23 de abril de 2007

Mejorar la crítica

Hoy pude leer el ensayo que Cynthia Ozick publica en la revista Harper's: "Literary Entrails". Hace un tiempo quise comentar la disputa Ben Marcus vs Jonathan Franzen, que podía resumirse a lo siguiente: novela realista, accesible vs. literatura experimental, para conocedores. Ozick se encarga de reducir esta polémica a lo que parece el corazón único de ambos contendientes: la falta de lectores, "because both Franzen and Marcus are in stringent agreement. What they are in agreement about is the necessity of having a readership. [...] Each scorn's the other's audience; each is content with his own." Franzen ofreció sus argumentos en el así llamado "Ensayo Harpers": "A Perchance to Dream. In the Age of Images, a Reason to Write Novels." La respuesta de Marcus se publicó también en las páginas de Harper's: "Why experimental fiction threatens to destroy publishing, Jonathan Franzen and life as we know it. A Correction."

Ozick cree que una mejor crítica sería capaz de cambiar el estado de cosas. No explica bien cómo pero sí hace un análisis acerca del estado actual de la crítica y de la necesidad de crear "una infraestructura de crítica seria," que no tiene nada que ver con la actividad de los reseñistas (bastannte útiles en cierto sentido) ni con las opiniones de los clientes de Amazon ni con las listas de los mejores publicadas por revistas o periódicos. "El 'destino de la novela,' (...) no es la cuestión. (...) Lo que falta es una intuición poderosamente persuasiva y penetrante que muestre cómo [las novelas] se conectan, qué anuncian en su conjunto. cómo comprimen y colorean una época."
Así que no es raro que Ozick señalé a James Wood como el críticio ideal, incluso cuando tiende a ser dogmático respecto del realismo, aunque -agrega Ozick en un pie de página-, "un crítico no es nada sin una postura autorizada (...) Mantener un punto de vista es en sí mismo un valor critíco." La conectividad de Wood, la manera como logra conectar a autores tan aparentemente lejanos como Flaubert y Robbe-Grillet gracias a su densidad crítica, es uno de los valores que la crítica debe mantener. Ben Marcus y Jonathan Franzen se preguntaron quién iba a leer sus novelas. Ozick propone que cambiemos la pregunta a por qué leer novelas, es decir (cómo dijera Bellow), cómo ganar a lectores tan fácilmente distraíbles. La obviedad que a veces ejerce la crítica literaria puede ser terrible, como la lista que NYT llevó a cabo para establecer las mejores novelas americanas de los 25 años (lo que nos recuerda a la encuesta mexicana de Nexos): "[La encuesta] Reveló lo que faltaba, y ha faltado por mucho tiempo, en las letras americanas: una crítica que explique, tanto ancestral como contemporáneamente, no solamente cómo evoluciona la literatura sino cómo la literatura influye y altera las obras de la imaginación humana." Y más adeante: "Lo que se necesita son críticos que revelen los imperativos escondidos y los supuestos que se dan por hecho, y que creen las condiciones argumentativas que subrayen y estimulen una consciencia literaria viva."
Por supuesto me pregunto si a los Nexos se les ocurrió algo medianamente noble al respecto. Lo que necesitamos es hacer una pausa y buscar los elementos orgánicos que subyacen bajo toda la literatura, la conectividad de Wood y no la desconexión de la crítica que elabora las listas de los mejores. Aligerando el paso, y poniendo en duda nuestras concepciones básicas, será posible crear y alimentar esa "infraestructura crítica."
Necesitaría asentar algunas ideas que me provocó el ensayo para ofrecer un mejor comentario. Pero mientras sucede dejo la noticia del ensayo, que vale la pena leer.

Rojo y Negro

Hace una semana terminé de leer Rojo y Negro, de Stendhal. Rojo y Negro fue una de las primeras novelas que me causaron una verdadera impresión. Antes de eso había leído, en el tercer piso de la nueva biblioteca de la Preparatoria 9, algunas páginas de un libro en tres volúmenes titulado: Anécdotas literarias. Y antes de eso una novela titulada Café berlín en la que abundaban los cabarets y las putas. Mi imaginación adolescente se contentó con retener la escena en que el narrador y su hermano mayor (o su primo) van de putas a un barrio pobre de la ciudad. El primo hace una pausa y se masturba una vez antes de ir con la prostituta. "Así voy a aguantar más," dice. Volví a repasar la escena. "Buena técnica," me dije, aunque por entonces había excluido a las mujeres de mi pequeño mundo personal.
Lo que me sorprendió de Rojo y Negro no fue tanto el personaje de Julián Sorel como el personaje de la señora de Renal. "La señora de Renal era una de esas mujeres de provincias que pueden ser tomadas por tontas los quince primeros días en que se les conoce." Una mujer de treinta años, "todavía guapa," de piel blanca y suave, bien torneada, maternal, comprensiva y, sobre todo, apasionada. ¿Dónde estaban las mujeres así? Debía haber en el mundo una mujer guapa de treinta años capaz de descubrir al tierno y listo muchacho que había en mí. Y ya que las chicas de mi edad no me hacían caso (al menos no las que de verdad me gustaban) tendría que comenzar a fijar unos nuevos horizontes. Además, entre mis amigos, comencé a hacer la apología de la mujeres "maduras" (uso las comillas por una corrección de perspectiva de mis presentes 28 años):
-Son las mejores. Tienen experiencia y no son idiotas como las tipas de nuestra edad.
-¿Ya te cogiste a alguna?
-Es sentido común.
Como fuera, pasé todo un mes leyendo la novela. Lo hacía en los tiempos muertos de mi primer año de preparatoria, los momentos en que ningún amigo se dejaba ver. Después de quinientas páginas de reflexiones hipócritas y diálogos románticos por parte de Julián Sorel, llegué al climax de la novela. Y el climax duró exactamente una página. Leí y releí la escena pasando las páginas hacia atrás y hacia adelante seguro de que me había perdido de algo. Incluso miré a mi alrededor como diciendo: "Tiene que ser una broma." Sentí que eso no estaba bien.
Y esta ocasión me sucedió algo parecido. La inversión emocional de 500 páginas se topa de pronto con esos tres párrafos en los que Julián, fuera de sí, decide jugarse el todo por el todo. En nuestros tiempos modernos, en los que el climax ha dejado de estar de moda (incluso usamos poco la palabra) es algo extraña esta inversión de Stendhal, pero muy comprensible cuando uno hace un esfuerzo por ampliar un poquito sus horizontes. En la novela realista es muy importante el tiempo, la inversión emocional para cada efecto y cada suceso. Y no hay que irse hasta Rojo y Negro para comprobarlo. Uno puede verlo en las novelas de Philip Roth, por ejemplo, el cuidado que se toma en producir sus efectos, en mostrar un cambio de carácter en sus personajes sin recurrir a un solo momento de iluminación, una sensación constante de que se están produciendo cambios que afectan todo lo que el personaje piensa. Como aquella vez en la preparatoria, me excité bastante leyendo la escena en que Julián se atreve a tomar la mano de la señora de Renal. Todo un preparativo mental de cuatro páginas para tomar aquellamano, la de su enemiga: "Aquella mano se retiró muy de prisa, pero Julián pensó que era su deber conseguir que no retiraran esa mano cuando él la tocase." Este pequeño cerdo tenía huevos. Más de los que yo tenía a los 16 años, seguro, además de que Julián tenía otra ventaja al sentirse impulsado a superar su cobardía en nombre del honor. ¿Qué honor tenía yo? No me importaba que las mujeres me rechazaran :
-Es una mamona.
-Sí, estará buena pero es una mamona.
-Como todas.
-Como todas.

La última campanada de las diez se oía todavía cuando Julián alargó la mano y cogió la de la señora de Renal, que la retiró inmediatamente. Julián, sin saber muy bien lo que estaba haciendo, la volvió a coger de nuevo. Aunque él mismo se sentía muy emocionado, le chocó la frialdad glacial de aquella mano. La apretó con una fuerza convulsiva. La señora de Renal hizo un último esfuerzo para quitársela pero, por fin, aquella mano se rindió.
Sintió el alma llena de felicidad, no por amor a la señora de Renal, sino porque acababa de terminar un horroroso suplicio.
[...]
En cuanto a la señora de Renal, con su mano en la de Julián, no pensaba en nada. Se abandonaba al gozo de vivir.
[...]
Julián no advirtió una circunstancia que lo hubiera tranquilizado mucho: la señora de Renal se vio obligada a retirar su mano, para levantarse y ayudar a su prima a recoger un jarrón de flores que el viento acababa de tirar a sus pies. Apenas sentada de nuevo, le volvió a dar la mano, casi sin poner dificultad y como si ya fuera algo convenido entre ellos.

No dejo de pensar que si Julián se hubiera percatado de esto último las cosas habrían sido muy diferentes. Quizá no habría puesto en su corazón la idea de ser un joven obispo o teniente o héroe antes de los 30 años (¡estos jóvenes ambiciosos!) pero quizá habría sido feliz, provincianamente hablando. Y quién sabe, quizá habría podido amar a la bella y apasionada señora de Renal, amar a sus hijos, esperar la muerte del señor de Renal y casarse con la linda viudita. Pero las pasiones románticas estaban ahí para echarlo todo a perder. Como dijera el joven Sorel: "¡Oh, siglo XIX!"

20 de abril de 2007

18 de abril de 2007

Las mejores novelas mexicanas-La encuesta Nexos

En lo que sale HermanoCerdo 14, aquí una de las reseñas, bastante retórica y vaga, debo decirlo, pero el tema no motivaba.

***

Más que nada es por espíritu belinskiano que los editores de Hermanocerdo se toman la molestia de comentar la encuesta que la revista mexicana Nexos llevó a cabo para establecer las mejores novelas mexicanas de los últimos 30 años. La intención de los editores de Nexos es -dicen- “desatar un debate sobre el estado que guarda la novela entre nosotros.” Sí, claro.

José Woldenberg aseguró que los resultados sólo pueden explicarse a través de la metodología: ‘Se le preguntó a 123 personas, contestaron 60 y éstos son los resultados. Las lecturas son múltiples.’
— Nota del periódico Milenio

“-¡Hasta un niño de cinco años sería capaz de entender esto!... Rápido, busque a un niño de cinco años, a mí me parece chino.”
— Groucho Marx en Sopa de Ganso



Sinceramente. Para un debate sobre el estado actual de la novela, ¿qué importancia tiene una encuesta notariada? ¿o los sobres rotulados, o la foto del notario público 110 del Distrito Federal?
Seamos realistas: ¿cómo ‘desatar’ un debate sobre el estado actual de la novela en México basándonos en un producto cultural tan efímero e impreciso como una lista de los mejores? Es como querer desatar una tormenta con el aleteo de una mariposa. Ustedes físicos y sabios chinos pueden decir lo que quieran pero la complacencia de nuestros escritores nunca había dado muestras tan absurdas y vacías de frivolidad literaria como en estos últimos años.

En una nota al respecto, René Avilés Fabila dice:

Por mi parte, prefiero reservarme mis tres novelas seleccionadas, sólo diré que me encuentro satisfecho con la encuesta novedosa, original: provocó multitud de reacciones y eso es bueno para la literatura mexicana.

Ojalá y René Avilés Fabila pudiera leer lo siguiente: No es cierto, no fue una encuesta novedosa ni original (New York Times, Times, The Guardian, Babelia, El Mundo, Granta, Semana, etc, etc), ni tampoco es cierto que la “multitud de reacciones” sea buena para ninguna literatura. A lo más es bueno para aumentar las ventas de la revista.
Los blogs, los líderes de opinión, y hasta Carlos Loret de Mola, se hicieron eco de esta encuesta. No sucedió lo mismo con el último número de la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, donde se insiste en otro tema, casi un cliché últimamente, pero no menos cierto: “La crítica en crisis.”
Es fabuloso ver cómo los críticos profesionales y los no profesionales (como yo) se muestran tan sagaces e irónicos cuando se trata de generalizar y hablar mal de ellos mismos y de su oficio. Los coloca en la cómoda posición de no tener nada más que perder. “Estamos jodidos,” gritan, “¡Pero qué felices somos!” Es tan claro y falso este debate que apuesto cien a uno que nadie va a comentar el número de Luvina y nadie, pasadas unas cuantas semanas, se acordará de la encuesta de la revista Nexos, a no ser René Avilés Fabila y alguien más. Tristemente, nadie se acordará tampoco del notario público 110 del Distrito Federal, señor Javier Ceballos Lujambio.

Como sea, el número de Luvina es optimista y la voluntad de ofrecer argumentos al respecto es algo que uno debe apreciar. Ignacio Padilla analiza “ese cuerno de la abundancia de la crítica que surge con internet y en el entorno de la globalización,” es decir la crítica que se hace en revistas underdog como HermanoCerdo. Y lo que dice es cierto: hoy día es tan fácil acceder a ciertas publicaciones internacionales que el menos sagaz de los lectores puede hacerse de una visión general y avanzada de cómo están las cosas en otras partes del mundo. Sí, ya no necesitamos las fatigas de un joven periodista con voluntad de servicio. Y agrega:

Diríase a todo esto que el conocimiento inmediato, profundo y directo de la crítica extranjera por parte de los lectores mexicanos tendría por fuerza que haber enriquecido o modificado sustancialmente nuestra manera de leer, escribir o hacer crítica. El optimista o el ingenuo esperarían que conocer el pensamiento y las técnicas de los críticos extranjeros en medios editoriales infinitamente más boyantes que el nuestro favorecería por fuerza nuestra propia producción. Se habría soñado acaso con la incorporación ya no tardía de grandes escuelas de pensamiento, teorías críticas, ideas brillantes y cánones deslumbrantes promovidos por sonoros estudiosos que, allá sí, tendrían hoy tanta voz e influencia en la literatura como en su momento la tuvieron Sainte-Beuve o Visarion Belinsky. En una palabra, la revolución de las comunicaciones tendría que habernos puesto, si no a la cabeza, sí al menos al mismo compás de tradiciones críticas supuestamente mejores.

Padilla sabe que esto no es necesariamente así.
Hay otros artículos a los que también valdría la pena referirse, pero esto sólo es un comentario de la encuesta nexos. Sólo los menciono de pasada. El ensayo de Armando González Torres sobre Cyril Connolly; el ensayo de Eduardo Chirinos, un tanto rebuscado, sobre, a grosso modo, la fisura entre el lenguaje especializado y el lenguaje no especializado, es decir entre el ensayo académico y el ensayo literario:

Esta especialización de roles distingue el discurso académico de la crítica ejercida por los periódicos y revistas; dos espacios que tradicionalmente se han llevado muy mal: si la primera acusa a la segunda de superficial y de estar sometida a la presión de las grandes editoriales, la segunda acusa a la primera de hallarse fuera de la realidad y de cultivar una jerga cada vez más exclusiva y excluyente. Tal vez tengan razón, pero muchas veces los mejores reseñistas y comentaristas son precisamente aquellos académicos que deciden bajar al llano y probarse semana a semana con un público más amplio. Salvando las distancias, lo mismo podría decirse de la crítica ejercida por los creadores: contra lo que suponen muchos críticos, no se trata de algo negativo, pues un escritor que hace crítica hace uso legítimo de su saber literario y de sus propias experiencias de lectura. Un escritor no debe temer el ejercicio de la crítica, ni dejar que los críticos se lo impidan en nombre de la especialización de los saberes; además, al margen de la visión teórica por la que hayan optado, ¿quién no lee con provecho y renovado placer las reflexiones de Paul Valéry, T. S. Eliot, William Carlos Williams, Octavio Paz o César Vallejo?

También valen la pena los ensayos de Geney Beltrán Félix, Rafael Lemus, Jorge Fondebrider, Adolfo Castañón, Luis Vicente de Aguinaga, Carlos Antonio de la Sierra y Elba Sánchez Rolón.
Es el lugar común favorito de las revistas y escritores jóvenes (incluso de HermanoCerdo), pero la crítica experimenta una suerte de crisis; tiene alma pero vive como un vegetal.

*

En este contexto, ¿qué tanto aporta la encuesta de la revista Nexos? Su intención ideal habría sido “establecer la novela más ‘innovadora, la más ‘sugerente y ‘compleja.’
Es imposible, dicen, hacerlo mediante una encuesta. Así que se decidieron a establecer sólo las mejores novelas de los últimos 30 años mediante un voto notariado que impide saber quién voto por qué. Me deprime más que las elecciones presidenciales. Hay novelas con un voto y por ese voto las agencias de noticias pueden decir que tal o cual novela es de las mejores novelas mexicanas y, claro, los escritores pueden agregarlo a su currículo antes de pedir una beca más.
Seré más sincero: una encuesta como esta sí genera un debate, pero un debate muy contradictorio. Los lectores de buena fe se preguntarán: ¿Cómo es que está Héctor Aguilar Camín y no Carlos Fuentes? O lo que es lo mismo: ¿Cómo un comunicólogo de derecha y no la consciencia pseudo progresista y gloria de nuestras letras? O el fantástico lugar común y parricida de “Carlos Fuentes apesta” o “Héctor Aguilar Camín apesta.”

Posiblemente Carlos Fuentes y Hector Aguilar Camín apesten, pero eso no es un debate.


*

En su ensayo “La novela mexicana en las décadas del entretenimiento puro,” José Joaquín Blanco es quien ofrece el contexto crítico en que se realiza la encuesta:

Los géneros artísticos suelen ser entidades supersticiosas, menos producto del arte o de la literatura que de la política, del mercado o de la academia; y hasta del mero desvarío: v. gr.: “el arte conceptual”, ¡como si existiera alguna expresión -incluso un mero chiflido- desprovisto de concepto!
Lo único que existe en literatura son textos (y hasta rollos meramente orales). Ese es el único género real: los textos. Que no tienen por qué ser más o menos inspirados, más o menos útiles, más o menos cultos o bellos, por expresarse en verso, prosa o diálogos; o por ocuparse de tales o cuales asuntos, o con tales o cuales estrategias. La literatura puede (o no) saltar por cualquier parte.

Esta mezcla de lenguaje coloquial y de lenguaje especializado es la caraterística del ensayo, un ir y venir de afirmaciones categóricas y chistes malos. “Todo es texto.” Vale, ¿y qué? A menos que se trate de un crítico posmodernista no puedo imaginarme a ningún lector interesado en lo que se dice en estos dos párrafos, y ni siquiera interesado por el largo discurso sobre el género de las siguientes páginas, que culmina con una vistazo a Voltaire. Dice: “Hay quien cree conocer bien todo Voltaire porque se rio bastante con Cándido... ¡que sin duda le resultó menos ingenioso e iconoclasta que Los Simpson!”
Luego más páginas sobre la Poesía, la Novela y el Teatro, una anécdota de Gide, otra de Bioy, otra de Borges, frecuentes interjecciones (jé), chistes malos, etc, etc. Para llevar el título que lleva, resulta un ensayo increíblemente aburrido y confuso. Uno sólo puede disfrutar con joyas como estas:

Emancipadas, prepotentes, la Novela, la Poesía y el Teatro -para enmayuscularse- dieron por burlarse y odiar a la Literatura con mayúscula, que quedaba así como ociosidad de críticos y “retores” (término de Alfonso Reyes). Entre menos literato fuese, más ganaba un autor como Novelista, Poeta y Dramaturgo. Al Diablo pues la Literatura. Borges le dijo a Bioy: “Las novelas son para entretener, pero sólo indirectamente vinculan a su autor con el resto de la literatura.”
[...]
La novela era pues mucho más que la mera literatura: era en ella misma una nueva realidad cultural, era la Novela. La Gran Novela. The Great American Novel. La Gran Novela de Singuilucan. Y lo mismo la Poesía (que acaso empezó a decaer sobre todo por la competencia de los diversos tipos de canción industrial y comercial de los cabarets, la radio, los discos) y el teatro (que dejó de ser arte efusivo de muchedumbres con la aparición del cine). ¿Cómo iba a competir Lugones con los letristas de boleros? ¿Cómo podría competir Pellicer con los letristas de boleros? ¿Qué poeta moderno podía aspirar -en cuanto gusto popular- a codearse con los Beatles, con los Rolling?
Seguimos en esta situación en buena parte del mundo, aunque se diría que todo el peso de esta nueva no-literatura ya no recae tanto en la poesía o el teatro -que han dejado de ser muy populares desde hace décadas-, sino exclusivamente en la Novela. ¡Oh, los bestsellers, los laureados, los (auto) publicitados! La novela sería así no sólo la principal noliteratura, sino un más-allá-de-la-noliteratura, la Doradísima Noliteratura; y en todo caso lo que el gran público sí lee (o al menos, sí compra; y de lo que sí se habla en la tele). Lo que sí llega al carrito del súper.

Aquí hay una confusión enorme, y no la confusión que JJB intenta hacernos ver, sino su propia confusión. La crítica pocas veces se rebaja tanto a sí misma como para aceptar que es justo poner en competencia a la poesía de Lugones con las letras de tango. Ambas son expresiones culturales válidas. El rescate de la cultura popular fue una de las tareas y un orgullo para la crítica del siglo pasado. Sería bastante ingenuo pensar que fueron los letristas de tangos o de boleros quienes les robaron lectores o público a autores como Lugones o Pellicer. El punto de vista de JJB tiene muy poco que ver con la novela -con lo que nos ofrece como arte- y mucho con sus propios prejuicios.

Ahora, la mentalidad a la que se dirigen estos razonamientos (¿Por qué leer una novela cuando hay tanto con qué divertirse? o Vamos a leer un bestseller) no necesita ser reeducada al respecto. Sabemos bien cómo entreternos, sabemos las miles de opciones que están a nuestro alcance, y sabemos que cada día nacen nuevas posibilidades. Para la mentalidad de hoy no es ningún secreto que podemos elegir con qué y cómo divertirnos. Ni siquiera los senadores romanos, con sus matronas de brazos redondos y sus esclavos, podían entretenerse tanto como el adolescente promedio de hoy. La adolescencia, dicen, se ha extendido más allá de los treinta. La gente se niega a tener hijos porque desea vivir un poco más sin el fantasma de la responsabilidad. Lo sabemos perfectamente. Pero esa misma gente sabe hacer una diferencia básica y sabe que la experiencia emocional de leer una novela es muy diferente a, digamos, pasarse horas viendo videos en YouTube o girando en la montaña rusa. Cuando hacemos el esfuerzo de leer una novela quizá no estemos buscando sólo el ‘entretenimiento puro,’ o si lo hemos hecho, porque la novela también es entretenimiento, ha sido con la consciencia de que detrás de ese entretenimiento hay la promesa de futuros hallazgos. Lo que José Joaquín Blanco pasa por alto es que existe una clase de lectores que sigue nutriéndose de las viejas concepciones de la novela, de los convencionalismos pasados de moda, y que sin haber sucumbido a la totalizante influencia académica, prefiere llamar poema a La canción de amor de Alfred Prufrock y novela a Las aventuras de Augie March, y que seguirá emocionándose una y otra vez cuando cuando se involucre con el amor del príncipe Andrei por la joven Natasha. No es que pasemos nuestro tiempo en las librerías preguntándonos cuál es la mejor novela mexicana de los últimos treinta años, o que formemos clubes para decidir cuál es la novela más innovadora, sugerente y compleja para devorarla al momento. Eso es trabajo de las facultades de letras, de los becarios de ensayo, y si lo han hecho o no, no significa absolutamente nada para los lectores que buscan (para usar una frase de John Updike), “noticias frescas de nosotros mismos.”
Además, el mismo título del ensayo es una premisa falsa, haciéndonos creer que antes de las “décadas del entretenimiento puro” existió una edad dorada para la novela, la poesía y el teatro. ¡Cuántas veces nuestros maestros nos explicaron que Cervantes escribió el Quijote en primer lugar para burlarse del montón de novelas de caballerías que pululaban como cucarachas!
En uno de los tantos foros que pululan discutiendo lo mejor de todo, un lector (me imagino que es un adolescente), pregunta “Hey, ¿dónde está Rainbow Six, de Tom Clancy? :)” Y agrega: “A ver alguien que controle, ¿La Odisea se puede considerar una novela?”
Que un adolescente lector de Tom Clancy se tome en serio la cuestión académica de definir si la Odisea es novela, poema o qué, da de qué pensar. Al fin y al cabo, ¿qué nos importa? ¿Por qué preocuparse por eso y al mismo tiempo disputar la inclusión de Rainbow Six?
Ahora, el chico estaba siendo irónico: :)
Dentro de la seriedad y obsesión pseudo académica por definir los mejores de los mejores, un muchacho que juega al playstation siempre será de mi mayor agrado. Él sabe de qué va la cosa. Sabe lo que es el entretenimiento puro.

Saul Bellow, nuestro homenajeado, ofrece un punto de vista más sencillo y relajado que el de JJB:

Escritores, poetas, pintores, músicos, filósofos, pensadores políticos, por nombrar sólo algunas de las categorías que nos interesan, deben seducir a sus lectores, espectadores y auditorios para arrancarlos de la distracción. Y debemos precisar, por una simple exigencia de realismo, que esos mismos escritores, pintores, etc, son también hijos de la distracción. Como tales se encuentran especialmente capacitados para dirigirse a las multitudes distraídas. han experimentado tanto la atracción como la capacidad destructiva de las fuerzas que consideramos. Y no nos hace falta incitación para sumergirnos en el elemento destructor, porque hemos nacido en él.
Si la felicidad es la remisión del sufrimiento, entonces el salir de la distracción es el gozo estético.
[...]
Cuando se abre una novela -y me refiero, naturalmente, a una novela de verdad- se entra en un estado de intimidad con el escritor. Se oye una voz o, lo que es más importante, un tono individual bajo las palabras. ese tono lo identificaran ustedes, los lectores, no tanto con un nombre, el nombre del autor, sino con una cualidad diferente y única. [...] Ese escritor tiene la capacidad de dominar la distracción y la fragmentación, de apartarnos del angustioso malestar, e incluso del borde del caos: puede traer la unidad y transportarnos a un estado de atención intransitiva. [...]
Y por eso compite el artista con otros solicitantes de atención. No se trata de una competición en el sentido atlético de la palabra, su objeto no es expulsar a los rivales de la pista. Nunca se alzará con un triunfo indiscutido. No habrá un resultado claro; los elementos están demasiado mezclados para eso. Las fuerzas adversas son demasiado imponentes para vencerlas. Son las fuerzas de un mundo electrificado y de una transformación de la vida humana cuyo resultado no puede vaticinarse.

Bellow no niega que nuestra época sea una época distractora, de “entretenimento puro” a la vuelta de la esquina. Pero su atención no está en los distractores mismos (nunca pondría a competir a Lugones con los letristas de tango) sino en los nuevos estados de consciencia que esos distractores han producido y que debería ser el objetivo primordial y humano de los novelistas modernos.

*

Habría que decir, por supuesto, muchas cosas sobre la encuesta misma, pero no en plan de debate, y ni siquiera para seguirles la corriente. Fuera de los clásicos ajustes de cuenta, sorprende que en un periodo de 30 años haya tan poco que escoger. ¿Después de Batallas en el desierto, novela realista como pocas en la lista, no hay otro escritor que haya tenido un logro semejante?
José Joaquín Blanco concluye:

(...) la crítica literaria de varias décadas (...) se ha entregado a la mera grilla y a la propaganda; al chismorreo y al cotorreo, al tráfico de favores recíprocos, a las perezas mafiosas y académicas, a la inanidad sonora para evacuar tesis, ponencias y tratados exclusivamente para el currículum y los puntajes de escalafones y “méritos académicos.”
Si en algunos géneros pudiera hablarse de cierta decadencia, en la crítica literaria tendríamos que declarar el derrumbe y la pérdida totales, de las que no escapa desde luego este artículo. Curiosamente, la poca buena crítica de la novela mexicana reciente la han escrito por lo general ¡los propios novelistas! Y lo mismo podría señalarse de la crítica de la poesía y del teatro.

¿Cómo es que no comenzamos desde ahí, desde ese fabuloso mea culpa?
Pueden decir que hablo como un antiguo impresor, o que soy un quejica pero la verdad es que no entiendo nada de esto. Al fin al cabo, queridos lectores, quién soy yo para decir nada si no he ganado un premio, si no he publicado ningún libro, si no he ganado ninguna beca, si no tengo, siquiera, mil ducados de renta? No entiendo nada. ¿Dónde está ese niño de cinco años?


***
También vean:
La encuesta nexos. Blog Search

17 de abril de 2007

Pequeño post

La verdad la verdad es que ya tenemos armado y listo el último número de Hermanocerdo pero son los pequeños detalles los que ralentizan su salida de las prensas virtuales. Mientras tanto, y para que vean que no es broma, aquí algunos highlights del número 14 de su revista HermanoCerdo, la revista de los campeones:

Ensayo
Saul Bellow. "Tan corto como puedas"

Un sabio japonés -no recuerdo su nombre-, decía a sus discípulos: “Escriban tan corto como puedan.” Sidney Smith, clérigo y genio del siglo pasado, también hablaba en favor de la brevedad: “¡Miras cortas, por el amor de Dios! ¡Miras cortas!” Y Miss Ferguson, la solterona alegre que fue mi profesora de composición en Chicago hace unos sesenta años, solía bailar delante de la clase, batir palmas, y entonar (la música se la prestaba el coro de Aleluya, de Haendel)

Be
speci-
fic!


Saul Bellow, "Demasiados símbolos"

En una entrevista a E. M. Foster, cuando éste estaba a punto de tomar el tren hacia Boston, le preguntaron cómo se sentía la víspera de su primera visita a Harvard. Contestó que allí existían lectores de su obra bastante concienzudos. Esperaba que lo interrogasen a conciencia y eso le asustaba. La razón está más que clara.

En esta época, la nuestra, los serios son más serios que nunca y es difícil encontrar la ligereza cordial de Foster. Para los serios, una novela es una obra de arte. El arte tiene un papel que jugar en el drama de la vida civilizada. La vida civilizada se construye sobre un campo ceñudo y peligroso. Y por eso asumimos, si somos verdadera y profundamente serios, que ningún buen novelista va a invitarnos a una merienda en el campo sólo para acabar comiendo sándwiches de huevo y perseguir mariposas por los campos ingleses o por los bosques de la Toscana. Las mariposas son leves y alegres, pero en ellas yace el secreto de la metamorfosis. El misterio de la vida se esconde en el huevo. Es mucho lo que se puede hallar en las mariposas y en los sándwiches de huevo.

James Wood. "El gran bromista"

A través de los años, encontré que siempre que los escritores y lectores mencionaban a Saul Bellow, se volvian celosos citadores, y compartían sus tesoros rápida y ansiosamente.

Eduardo Varas. "Ecuador. Una narrativa que no se ve"

No es cuestión de darle vueltas hasta el cansancio a un tema que de por sí aburre. Ya está, no hay lectura de autores ecuatorianos (salvo honrosas excepciones que han tenido y tienen la posibilidad de ser leídos en otros países), ni siquiera en el mismo Ecuador. Hago una apuesta, sin miedo, quién se anota. ¿Algún lector en Costa Rica conoce algún libro ecuatoriano? ¿Pueden nombrarme un autor de Ecuador de la misma generación de Vallejo, en Colombia, o Bolaño, en Chile? ¿Hay algo más allá de ‘Huasipungo’, obra de Jorge Icaza, publicada hace más de 70 años?

Arcadio Díaz-Quiñones. "La literatura de una nación pequeña: Juan José Saer y Ricardo Piglia"

Kafka hace la siguiente anotación en su Diario del 25 de diciembre de 1911: “La memoria de una nación pequeña no es menor que la memoria de una nación grande, de ahí que se dedique más atención al material de que dispone”.a La Argentina, como es sabido, es una pequeña nación. Al igual que otras, ha logrado nacionalizar una larga memoria de su literatura que se ha usado como instrumento de educación nacional y en algunos casos como ejemplo de virtud patriótica.

Ficción
Dimitré Dinev. "Baños de cambio"

Eran tiempos de cambio. Uno cambiaba de bandera, escudo y uniforme. Cambiaban los nombres de las ciudades, calles, escuelas y fábricas; de los parques, hospitales y deportivos. Y cuando no se encontraba un nombre adecuado para las fábricas, se volvían a cerrar. En todo caso, parecía que esa era la razón. Incluso se usaban otras palabras. Apenas ayer uno se dirigía al mecánico de la fábrica de metal no férreo, quien daba la impresión de tener tres manos y por eso también había sido recompensado con tres solicitudes de trabajo, llamándole “camarada Petrov”; mas hoy uno se encuentra en la calle al desempleado “señor Petrov”, metidas las manos en los bolsillos del pantalón y dirigiendo la mirada llena de preocupación a la banqueta, hecha de metal no férreo.

Heinz von Lichberg. "Lolita"

En la conversación alguien mencionó el nombre de E.T.A. Hoffmann y de sus cuentos, repletos de música. La condesa Beata, nuestra anfitriona, dejó la naranja que estaba a punto de pelar y le dijo al joven poeta ‘¿Creería que sus historias, y las leo bastante, me mantienen despierta toda la noche? Mi mente, racional, me dice que son fantasías y sin embargo…’

Frank Báez, "Mujeres, mujeres, mujeres"

De mi estadía en Chicago recuerdo con empatía tres mujeres. También recuerdo tres gatos, tres calles, tres conciertos, pero hoy más bien tengo ganas de evocar tres mujeres. La primera se llama Ruth y es la más joven de las tres. La conocí junto a Diego mientras aguardábamos la llegada del tren en la parada de Pilsen. Tenía un abrigo de piel de camello y medias de rejilla que les bajaban de los muslos a las botas. Diego se acercó a ella y le metió conversación. Posteriormente, le preguntó el teléfono y ella se lo escribió en la mano. En lo adelante, empezaron a salir hasta que ocurrió un extraño episodio.

Crítica.
Mauricio Salvador. "La encuesta Nexos. Who cares?"


Sinceramente. Para un debate sobre el estado actual de la novela, ¿qué importancia tiene una encuesta notariada? ¿o los sobres rotulados, o la foto del notario público 110 del Distrito Federal?
Seamos realistas: ¿cómo ‘desatar’ un debate sobre el estado actual de la novela en México basándonos en un producto cultural tan efímero e impreciso como una lista de los mejores? Es como querer desatar una tormenta con el aleteo de una mariposa. Ustedes físicos y sabios chinos pueden decir lo que quieran pero la complacencia de nuestros escritores nunca había dado muestras tan absurdas y vacías de frivolidad literaria como en estos últimos años.

Los detectives salvajes

No sé si tengo motivos para sorprenderme, pero varias de las grandes revistas y de los grandes periódicos han dado una extensa cobertura a la obra de Bolaño y los últimos días a la aparición de The Savage Detectives. Los blogs también lo han hecho, y de manera impresionante. Para no ir más lejos, el último número de Harpers le dedica un buen ensayo. Ya lo habían hecho Threepenny Review y New Yorker. Y hace unos días, en el NYT, James Wood escribió una generosa reseña:

Over the last few years, Roberto Bolaño's reputation, in English at least, has been spreading in a quiet contagion; the loud arrival of a long novel, "The Savage Detectives," will ensure that few are now untouched. Until recently there was even something a little Masonic about the way Bolaño's name was passed along between readers in this country; I owe my awareness of him to a friend who excitedly lent me a now never-to-be-returned copy of Bolaño's extraordinary novella "By Night in Chile." This wonderfully strange Chilean imaginer, at once a grounded realist and a lyricist of the speculative, who died in 2003 at the age of 50, has been acknowledged for a few years now in the Spanish-speaking world as one of the greatest and most influential modern writers. Those without Spanish have had to rely on the loyal intermittence of translation, beginning with "By Night in Chile" (2003), two more short novels — "Distant Star" (2004) and "Amulet" (2007) — and a book of stories, "Last Evenings on Earth" (2006), all translated by Chris Andrews and published by New Directions.

"A novel all about poetry and poets, one of whose heroes is a lightly disguised version of the author himself: how easily this could be nothing more than a precious lattice of ludic narcissism and unbearably 'literary' adventures! Again, Bolaño skirts danger and then gleefully accelerates away from it. The novel is wildly enjoyable (as well as, finally, full of lament), in part because Bolaño has a worldly, literal sensibility."

Digo que no sé si debo sorprenderme. Bolaño es un buen escritor, uno de los pocos buenos escritores. Esta es una buena descripción de su estilo, del blog The Mumpsimus:

What is the nature of this passion of mine? Any love is difficult to explain fully, to analyze or dissect, but I have some idea of what it is about Bolaño's writing that makes it so attractive to me. His diction (in Chris Andrews's translations, at least) is disarmingly colloquial, creating a poetic effect that heightens ordinary speech and expression without churning it into lyrical goo. This is, to be honest, my favorite sort of style, but one I am wary of, because most of the time it is used by writers who don't know what else to do. Bolaño's stories drift around, often as monologues -- and since I was once an aspiring playwright, I have a weakness for monologues. I am happiest when hearing characters talk. His characters talk, and they talk about each other talking, and their talk is the substance of their stories.
But this is not all that attracts me -- such writing might be enough to spark a crush, but it is not, on its own, enough to fuel a passion. I am also enraptured by Bolaño's mix of the odd and the ordinary, the easy movement he makes between the logic of modernity and the logic of dreams, the willingness he has to indulge in goofiness and absurdity, and the general refusal in all of his work (that I have read) to turn terror and evil into simple melodrama. And I adore his allusions -- no literary geek like me could fail to fall in love with all the names dropped through the pages like confetti from The Reader's Encyclopedia. No-one with a sweet tooth for metafiction could fail to be charmed by the twists and turns of Bolaño's fictive realities, their palimpsests and funhouse mirrors, their chuckles and winks.
Para bien o para mal, Bolaño ha influido a muchos escritores... en fin, esto lo sabemos muy bien. Lo que me pregunto es si la crítica estadunidense iluminará aspectos de Bolaño en los que no hemos reparado.

12 de abril de 2007

Los mejores libros de relatos 1982-2007

En el blog "El síndrome de Chéjov" se llevó a cabo una encuesta para establecer los mejores libros de relatos que aparecieron entre los años 1982-2007, o más bien para "establecer las pasiones literarias de quienes han leído libros de relatos durante estos años."

*


En 1982 yo tenía tres años y vivía con mi madre en un edificio de ocho departamentos de la colonia Nápoles. No es que viviéramos en un solo departamento -mi madre no podía pagarlo- sino que éramos una especie de agregados culturales -mi madre nació en la Sierra de Oaxaca- en una familia de ascendencia maya. Éramos una mezcla curiosa. Las inflexiones mayas y oaxaqueñas subían y bajaban por el hueco de las escaleras. A veces me ponía a repetir el apellido extraño de aquella familia: "Chim-Ek, Chim-Ek." Sonaba mágico, o al menos resultaba el apellido más extraño que había escuchado en mi vida. Desde la azotea era posible ver el esqueleto del Hotel México. Y cada 15 de septiembre subíamos con una botella de Coca-cola a mirar el paso de los aviones de la Fuerza Aérea.
Vivimos ahí por varios años, y no fue sino cuando entré a segundo grado de primaria que una tarde mi madre pasó por mi a la escuela, me hizo subir a un auto -un Gremlin azul, según recuerdo- y me llevó a conocer nuestra nueva casa.

Desde entonces nunca volví a poner un pie en aquella casa. O no recuerdo haberlo hecho. A los quince años mi madre me decía:

-Vamos a visitar a doña Tere. ¿Quieres venir?
-Estoy grabando las finales.
-Mauricio...
-Estoy grabando las finales, dije. ¡Jesús! ¡Déjame en paz!
-Bueno, como quieras.

Notaba la amargura en su voz. ¿Cómo no iba a querer visitar a la gente que me quiso y protegió durante cinco años? Estaba loco. Era un adolescente arrogante de nariz enorme, brazos largos y acné insistente. Y mi aspecto era el de cualquier adolescente de entonces: playera con el rostro estampado y ancho de Michael Jordan, bermudas rojas con franjas blancas a los lados y tenis L.A Gear como los que usaban Zach Morris y Slater en la repetición doblada de Salvados por la Campana. Michael Jordan llegó a tener un modelo parecido, lo mismo que su camarada de encestes, Scottie Pippen, cuyos tenis negros, de lengüeta roja, habían pasado, en sólo un año y para desesperación de mí y de mis amigos, de 300 a 800 pesos. La crisis del 94.

-Mauricio.
-Mamá.
-¿Por qué eres así?
-¿Así cómo?
-Arrogante.
-No soy arrogante.
-¿Entonces por qué no vienes?
-Ya te lo dije. No voy a repetirlo otra vez.
-Eres un mamón.
-...

Mi madre nunca me había dicho algo así. ¿Mamón? Pero si era el tipo más agradable que te pudieras imaginar. Era grandioso en ciertos sentidos. Dieciséis años y casi estaba seguro del futuro exitoso que me esperaba. ¿Jugador de la NBA? Why not? ¿Acaso no me encontraba absorbiendo las enseñanzas de mi maestro? Cada tarde pasaba revista a mis grabaciones en vhs de los partidos de los Bulls. Los domingos veía videos como Michael Jordan's Playground o salía a la calle a pasar largas horas ensayando mis tiros libres. Cuando estaba de humor parodiaba el estilo de Bill Cartwright. También, por supuesto, apoyábamos a los equipos locales en juegos contra los poderosos rivales del norte. Supongo que aquella actividad obsesiva por guardar un registro de las enseñanzas de mi maestro se debía a que apenas el pasado 6 de octubre de 1993 Michael Jordan se había retirado de la NBA. Pero saben una cosa, las madres entienden poco de esto. No comprenden la ambición juvenil. Al menos mi madre no lo comprendía. Mamón. ¿Yo?

*



Pese a todo nuestra vida en la Nápoles fue feliz. Digo pese a todo porque una madre soltera siempre tiene el camino difícil. Mi primer intento por revivir el ambiente de aquellos años fue hace no mucho, unos tres o cuatro años atrás cuando intenté escribir una historia de mis recuerdos más lejanos. Titulé la historia El hombre elástico y mi intento era ofrecer la atmósfera de mi vida a los tres años, es decir, la atmósfera que provocaba la ausencia de un padre, la falta de dinero, las primeras impresiones de un niño. Uno de esos recuerdos tenía que ver con mi actitud algo reflexiva en la soledad del baño. Me encerraba en el baño, trepaba como podía a la taza y me doblaba en dos para mirar mis pies colgantes y los pequeños mosaicos del piso del baño. Los contaba uno a uno y pensaba muchísimas cosas, pensaba en mi madre, en el tipo que un día me colocó en su regazo y me regaló una bolsita de bombones... Pensaba en su barba.
El cuento, como todo lo que he escrito o intentado escribir, fue un fracaso. Pero entonces me gustaba repetir frases aprendidas de escritores a los que nunca había leído. Se las repetía a algunos amigos de la Facultad de Letras. Decía, con expresión seria y escéptica, sorprendido de que mis compañeros no supieran esa verdad esencial que yo ya sabía:

-Es como dice John Cheever. Hay elementos de tu vida que no comprendes. Pero en una historia de pronto todos esos elementos adquieren un nuevo significado. Los cuentos ayudan a dar coherencia a algo que antes no la tenía.

¿Quién era John Cheever, por cierto? Puf, era un escritor norteamericano. ¿Un wasp, no? La verdad es que por entonces seguía enganchado con la poesía y con la literatura mexicana. Repetía los versos iniciales de Eliot: April is the cruelest month. En el metro, de pie, apretujado o cómodamente sentado, leía la poesía de Eliot y de López Velarde. Leía números atrasados de Vuelta o Plural, me alejaba de los tipos y tipas que me intimidaban, aquellos a quienes sus padres les habían leído Las mil y una noches en la infancia, y en cambio prefería moverme con una tripulación de medio pelo, la que estuviera a mano, la que, de preferencia, tuviera un pasado fragmentario y más bien oscuro.
En cuanto a los cuentos, el primero que intenté con seriedad llevaba por nombre Los ataúdes vacíos, y para bien o para mal es el cuento que nutrió todos mis posteriores intentos. Lo escribí en hojas de bloc, doces hojas rayoneadas que contaban la historia de una familia alrededor de una funeraria, o quiero decir alrededor del negocio de las pompas fúnebres. El cuento me gustaba porque según yo -en mi estupidez formal de siempre- había absorbido alguna enseñanza del Carver de ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Ya saben, los elementos significativos que se repiten, el simbolismo de los objetos del diario, cosas que yo creía hacían los cuentos de Carver. Intentaré recordar la trama: Todo comienza en la cocina. La familia está reunida, despidiendo a la hija mayor que se dirige en auto y con su novio a una competencia de atletismo en otro estado del país. Sentía que tenía que ser así porque quería hablar de una chica de piernas largas y bronceadas, de las atletas que tanto me enamoraron en mi adolescencia. ¿No es lo máximo, una chica de piernas largas, apiñonada, 1.75 de estatura? Creia que sí. El cuento continúa cuando el padre y el hijo adolescente suben al auto y se dirigen a la funeraria para trabajar. El chico ha sido expulsado de la escuela por lo que debe trabajar en la funeraria haciendo encargos de todo tipo. Hacia la tarde el padre lo deja solo y el chico barre el estacionamiento, limpia los ataúdes, se aburre como una ostra. En determinado momento recuerda una escena de años atrás (los flashbacks eran esenciales) cuando él y su hermana -él sólo tiene cuatro añitos- pasean por la sala de ataúdes mientras sus padres platican en la oficina. ella lo lleva de la mano y tararea una canción. De pronto se detiene y mira fijamente el ataúd, tan fijamente que el niño no evita interesarse y preocuparse por esa mirada. Ella suelta su mano y avanza hacia uno de los ataúdes. El niño la mira con expectación:
-Katia -dice el niño-. ¿Están los ataúdes vacíos?
Ella no responde, pero abre los ojos y sonríe tenebrosamente.
-¡Katia!
-¿Cómo quieres que lo sepa? ¿Quieres que me fije?
-No.
-Yo creo que me voy a fijar. Veamos si están vacíos.
Se acerca a uno de los ataúdes y mira en su interior.
-¿Están vacíos?
-¿Tú qué crees?
El niño no responde. En cambio ella consigue una silla y la coloca junto al ataúd. Luego abre la tapa. Alza un pie y lo mete en el interior. Creo que dediqué un buen párrafo a hablar de los materiales del ataúd, un ataúd modelo Imperial.
-Katia, no lo hagas.
-Espera. No pasa nada.
-Katia, tengo miedo.
Ella entra por completo al ataúd y luego, lentamente, comienza a cerrar la tapa. Cuando la cierra por completo el niño entra en pánico. ¿Se ha muerto Katia? Llora. Grita. Acuden los papás.
Me parecía bien esta escena porque era el pie para el final del cuento. De regreso en el presente, el chico llama por teléfono a su grupo de amigos. Quedan de verse en la funeraria. Llevan cerveza, marihuana. Beben. Intentan mantener una conversación (normalmente del tipo carveriano) y se van. El chico vuelve a quedarse solo pero al cabo de un rato llega una chica.
-¿Dónde están los demás? -pregunta.
Los dos se van a la sala de ataúdes donde se sientan en un rincón sobre al alfombra y platican de esto y aquello hasta que la chica lo besa y él responde. Mientras están besándose entra otro elemento carveriano. Suena el teléfono.
-Déjalo -dice él, y continúa besándola.
-Apestas -dice ella-. ¿Bebiste mucho?
El teléfono sigue sonando. El chico va al baño a lavarse los dientes. El teléfono vuelve a sonar pero no contesta. ¿Por qué tanta insistencia, carajo?
Cuando regresa la chica tiene los ojos cerrados y canta una canción que escucha en sus walkman. El volumen está tan alto que puede escuchar claramente la canción. Cuando vuleven a besarse escuchan nuevamente el teléfono. Él se levanta para contestar pero en ese momento las luces de un carro iluminan la puerta de entrada. Se esconden en la sala y escuchan a sus padres entrar. Mierda. El padre asoma las narices a la sala.
-¿Dónde está? Otra vez volvió a fumar con sus amigotes.
-Déjalo -dice la mamá al tiempo que responde el teléfono.
Durante los siguientes minutos todo es confusión. Desde su escondite puede escuchar cómo sus padres gritan al teléfono. La chica no lo capta porque él continua besándola y no la deja quitarse los audífonos. La mamá llora. El papá también. El lector tiene que comprender que se trata de Katia. Katia ha sufrido un accidente en la carretera y ha muerto. La mejor del parte es la siguiente. Cuando el chico se pregunta qué hacer, también se pregunta, ¿y qué hago con esta tipa? Le quita los audífonos.

-Escucha. Acaban de llegar mis papás. No quiero que te vean.
-¿Por qué no?
-Hazme caso. Algo pasó.
-¿Qué?
-No lo sé, pero no quiero que te vean aquí. Tienes que esconderte.
-¿Esconderme? ¡Estás loco!
-Por favor. Sólo esta vez.
La chica accede. Él la conduce hasta uno de los ataúdes. Pueden escuchar los lamentos de los padres.
-No me voy a meter a un ataúd.
-Tienes que hacerlo. Mis papás no pueden verte.
-Dios.
¿Recuerdan aquel flashback, cuando Katia entró al ataúd para asustar al niño? De lo que se trata es de la muerte de Katia. El iceberg. El sentido profundo de la historia. La alienación moderna. Los elementos que parecían no tener un sentido de pronto lo cobran. Los cuentos ayudan a dar coherencia a algo que antes no la tenía, ¿Capici?
El chico deja a la chica encerrada en el ataúd. Se acerca a la oficina. Abre la puerta. Sus padres lo ven. Lo reciben. La muerte. Todo es terrible.

Arranqué las doce hojas del bloc y comencé a pasarlas en limpio en una computadora prestada.

-Llevo siete versiones de este cuento.
-Carver escribe hasta quince versiones de cada cuento.
-Lo sé. Estuve pensando en Carver todo el tiempo. Creo que aprendí algo.

¿Pero saben qué? La verdad es que aprendí un carajo.


*



Para bien o para mal, y siempre que las cosas se tambalean, me pongo a recordar aquellos años que compartimos mi madre y yo. No es como acudir a una edad de oro de mi vida. Hoy en día muchas cosas son mejores, tanto para ella como para mí. Lo particular del caso es que estábamos más al tanto de nuestra vulnerabilidad. Al fin y al cabo mi madre apenas tenía 19 años. Trabajaba para los dos, para comprarme ropa y alimentarme, para proporcionarme un mínimo de seguridad. Y pese a todas las horas que trabajaba -en un restaurante llamado La parrilla suiza- nunca fue suficiente.
Mi verdadero recuerdo más lejano, aquel que propició la escritura fallida de El hombre elástico, pero que no apareció en el cuento, tiene que ver con el Día de Reyes. En el centro comercial La Luna, hoy en día una construcción derruida a diez minutos de mi actual casa, los aparadores anunciaban con insistencia al Hombre elástico. ¿No era fantástico? Lo era. Podías estirar sus brazos. Y para el día de Reyes (los pobres no calificábamos para regalos el día de Navidad) esperaba que Melchor, Gaspar y Baltazar me traerían al Hombre elástico. Soñé muchas noches con ello. Le decía a mi madre que podías estirar los brazos del Hombre elástico.

-Mamá, puedes estirar sus brazos.
-Sí, chiquito.

Cuando llegó la mañana los chicos mayas comenzaron a abrir sus regalos. Soñoliento, no comprendía que pasaba, hasta que alguien me empujó y me dijo que fuera a buscar mi regalo. Estaba debajo de la cama. Era una caja de 20 x 30 centímetros, muy delgada como para contener al Hombre elástico en su interior. Algo estaba mal. Algo estaba jodidamente mal. Abrí el paquete.

-¿Te gusta?
-Sí -dije, pero no me gustaba.

Abrí la caja por completo y vacié los muñecos en el piso. Era una colección de monitos de plástico. Una tribu india, con cazadores, tiendas, un par de monolitos, etcétera. El plástico era color rosa claro. Los coloqué de pie en formación circular mientras mamá me veía hacer, aliviada porque no había exigido mi Hombre elástico. En determinado momento tomé uno de los monitos y lo analicé con cuidado. Se trataba de una mujer india que llevaba en sus espaldas un bulto con una cabecita saliendo por arriba. A los tres años de edad, allá por 1982, por primera vez me di cuenta de una verdad bastante obvia y que hoy suena incluso cursi: éramos mi madre y yo, nadie más.

*

Cuando Ford, Carver y Wolff publicaban sus cuentos más famosos, y cuando por otro lado se mantenía con fuerza una tradición más experimental (como la de Donald Barthelme o Leonard Michaels), también se publicaron dos libros que en lo personal me encantan: Something to Remember Me By: Three Tales y Him with His Foot in His Mouth, de Saul Bellow. Es difícil pensar que esos dos libros hayan influido en el desarrollo de la forma, o del género, tal y como lo hicieron Carver o Ford. Aunque a lo mejor estoy diciendo un sinsentido. El desarrollo del género ha sido tan complejo que sólo los estudiantes de letras hispánicas son lo suficientemente arrogantes y estúpidos como para simplificarlo. Ellos y dos o tres personas que conozco.
Porque resulta sumamente curioso que pese a nuestra admiración absoluta por Carver la cuentística en español haya logrado absorber tan poco de sus cuentos. En los talleres literarios -en mi experiencia- hacen énfasis en el asunto del oficio. Una vez, por cuestiones de trabajo, me tocó estar al lado de un famoso cuentista. Creí que iba a ser una conversación interesante. Rara vez tienes la oportunidad de hablar sobre Carver con una persona que está en el ajo. Alguien del público le preguntó cómo se le ocurrían los cuentos, cómo es que era tan ingenioso. El tipo dijo:

-Bueno, pues, siempre estoy al tanto de lo que sucede a mi alrededor -yo asentí: Los cuentos ayudan a dar coherencia a algo que antes no la tenía-. Y me comienzo a hacer preguntas. Qué tal si esta señora que está ahí entra a esa habitación y ya no puede salir. ¿Cómo sería su vida de ahora en adelante? Cuando estoy con mis alumnos les hago escribir cuentos basados en una situación repentina. Les digo, por ejemplo: 'Hay un cuarto con un bulto adentro.' Escriban un cuento de eso. A mí, de hecho, ya se me ocurrieron tres cuentos.

¿Eso es todo? ¿Y la experiencia, el conocimiento, el realismo, los elementos que uno no comprende y que de pronto adquieren sentido en un cuento? Ese es el oficio. Escribir cuentos estúpidos basados en la actividad retórica de pacotilla. En estos talleres rara vez se escucha la palabra 'experiencia'. Incluso me atrevo a decir que no es muy bien vista. Es una palabra muy conservadora que en cierto sentido desafía la supremacía tan alabada de la 'imaginación'. Ya saben, todos nuestros autores raros, imaginativos, exquisitos, destructores del lenguaje. Ellos no necesitan la experiencia, o por lo menos no la filtran de una manera tan pedestre como esos escritorzuelos realistas.
En México, la crítica ha untando tanta miel en los escritores exquisitos, que la mala fama y mínimo desarrollo de la literatura atada a la experiencia tiene en ella a uno de sus culpables. Es tan clara esta tendencia que hoy en dia un escritor joven tiene una oportunidad sencilla para convertirse en una querida de la crítica: volverse un escritor raro, una curiosidad. Si es así los críticos de pacotilla dirán: El lector común nunca comprenderá el valor de este escritor que escribe sin escribir, o que narra sin decir nada, o que habla de lugares vacíos, o que apuesta por el lenguaje.

-¡Es tan raro! -dicen, al punto del orgasmo.

*

Las historias incluidas en esos dos libros de Bellow son largas (algunas de ellas fueron rechazadas por diferentes revistas debido a su longitud), otras son condensaciones de proyectos más ambiciosos, como "Zetland: By a Character Witness", que fue el producto final de una novela en la que Bellow había invertido ya más de ochocientas páginas. Se dice que Zetland estaba basado en su amigo marxista de la juventud, Isaac Rosengeld.

Esto que digo sobre Zetland es ejemplar. Bellow necesitaba un motivo que valiera la pena. Y este gesto -descartar ochocientas páginas y dejarlas en un cuento de 25- muestra lo exigente que era consigo mismo y con su propio material. No escribió muchas historias, pero cada una de las que escribió estuvo motivada por una experiencia viva (casi en el sentido plástico) o por una personalidad poderosa, un estándar muy alto que como escritor lo coloca muy lejos de los escritores que simplemente usan el 'oficio' para escribir un cuento. En "Something To Remember Me By," el narrador deja a su hijo una particular herencia: el retrato de una de sus experiencias. Es una herencia extraña. No es una lección moral ni una advertencia de ningún tipo. La experiencia, en sí, es valiosa, y vale la pena contarla, y contarla bien.

Sin embargo la palabra 'experiencia' necesita matizarse. En "Something To Remember Me By" la experiencia no es el recuento de las cosas que sucedieron, sino la manera como la consciencia particular de ese escritor logró apropiarse de las cosas que su mente seguía guardando. No creo que sea un recurso de mirar hacia atrás y ver lo que te ha sucedido. Probablemente uno piense que no le ha sucedido nada interesante.
En fin, comienzo a expresarme como un estudiante de letras y esa no era mi intención. Solamente quería hacer unas preguntas. En la encuesta que Miguel Ángel Miñoz llevó a cabo no aparece ninguno de estos dos libros de Bellow. ¿No es "Something To Remember Me By" una historia que vale la pena entre los grandes cuentos de los últimos años? ¿"Silver Plate"? "¿"What Kind oy Day Did You Have"? No son cuentos a la Carver ni a la Ford.
Ahora que se cumplen dos años de la muerte de Saul Bellow, no sería mala idea atraer la atención sobre sus historias cortas.

Sean felices.

11 de abril de 2007

HermanoCerdo 14, próximamente


Por lo que parece, este fin de semana tendremos listo el nuevo número de HermanoCerdo. Espérenlo en sus buzones. Y si no se han suscrito, háganlo al correo hermanocerdo@gmail.com

7 de abril de 2007

Fragmento

Un día me llegó a las manos un viejo New Yorker con un cuento depresivo y maravilloso de Lorrie Moore, de los primeros que leí de ella, una autora que escribía cuentos de una manera que ni siquiera me imaginaba. Estaba muy enganchado con Bellow y con Richard Ford, que lo hacían, cada quien, a su manera. Pero la ironía de Moore era diferente, era sugestiva, te hacía sonreír, sentir simpatía por los personajes perdidos de sus cuentos. Así que me puse a traducir el cuento, por puro gozo, hasta que un día se me perdió el ejemplar del New Yorker y me olvidé de ello. Ahora, revisando algunas carpetas, me encuentro con estos fragmentos del cuento. Espero, un día de estos, terminar mi traducción de este cuento que pueden leer en el libro Birds of America

PEOPLE LIKE THAT IS THE ONLY PEOPLE HERE

DE LORRIE MOORE

(fragmento)

Un comienzo, un final: no parecía ser ninguno. La cosa entera es como una nube que sólo aterriza, con el interior lleno de lluvia. El comienzo: la Madre encuentra un coágulo de sangre en el pañal del Bebé. ¿Cuál es la historia? ¿Quién puso esto aquí? Es grande y brillante, con una vena rota y de color caqui adentro. Durante el fin de semana el Bebé se ha comportado indiferente y distraído, áspero, ceñudo. Pero hoy luce bien –así que ¿qué esta cosa, alarmante en contraste con el pañal blanco, como un minúsculo corazón de ratón atrapado en la nieve? A lo mejor pertenece a alguien más. A lo mejor es algo menstrual, algo que pertenece a la Madre o a la Niñera, algo que el Bebé ha encontrado en el bote de basura y que por sus propias dementes e infantiles razones escondió ahí. (Bebés -¡están locos!-. ¿Qué puedes hacer?) En su mente la Madre lo retira de su cuerpo y se lo adjudica a alguien más. Ahí. ¿No tiene eso más sentido?

Con todo, llama al hospital de niños. Sangre en el pañal, dice, y, sonando alarmada y perpleja, la mujer del otro lado dice “Venga ahora.”

¡Vaya servicio tan agradable! Sólo di “sangre”. Sólo di “pañal”. Y mira lo que obtienes.

En la sala de exámenes, el pediatra, la enfermera y el jefe de residentes lucían menos alarmados y perplejos que simplemente perplejos. Al principio, estúpidamente, la Madre se tranquiliza por ello. Pero pronto, además de atisbar y decir “Hmm,” el doctor, le enfermera y el jefe de residentes tuercen la boca,

Cruzan los brazos sobre la bata blanca, los descruzan de nuevo, y toman apuntes. Ordenan un ultrasonido. Vejiga y riñones. Aquí está el pase. Bajen las escaleras, y a la izquierda.

En radiología, el Bebé se para angustiosamente sobre la mesa, desnudo frente a la Madre, mientras ella lo sujeta contra sus piernas y su cintura, y el frío escáner del radiólogo se mueve sobre la espalda del Bebé. El Bebé se queja, mira a la Madre. Vámonos de aquí, imploran sus ojos. Llévame! El radiólogo se detiene, congela uno de los muchos remolinos de aquel océano gris, y clica repetidamente, un solo momento dentro de los largos y cavernosos mapas que son las entrañas del Bebé.

“¿Encontró algo?” pregunta la Madre. El año pasado a su tío Harry le habían removido del riñón algo que resultó ser benigno. ¡Estas máquinas visualizadoras! Son como perros, o como detectores de metales: encuentran todo pero no saben qué es lo que encuentran. Ahí es donde entran los cirujanos. Son como los dueños de los perros. Dame eso, dicen al perro. ¿Qué demonios es esto?

“El cirujano hablará con usted,” dice el radiólogo.

“¿Encontró algo?”

“El cirujano hablará con usted,” dice el radiólogo, otra vez. “Parece que hay algo ahí. Pero el cirujano le hablará de ello.”

“Mi tío tenía una vez algo en su riñón,” dice la Madre. “Así que le removieron el riñón y la cosa resultó ser benigna.”

El radiólogo dibuja una amplia y ominosa sonrisa. “Casi siempre es así,” dice. “No sabes exactamente lo que es hasta que lo tienes en el cesto.”

“En el cesto,” repite la Madre.

“Jerga de doctores,” dice el radiólogo.

“Es muy interesante,” dice la Madre. “Es una manera muy interesante de hablar.” Remolinos de bilis y sangre, mostaza y marrón en un cubo, los colores de alguna bandera africana o de alguna exuberante barra de ensaladas: en el cesto –se lo puede imaginar todo.

“El cirujano la verá pronto,” dice de nuevo. Alborota los rizos del Bebé. “Buen chico,” dice.


“Veamos,” dice el cirujano, en una de las salas de exámenes. Ha entrado, ha salido y regresado otra vez. Tiene rasgos secos y ceñudos, huesos afilados y un bronceado de tenis-en-las-Bermudas. Cruza las piernas envueltas en algodón azul. Usa suecos.

La Madre sabe que su propia cara es un gran pudín blanco de preocupación. Aún viste la larga y oscura camisa de lana, sosteniendo al Bebé, que ha jalado la capucha sobre su cabeza porque él piensa que es gracioso hacer eso. Aunque en ciertas mañanas de viento piensa que quizá le gustaría lucir así, vagamente romántica, como la mujer de

Algún teniente francés de la pradera. En sus momentos más sanos sabe que no sería así. Sabe que luce ridícula –como uno de esos animales hechos con globos. Se baja la capucha y saca un brazo de la manga. El Bebé quiere levantarse y jugar con el apagador de la luz. Se remueve, arma alboroto y señala.

“Está loco con las luces estos días,” explica la Madre.

“Está bien,” dice el cirujano, asintiendo hacia el apagador. “Déjelo jugar.” La Madre avanza y se detiene junto al apagador, y el Bebé comienza a encender y apagar las luces, enciende y apaga.

“Lo que tenemos aquí es un tumor de Wilms’ ”, dice el cirujano, repentinamente envuelto en la oscuridad. Dice “tumor” como si fuera la cosa más normal del mundo.

“¿Wilms’?” repite la Madre. La habitación es rápidamente vuelta a la luz, luego oscurece otra vez. Entre los tres se abre un largo silencio, como si de pronto fuera medianoche. “¿Eso es apóstrofo y “s” o “s” y apóstrofo?” dice la Madre, finalmente. Ella es escritora y profesora. Deletrear puede ser importante –incluso en un momento como éste, aunque ella nunca ha estado antes en un momento como este, por lo que existen ciertos barbarismos que podría cometer sin siquiera saberlo.

Las luces vuelven; el mundo es extinguido y expuesto.

“ ‘S’ y apóstrofo,” dice el cirujano. “Creo.” Las luces se vuelven a ir pero el cirujano continúa hablando en la oscuridad. “Un tumor maligno en el riñón izquierdo.”

Esperen un minuto. Deténganse aquí. El Bebé sólo es un bebé, alimentado con papilla de manzana orgánica, y leche de soya –¡un pequeño príncipe!- y estuvo muy cerca de ella durante el ultrasonido. ¿Cómo puede tener esta terrible cosa? Debió haber sido el riñón de ella. Un riñón de cincuenta años. Un riñón DDT. La Madre se limpia la garganta. “¿No es posible que sea mi riñón en el escáner? Quiero decir, nunca he oído hablar de un bebé con un tumor, y francamente, estaba yo muy cerca.” Ella haría que la sangre fuera suya, el tumor suyo; debe haber un error traicionero, fársico.

“No, eso no es posible,” dice el cirujano. Las luces vuelven.

“¿No?” dice la Madre. Espera a que esté en el cesto, piensa. No estés tan seguro. ¿Tenemos que esperar a que esté en el cesto para saber que se ha cometido un error?

“Comenzaremos con una nefroctomía radical,” dice el cirujano, al instante arrojado a la oscuridad, nuevamente. Su voz llega de ningún lado y de todos los lados a la vez. “Y entonces comenzaremos con la quimioterapia. Estos tumores usualmente responden bien a la quimioterapia.”

“Nunca he oído de un bebé que tenga quimioterapia,” dice la Madre. Bebé y Quimioterapia, piensa: nunca deberían aparecer juntas en la misma oración, no digas en la vida misma. En su otra vida, su vida anterior a este día, era una creyente de la medicina alternativa. ¿Quimioterapia? Impensable. Y ahora, repentinamente, la medicina alternativa parecía la tía solterona y excéntrica del Grande y Apuesto Papá del Tratamiento Convencional. Qué rápido se diluyó la vieja, dejando solo a uno de pie, ahí. ¿Quimioterapia? Por supuesto: Quimioterapia! Porque, sin duda: Quimioterapia. Absolutamente. Quimioterapia.

El Bebé encendió la luz de nuevo y las paredes reaparecieron, grandes cuñas de luz cuadriculadas en pequeños marcos de acuarela del lago local. La Madre había comenzado a llorar: todo en la vida la condujo aquí, hasta este momento. Después de esto no hay más vida. Hay algo más, algo errático e invivible, algo mecánico, algo para robots, pero no para la vida. Tomaron la vida y la rompieron, rápido, como una astilla. La habitación se oscurece nuevamente y así la Madre puede llorar más libremente. ¿Cómo se puede robar tan rápido el cuerpecito de un bebé? ¿Cuánto puede durar un bebé insospechado y traído del cielo? ¿Por qué no le ahorraron un destino tan inconcebible?

Quizá, piensa, está siendo castigada: tantas niñeras y tan temprano. (“Ven con Mami, ¡Ven con Mami-Niñera!” solía decir. ¡Pero era una broma!) Su vida, tal vez, llevaba demasiado abiertamente las marcas Sus pensamientos poco maternales fueron notados: su esperanza llena de pánico de que su siesta durara un poco más de lo que solía; su ocasional deseo de besarlo apasionadamente en la boca (¡entenderse con su bebé!); sus quejas actuales sobre el vocabulario de ser madre, cómo degrada al que lo usa. “¿Es un mameluco para la popó? Sí, es un mameluco para la popó”). En tres ocasiones, además, había usado la forma botella en vez de jarrón. Dos veces dejó que los oídos del Bebé se llenaran de cera. Y algunas mañanas el mes pasado, a la hora del tentempié, le dejó en el piso un tazón de Cheerios para comer, como un perro. Lo dejaba jugar con la aspiradora. Sólo una vez, antes de que naciera, dijo: “¿Sano? Yo sólo quiero que el chico sea rico.” Una broma, por amor de Dios. Después que naciera, ella anunció que su vida se había vuelto una diaria secuencia de tareas mentalmente ruinosas, siempre las mismas una y otra vez, como una novela de la Señora Camus. ¡Otra broma! Estas bromas te matarán. Había dicho con mucha frecuencia, y con tanto gozo, La historia de cómo el Bebé había dicho “Hola” a su silla alta, dicho adiós a las olas del lago, gritando: “Bonito-bonito-bonito”, en lo que parecía un acento ruso, apuntó a sus ojos y dijo. “Hielo.” Y todo esa charla infantil, sinsentido: ¿no era de risa? Balbuceo canónico, lo llaman los expertos del lenguaje. Se contaba historias enteras con él, las inventaba completamente, podía decir ella; se adornaba, buscaba, exageraba. What a card! A los amigos les habló de sus hábitos alimenticios (zanahoria sí, atún no). Mencionaba, demasiado, su descontrolada risita tonta. ¿Tenía que ser tan aburrida? No podía tener consideración por los demás, ¿por las demandas intelectuales y las cortesías de la sociedad humana?

*

En casa, ella deja un mensaje para el Esposo -¡Urgente! Llámame!- en el buzón de voz. Luego lleva al bebé arriba, para su siesta, lo mece en la cuna. El Bebé dice goodbye a sus ositos, luego mira hacia la ventana y dice: “Adiós, adiós, afuera.” Últimamente tiene la costumbre de decir adiós a todo, y ahora parece como si sintiera cierta partida inminente, y a ella le rompe el corazón oírlo. ¡Bye, bye! Ella canta bajo y monótonamente, como algún pequeño artefacto, porque es así como le gusta. Él está adormecido, soñoliento, a la deriva. Ha crecido tanto el último año que difícilmente le cabe en el regazo; sus miembros penden como en una Piedad. Su cabeza se esconde ligeramente en el brazo de la Madre. Lo puede sentir cuando cae hacia atrás, hacia el sueño, con su boquita redonda y abierta como la más dulce de las amapolas. Todas las canciones de cuna del mundo, todas las melodías enhebradas con melancolía maternal ahora le parecen –abandonada como las madres pueden estar por hombres en el trabajo y niños en su siesta-, canciones de una terrible, terrible pena. Sentada ahí, inclinada y balanceándose, la Madre siente todo su amor como preocupación y desengaño. Una rápida e irrevocable alquimia: no han dejado un solo pedacito sin preocupación para la felicidad. “Si te vas,” ella se inclina levemente hacia su cuello jabonoso, hacia la espiral de su oído, “nosotros iremos contigo. No somos nada sin ti. Sin ti sólo somos un montón de piedras. Sin ti somos dos muñones, con nada ya en nuestros corazones. Adonde quiera que te lleve esto, te seguiremos, estaremos ahí. No tengas miedo. Vamos, también, adonde tú vayas. Así es eso. Así.

“Toma notas,” dice el Esposo, después de venir directo a casa desde el trabajo, a media tarde, y escuchar las noticias y decir todas esas palabras en voz alta –cirugía, metástasis, diálisis, transplante- y colapsándose en una silla, con lágrimas. “Toma notas. Vamos a necesitar el dinero.”

“Dios santo” llora la madre. Todo en su interior repentinamente se encoge, un adelgazamiento de huesos. Quizá esta es la disposición del soldado, aunque tenga el tufillo a muerte y derrota. Es como un ataque al corazón, una falla en la voluntad y el coraje, una falla poderosa: una falla en todo. Su cara, cuando la atrapa en el espejo, luce fría e hinchada, en shock, sus ojos ebrios y escarlata. Ha comenzado a usar gafas oscuras en los interiores, como una viuda famosa. ¿Y de dónde vendrá su fuerza? ¿De alguna filosofía? ¿De alguna pequeña y frígida filosofía? No es incondicional ni realista y tiene problemas con los conceptos básicos, como con ese que dice que los eventos se mueven en una dirección solamente y no saltan, no giran y vuelven atrás.

El esposo comienza demasiadas frases con “Qué tal si.” Intenta juntar todo de nuevo, como un vagón de tren. Intenta llevar el tren a la ciudad.

“Seguiremos todos los pasos, nos moveremos por todas las etapas. Iremos a donde debamos ir, buscaremos, encontraremos, pagaremos lo que tengamos que pagar. ¿Qué tal si no podemos pagar?”

“Suena como ir de compras.”

“No puedo creer que esto le esté pasando a nuestro bebé,” dice y vuelve a sollozar.

Qué se puede decir? Sólo voltea un poco y ahí está: la muerte de tu hijo. Es parte símbolo y parte maldad, y en tu lado ciego todo el tiempo, hasta que está sobre ti. Luego es un fiero y pequeño país secuestrándote; te mantiene como es debido dentro de sí como en un sótano, las mejores fronteras de ti son las fronteras de él. ¿Hay ventanas? ¿A veces no hay ventanas?

La Madre no es una compradora. Odia comprar, y generalmente es mala en ello, aunque sí que le gusta una buena venta. No puede pasearse de modo significativo por entre el enojo, la negación, la pena, y el acertamiento. Va derecho al regateo y se está ahí. ¿Cuánto? Exclama hacia el techo, hacia alguna construcción improvisada de santidad que ella, desesperada pero creativamente, ha ensamblado en su mente para rezar; una escéptica, nunca dada al rezo, ahora debe cosechar lo que no sembró; debe ensamblar por completo un altar de adoración y suplicar. Intenta conseguirlo por medio de una noble abstracción, nada muy antropomórfico, sólo una Moral Superior, aunque esta Superioridad luzca como el gerente de Marshall Field’s, chupando una menta Frango, así sea. Amén. Sólo dime qué quieres, pregunta la Madre. ¿Y cómo lo quieres? ¿Más actos caritativos? Un billón, comenzando ahora mismo. ¿Pensamientos caritativos? Más difícil, pero por supuesto. ¡Por supuesto! Yo hago la cena, cariño, Yo pago la renta. Sólo dime. ¿Perdón? Bueno, si a ti no, a quién debo hablar? ¿Hola? ¿A quién le debo hablar aquí? ¿Con un superior? ¿Un superior? ¿Esperar? Puedo esperar. Tengo todo el maldito día.

El Esposo yace ahora junto a ella en la cama, suspirando. “El pobrecito puede sobrevivir a todo esto sólo para morir en un accidente de auto a los dieciséis.”

La Madre, regateando, lo considera. “Tomaremos el accidente de auto,” dice.

“¿Qué?”

“¡Hagamos un trato! Dieciséis es toda una vida! Tomaremos el accidente de auto. Tomamos el accidente de auto enfrente de donde Carol Merrill está ahora.”

Ahora el gerente de Marshall Field’s reaparece. “Deshacerse de las sorpresas es deshacerse de la vida en la vida,” dice.

El teléfono suena. El Esposo deja la habitación.

“Pero yo no quiero estas sorpresas,” dice la Madre. “¡Tú toma esas sorpresas!”

“Conocer la narración por adelantado es convertirte en una máquina,” continúa el Gerente. “Lo que hace humano a los humanos es precisamente que no conocen su futuro. Por eso es que hacen las fatídicas y desconcertantes cosas que hacen: ¿quién puede decir cómo sucederá algo? En eso yace la única esperanza de redención, descubrimiento y –seamos francos- diversión, diversión, diversión! Podría haber cosas con las que la gente podría salir huyendo. Y no sólo toallas de hotel. Podría haber grandes amores ilícitos, alegría duradera –o fé- , trágicos accidentes con maquinaria de campo. Debes no saber a fin de ver las historias que te tus esfuerzos en la vida te traerán. El misterio es todo.”

5 de abril de 2007

Pequeño post

Yo no sabía que mi padre era alcohólico, así que no es mi culpa. Lo supe el día de su cumpleaños, un día que solía pasar sin pena ni gloria excepto cuando mi madre sentía la necesidad de restablecer el equilibrio en casa, un equilibrio que ella añoraba desde siempre, pero del que había aprendido a prescindir cuando, con brillo en los ojos, comprendió cómo éramos realmente en aquella familia.

Por supuesto, sé que es raro no darse cuenta de situaciones como esta. Todavía me veo dirigirme con pasos decididos hacia el auto estacionado a mitad de la calle, cuando a media noche, un año atrás, papá se subió al auto con la intención de conducir a quién sabe dónde.
-Dame las llaves –dije, metiendo medio cuerpo por la ventanilla del auto. Las llaves no estaban.
-¿Cuáles llaves?
-¿A dónde crees que vas?
-No voy a ningún lado –balbuceó-. Déjame.
-Estás borracho.
Ágitó la cabeza como un perro para decir que no. Luego se recargó contra el asiento y se quedó dormido con el cuello torcido noventa grados y una mano todavía sosteniendo el volante. Empujamos el auto hasta estacionarlo frente a la casa y lo dejamos dormir.
Yo tenía trece años y una idea muy vaga de lo que era ser alcohólico. Al fin y al cabo no sólo mi padre se emborrachaba los días de fiesta. Todos lo hacían. Incluso yo, con una cuba que me tomaba a medias con mi hermana Katia. También recuerdo que un fin de semana lo acompañamos a la Basílica, a un centro de atención en la parte trasera de la iglesia donde había una fila de cientos de hombres. Como todos ellos, “iba a jurar”.
Me acerqué a mamá confidencialmente y me incliné hacia ella (a los trece años ya era más alto que mi madre):
-¿Qué es lo que va a jurar? –pregunté.
-Que no va a beber una sola gota de alcohol en seis meses –dijo.
-Oh.
Pero no me pareció extraño. ¿No había cientos de hombres en fila para hacer lo mismo? Algún día, incluso, tendría que hacerlo yo, pensé. Como el servicio militar.

Fuera de eso, y sin el juramento de por medio, papá sólo tomaba una copita de brandy después de la cena y se quedaba en la sala mirando la tele mientras Katia y yo subíamos a nuestras habitaciones para dormir. Tras un largo día de trabajo, trabajo que nos proveía de los mismos zapatos y vestidos que usábamos, de la misma casa donde vivíamos, ¿no se merecía un buen descanso? ¿frente al televisor, en silencio, con una copita de brandy? Desde luego que sí.

***

Mi madre estaba muy emocionada con su cumpleaños y quería comprarle un regalo que le hiciera feliz. Algunas tardes discutíamos qué sería lo mejor sin ponernos nunca de acuerdo. Era desesperante razonar con ella.
-Cómprale lo que sea –dije, al cabo de algún tiempo.
-Pero tiene que ser algo que le guste mucho –dijo ella-. ¿Qué piensas?
-Tú eres su esposa.
-Con los hombres nunca se sabe.
-Cómprale algo en Radio Shack.
-¿Qué le voy a comprar ahí?
-No sé, un auto a control remoto.
-Cómo crees. No le va a gustar.
-Entonces no lo conoces –dije yo.
Debo decir que por entonces desarrollaba de cierta clase de poderes písquicos; o por lo menos era tanta la confianza en mí mismo que escuchaba con condescendencia a las personas, principalmente a mi madre. “No sabes lo que quieres en la vida,” decía yo entre dientes. Mis amigos decían que era un mamón, pero la verdad es que ellos eran los mamones, porque no sabían lo que en realidad querían decir.
Así que a veces me daba la impresión de que mis padres necesitaban que alguien les resolviera sus problemas, y ya que Katia no vivía más con nosotros, esa persona era yo. Mamá seguía pensando en qué regalarle a papá cuando decidí que era suficiente. No podía más.
-Dame el dinero –dije, estirando una mano-. Yo lo compro.
-¿Qué le vas a comprar?
-¡No lo sé! Voy a pensarlo.
-Bueno –me dio el dinero que tenía reservado para el regalo y yo lo guardé en el bolsillo trasero de los jeans.

Dos días seguidos, después de clase, recorrí por completo el centro comercial. El segundo día lo hice con una chica con la que llevaba cuatro días de noviazgo. Paseamos por el centro comercial abrazados de la cintura y yo me sentía bastante bien con todo ese dinero en mi bolsillo trasero. ¡Jesús! ¡Podía invitarla a cualquier cosa que se me hubiera ocurrido! Pero gracias a dios se conformó con pasear por el centro comercial mientras yo le explicaba cómo funcionaba la vida. Palpaba el dinero con las puntas de los dedos y a veces me encerraba en algún baño y lo contaba un par de veces.
Pasaron varios días sin resultados y mamá se desesperaba y decía que ya no confiaba más en mí. Cuando me pedía el dinero yo le hacía un gesto de “tranquila muñeca”.
-Voy a comprarlo ¿okey? Repasemos, ¿cuándo es su cumpleaños?
-El próximo viernes –dijo ella.
-Okey, entonces el viernes iré a comprarlo. Será un buen regalo, no te preocupes.

El viernes por la tarde me fui caminando solo al centro comercial. Ya no tenía novia, pero no me importaba. Esa chica no sabía lo que quería.
Tenía una lista mental de la cual elegir, pero esta vez contaba con una nueva estrategia. Me iba a fijar en las cosas que compraban los hombres de la edad de mi padre. Sorprendentemente no había muchos hombres haciendo compras aquel día. Y cuando consulté a una vendedor me llevó a ver los juegos de pluma, las navajas victorinox, las brújulas, los cinturones, los relojes, las lociones, las corbatas, las carteras. Por último me mostró un juego de calcetines finos, los estiró con las manos y me los mostró como si fueran un bebé.
-No lo sé –dije.
-Son de seda –agregó-, son como otra piel.
-Mejor voy a Radio Shack –dije, y me alejé de ahí, un poco sorprendido de no saber qué carajos le gustaba a mi padre. Cuando llegué a Radio Shack, estaban cerrando. Había pasado toda la tarde en el centro comercial y ahora de noche, una noche muy especial si se veía desde el interior de aquel centro comercial.
-Un momento, quiero comprar un auto a control.
El dependiente sostuvó la cortina a media altura.
-¿Cuál?
-¿Todavía tienen el Subaru?
-¿Subaru?
-El Legacy 1993.
-Ah, no. Quizá la otra semana –dijo, y cerró la cortina de golpe.

Acaricié los billetes con los dedos, giré en mis talones y busqué la salida. Había estado todo el día en la calle y tenía hambre, así que tomé uno de los billetes y comí en un Kentucky Fried Chicken, una delicia. Luego abandoné el centro comercial y me fui caminando a casa, pensando en la opciones que me quedaban. Estaba tan cansado que la mochila, en la que sólo había una libreta y un libro de física, me lastimaba el hombro y el cuello.
Tomé un atajo a través de un terreno abandonado y di vuelta en una esquina que me llevaba directamente a casa. Ahí en la esquina había una tienda enorme, de unos treinta metros de largo, con vidrieras altas y bien iluminadas tras las cuales había botellas de todo tipo y precio. Normalmente habría seguido de largo. Todavía no me interesaba el alcohol, pero detrás de una de las vidrieras algo me llamó la atención. Me gustó tanto que no pude reprimir una carcajada. ¡Eso era! ¡El mejor regalo! Entré al lugar y pregunté por el precio de la botella. El hombre me miró con curiosidad pero consultó los precios en una carpeta que colgaba junto a la caja registradora:
-Esa cuesta 1500 –dijo.
-¿Es original?
-Hmm, no –dijo-. Pero es la más grande que tenemos.
Era una botella de tequila tamaño gigante, tan grande que apenas podría llevarla en los brazos. Pensé que a papá le encantaría el regalo porque en la vitrina del comedor guardaba una pequeña colección de botellitas de todo tipo, vino, whisky, tequila, mezcal. ¿No era grandioso?
Volví a reír.
-Okey –dije-. Me la llevo.
-No vendemos alcohol a menores –dijo el tipo.
-No es para mí. Es un regalo.
-No importa.
Mi sonrisa se desvaneció y permanecí un momento en silencio, sin saber qué decir.
-¿Tienes el dinero?
Saqué el dinero, conté mil quinientos y lo puse en el contador.
-Lástima –dijo el tipo.
Agregué otros quinientos pesos.
-Es todo lo que traigo –dije. El tipo dio un vistazo a una puerta trasera.
-Pero escóndela bien, ¿vale?
Envolvió la botella en papel y me ayudó a ocultarla en el fondo de mi mochila, de donde seguía sobresaliendo la punta.
Me fui a casa y subí a mi habitación sin que nadie se diera cuenta. Luego mamá tocó a mi puerta. La abrió un poco y asomó medio cuerpo. Yo estaba en la cama, escuchando a Los Héroes del silencio con mi walkman. Le mostré el puño con el pulgar arriba:
-¿Qué?
-Tengo el regalo perfecto.
-¿Qué es?
-Es una sorpresa.
Me fui a la cama y pasé buen rato pensando en el efecto que causaría con el regalo. Incluso le hablé a una chica de la escuela que se llamaba Laura. Llevábamos cuatro días consecutivos hablando por teléfono:
-¿Una botella gigante?
-Enorme –dije-. Deberías verla.
-Qué loco.
-Pst, ya sabes.
Abajo mamá preparaba la cena.
A eso de las diez de la noche llegó Marta, la vecina, y su hijo pequeño, y más tarde llegaron Katia y su nuevo novio, un tal Mario. Todos se sentaron en la sala y comenzaron a platicar de esto y aquello en espera de que papá llegara y los descubriera a todos reunidos en el día de su cumpleaños. Yo me comía las uñas del nerviosismo y soltaba carcajadas en la soledad de mi habitación. Era absolutamente grandioso.

Al cabo de media hora escuchamos el motor nervioso de la caribe. Todo mundo guardó silencio. Papá abrió con sus llaves y en ese momento comenzaron a cantar “Las mañanitas.” Mamá me hizó una seña desde la escalera y yo corrí a la habitación y tomé la botella. Bajé y me coloqué detrás de un sillón, con el regalo a los pies.
-Feliz cumpleaños, papá –dijo Katia, y comenzaron a felicitarlo. A la orden de mamá todos guardaron silencio. Me miraron. Tomé la botella y la alcé en todo lo alto, gritando feliz cumpleaños con una sonrisa inmensa de alegría.
Pero mi padre y los demás se quedaron mudos.
-¿Qué es esto? –preguntó.
-Es tu regalo –dije.
-Ay, por dios –dijo Katia.
-Guarda eso –dijo mamá.
-¿Por qué? Es su regalo.
-No puedo creer que seas tan idiota –dijo Katia.
-¿Qué hice?
-¿Por qué compraste eso?
-Es divertido.
-No es gracioso –dijo Katia.
Entonces miré a mi padre y él me miró con sus ojos amarillos y sin vida. Pero yo puedo decir, como cuando uno habla de los perros, que en ese momento mis ojos brillaron ‘con entendimiento’.