicó a una actividad más remunerativa. Este dato por sí sólo es suficiente para advertir la ausencia de romanticismo poético de la novela, una evasión del snobismo artístico, porque ¿cuántas personas deciden sacrificar su vida en nombre del arte? ¿Y cuántas otras deciden llevar una vida normal, casándose y divorciándose, ganando dinero, yendo de vacaciones?

Despojado de eso, Elegía carece de los efectos que Philip Roth nos ha acostumbrado en novelas anteriores. No es el atrevido y elegíaco Zuckerman, o el sensual Kepesh, o el niño que crece en Newark. Para un lector que por primera vez entra al mundo narrativo de Roth Elegía puede ser una puerta extraña, y la prosa, despojada de artificio, lo puede ser aún más, aún cuando permite entrever la poesía que subyace bajo el tema y la llaneza del tratamiento:

La última en acercarse al ataúd fue la enfermera privada, Maureen, una luchadora a juzgar por su aspecto y buena conocedora tanto de la vida como de la muerte. Cuando, con una sonrisa, dejó que la tierra se deslizara lentamente a través de la palma curvada y cayera por el borde de su mano al ataúd, el gesto pareció el preludio de un acto carnal. Era evidente que en otro tiempo ella había pensado mucho en aquel hombre

El narrador nunca se apresura y se las arregla para mostrarnos un mundo más rico y profundo que el que describe, y aún cuando la novela no se centrará en ese amor ni en los otros, el lector puede apreciar el efecto que han tenido sobre lo que sucede alrededor del personaje. La novela, como tal, es la historia clínica de un hombre; también la contemplación de cómo, llegados a una edad, comienzan a irse los amigos y los familiares, y cómo las conversaciones cada día más tiene que ver con operaciones, chequeos, camas de hospital y, por último, con la muerte misma. Como diría el narrador de Muerte en la tarde, de Hemingway: “Señora, todas las historias, si continúan lo suficiente, terminan en la muerte, y no es un auténtico narrador de historias quien se lo oculta.” Y Philip Roth, sin duda, es un auténtico narrador de historias.

2 comentarios:

Mauricio Salvador dijo...

Tiene el tono de reseña barata. Y no falta la frase final, también barata.

Portnoy dijo...

Barata, barata... hombre, no te subestimes. Es, sí, una reseña que podría aparecer en suplementos o revistas literarias. Una reseña típica, si quieres, pero no barata.
Lo que veo es que la relacionas con otras obras y con otros autores (a mí se me olvidó Bellow, tal vez porque lo tengo algo abandonado estos últimos años) Pero creo que la mayor referencia del texto es el propio Roth. En El lamento hay un par de reseñas sobre Elegía y su relación, por ejemplo, con La Contravida, que contiene un pasaje similar al inicial de Elegía.
Un escritor debe siempre reescribirse y Elegía, en cierta manera, es una nueva vuelta de tuerca en torno a la muerte... en torno a como ven los vivos la muerte de los otros.
Venga, con la frase final barata cerramos el comentario.
Un saludo