Un día me llegó a las manos un viejo New Yorker con un cuento depresivo y maravilloso de Lorrie Moore, de los primeros que leí de ella, una autora que escribía cuentos de una manera que ni siquiera me imaginaba. Estaba muy enganchado con Bellow y con Richard Ford, que lo hacían, cada quien, a su manera. Pero la ironía de Moore era diferente, era sugestiva, te hacía sonreír, sentir simpatía por los personajes perdidos de sus cuentos. Así que me puse a traducir el cuento, por puro gozo, hasta que un día se me perdió el ejemplar del New Yorker y me olvidé de ello. Ahora, revisando algunas carpetas, me encuentro con estos fragmentos del cuento. Espero, un día de estos, terminar mi traducción de este cuento que pueden leer en el libro Birds of America
PEOPLE LIKE THAT IS THE ONLY PEOPLE HERE
DE LORRIE MOORE
(fragmento)
Un comienzo, un final: no parecía ser ninguno. La cosa entera es como una nube que sólo aterriza, con el interior lleno de lluvia. El comienzo: la Madre encuentra un coágulo de sangre en el pañal del Bebé. ¿Cuál es la historia? ¿Quién puso esto aquí? Es grande y brillante, con una vena rota y de color caqui adentro. Durante el fin de semana el Bebé se ha comportado indiferente y distraído, áspero, ceñudo. Pero hoy luce bien –así que ¿qué esta cosa, alarmante en contraste con el pañal blanco, como un minúsculo corazón de ratón atrapado en la nieve? A lo mejor pertenece a alguien más. A lo mejor es algo menstrual, algo que pertenece a la Madre o a la Niñera, algo que el Bebé ha encontrado en el bote de basura y que por sus propias dementes e infantiles razones escondió ahí. (Bebés -¡están locos!-. ¿Qué puedes hacer?) En su mente la Madre lo retira de su cuerpo y se lo adjudica a alguien más. Ahí. ¿No tiene eso más sentido?
Con todo, llama al hospital de niños. Sangre en el pañal, dice, y, sonando alarmada y perpleja, la mujer del otro lado dice “Venga ahora.”
¡Vaya servicio tan agradable! Sólo di “sangre”. Sólo di “pañal”. Y mira lo que obtienes.
En la sala de exámenes, el pediatra, la enfermera y el jefe de residentes lucían menos alarmados y perplejos que simplemente perplejos. Al principio, estúpidamente, la Madre se tranquiliza por ello. Pero pronto, además de atisbar y decir “Hmm,” el doctor, le enfermera y el jefe de residentes tuercen la boca,
Cruzan los brazos sobre la bata blanca, los descruzan de nuevo, y toman apuntes. Ordenan un ultrasonido. Vejiga y riñones. Aquí está el pase. Bajen las escaleras, y a la izquierda.
En radiología, el Bebé se para angustiosamente sobre la mesa, desnudo frente a la Madre, mientras ella lo sujeta contra sus piernas y su cintura, y el frío escáner del radiólogo se mueve sobre la espalda del Bebé. El Bebé se queja, mira a la Madre. Vámonos de aquí, imploran sus ojos. Llévame! El radiólogo se detiene, congela uno de los muchos remolinos de aquel océano gris, y clica repetidamente, un solo momento dentro de los largos y cavernosos mapas que son las entrañas del Bebé.
“¿Encontró algo?” pregunta la Madre. El año pasado a su tío Harry le habían removido del riñón algo que resultó ser benigno. ¡Estas máquinas visualizadoras! Son como perros, o como detectores de metales: encuentran todo pero no saben qué es lo que encuentran. Ahí es donde entran los cirujanos. Son como los dueños de los perros. Dame eso, dicen al perro. ¿Qué demonios es esto?
“El cirujano hablará con usted,” dice el radiólogo.
“¿Encontró algo?”
“El cirujano hablará con usted,” dice el radiólogo, otra vez. “Parece que hay algo ahí. Pero el cirujano le hablará de ello.”
“Mi tío tenía una vez algo en su riñón,” dice la Madre. “Así que le removieron el riñón y la cosa resultó ser benigna.”
El radiólogo dibuja una amplia y ominosa sonrisa. “Casi siempre es así,” dice. “No sabes exactamente lo que es hasta que lo tienes en el cesto.”
“En el cesto,” repite la Madre.
“Jerga de doctores,” dice el radiólogo.
“Es muy interesante,” dice la Madre. “Es una manera muy interesante de hablar.” Remolinos de bilis y sangre, mostaza y marrón en un cubo, los colores de alguna bandera africana o de alguna exuberante barra de ensaladas: en el cesto –se lo puede imaginar todo.
“El cirujano la verá pronto,” dice de nuevo. Alborota los rizos del Bebé. “Buen chico,” dice.
“Veamos,” dice el cirujano, en una de las salas de exámenes. Ha entrado, ha salido y regresado otra vez. Tiene rasgos secos y ceñudos, huesos afilados y un bronceado de tenis-en-las-Bermudas. Cruza las piernas envueltas en algodón azul. Usa suecos.
La Madre sabe que su propia cara es un gran pudín blanco de preocupación. Aún viste la larga y oscura camisa de lana, sosteniendo al Bebé, que ha jalado la capucha sobre su cabeza porque él piensa que es gracioso hacer eso. Aunque en ciertas mañanas de viento piensa que quizá le gustaría lucir así, vagamente romántica, como la mujer de
Algún teniente francés de la pradera. En sus momentos más sanos sabe que no sería así. Sabe que luce ridícula –como uno de esos animales hechos con globos. Se baja la capucha y saca un brazo de la manga. El Bebé quiere levantarse y jugar con el apagador de la luz. Se remueve, arma alboroto y señala.
“Está loco con las luces estos días,” explica la Madre.
“Está bien,” dice el cirujano, asintiendo hacia el apagador. “Déjelo jugar.” La Madre avanza y se detiene junto al apagador, y el Bebé comienza a encender y apagar las luces, enciende y apaga.
“Lo que tenemos aquí es un tumor de Wilms’ ”, dice el cirujano, repentinamente envuelto en la oscuridad. Dice “tumor” como si fuera la cosa más normal del mundo.
“¿Wilms’?” repite la Madre. La habitación es rápidamente vuelta a la luz, luego oscurece otra vez. Entre los tres se abre un largo silencio, como si de pronto fuera medianoche. “¿Eso es apóstrofo y “s” o “s” y apóstrofo?” dice la Madre, finalmente. Ella es escritora y profesora. Deletrear puede ser importante –incluso en un momento como éste, aunque ella nunca ha estado antes en un momento como este, por lo que existen ciertos barbarismos que podría cometer sin siquiera saberlo.
Las luces vuelven; el mundo es extinguido y expuesto.
“ ‘S’ y apóstrofo,” dice el cirujano. “Creo.” Las luces se vuelven a ir pero el cirujano continúa hablando en la oscuridad. “Un tumor maligno en el riñón izquierdo.”
Esperen un minuto. Deténganse aquí. El Bebé sólo es un bebé, alimentado con papilla de manzana orgánica, y leche de soya –¡un pequeño príncipe!- y estuvo muy cerca de ella durante el ultrasonido. ¿Cómo puede tener esta terrible cosa? Debió haber sido el riñón de ella. Un riñón de cincuenta años. Un riñón DDT. La Madre se limpia la garganta. “¿No es posible que sea mi riñón en el escáner? Quiero decir, nunca he oído hablar de un bebé con un tumor, y francamente, estaba yo muy cerca.” Ella haría que la sangre fuera suya, el tumor suyo; debe haber un error traicionero, fársico.
“No, eso no es posible,” dice el cirujano. Las luces vuelven.
“¿No?” dice la Madre. Espera a que esté en el cesto, piensa. No estés tan seguro. ¿Tenemos que esperar a que esté en el cesto para saber que se ha cometido un error?
“Comenzaremos con una nefroctomía radical,” dice el cirujano, al instante arrojado a la oscuridad, nuevamente. Su voz llega de ningún lado y de todos los lados a la vez. “Y entonces comenzaremos con la quimioterapia. Estos tumores usualmente responden bien a la quimioterapia.”
“Nunca he oído de un bebé que tenga quimioterapia,” dice la Madre. Bebé y Quimioterapia, piensa: nunca deberían aparecer juntas en la misma oración, no digas en la vida misma. En su otra vida, su vida anterior a este día, era una creyente de la medicina alternativa. ¿Quimioterapia? Impensable. Y ahora, repentinamente, la medicina alternativa parecía la tía solterona y excéntrica del Grande y Apuesto Papá del Tratamiento Convencional. Qué rápido se diluyó la vieja, dejando solo a uno de pie, ahí. ¿Quimioterapia? Por supuesto: Quimioterapia! Porque, sin duda: Quimioterapia. Absolutamente. Quimioterapia.
El Bebé encendió la luz de nuevo y las paredes reaparecieron, grandes cuñas de luz cuadriculadas en pequeños marcos de acuarela del lago local. La Madre había comenzado a llorar: todo en la vida la condujo aquí, hasta este momento. Después de esto no hay más vida. Hay algo más, algo errático e invivible, algo mecánico, algo para robots, pero no para la vida. Tomaron la vida y la rompieron, rápido, como una astilla. La habitación se oscurece nuevamente y así la Madre puede llorar más libremente. ¿Cómo se puede robar tan rápido el cuerpecito de un bebé? ¿Cuánto puede durar un bebé insospechado y traído del cielo? ¿Por qué no le ahorraron un destino tan inconcebible?
Quizá, piensa, está siendo castigada: tantas niñeras y tan temprano. (“Ven con Mami, ¡Ven con Mami-Niñera!” solía decir. ¡Pero era una broma!) Su vida, tal vez, llevaba demasiado abiertamente las marcas Sus pensamientos poco maternales fueron notados: su esperanza llena de pánico de que su siesta durara un poco más de lo que solía; su ocasional deseo de besarlo apasionadamente en la boca (¡entenderse con su bebé!); sus quejas actuales sobre el vocabulario de ser madre, cómo degrada al que lo usa. “¿Es un mameluco para la popó? Sí, es un mameluco para la popó”). En tres ocasiones, además, había usado la forma botella en vez de jarrón. Dos veces dejó que los oídos del Bebé se llenaran de cera. Y algunas mañanas el mes pasado, a la hora del tentempié, le dejó en el piso un tazón de Cheerios para comer, como un perro. Lo dejaba jugar con la aspiradora. Sólo una vez, antes de que naciera, dijo: “¿Sano? Yo sólo quiero que el chico sea rico.” Una broma, por amor de Dios. Después que naciera, ella anunció que su vida se había vuelto una diaria secuencia de tareas mentalmente ruinosas, siempre las mismas una y otra vez, como una novela de la Señora Camus. ¡Otra broma! Estas bromas te matarán. Había dicho con mucha frecuencia, y con tanto gozo, La historia de cómo el Bebé había dicho “Hola” a su silla alta, dicho adiós a las olas del lago, gritando: “Bonito-bonito-bonito”, en lo que parecía un acento ruso, apuntó a sus ojos y dijo. “Hielo.” Y todo esa charla infantil, sinsentido: ¿no era de risa? Balbuceo canónico, lo llaman los expertos del lenguaje. Se contaba historias enteras con él, las inventaba completamente, podía decir ella; se adornaba, buscaba, exageraba. What a card! A los amigos les habló de sus hábitos alimenticios (zanahoria sí, atún no). Mencionaba, demasiado, su descontrolada risita tonta. ¿Tenía que ser tan aburrida? No podía tener consideración por los demás, ¿por las demandas intelectuales y las cortesías de la sociedad humana?
*
En casa, ella deja un mensaje para el Esposo -¡Urgente! Llámame!- en el buzón de voz. Luego lleva al bebé arriba, para su siesta, lo mece en la cuna. El Bebé dice goodbye a sus ositos, luego mira hacia la ventana y dice: “Adiós, adiós, afuera.” Últimamente tiene la costumbre de decir adiós a todo, y ahora parece como si sintiera cierta partida inminente, y a ella le rompe el corazón oírlo. ¡Bye, bye! Ella canta bajo y monótonamente, como algún pequeño artefacto, porque es así como le gusta. Él está adormecido, soñoliento, a la deriva. Ha crecido tanto el último año que difícilmente le cabe en el regazo; sus miembros penden como en una Piedad. Su cabeza se esconde ligeramente en el brazo de la Madre. Lo puede sentir cuando cae hacia atrás, hacia el sueño, con su boquita redonda y abierta como la más dulce de las amapolas. Todas las canciones de cuna del mundo, todas las melodías enhebradas con melancolía maternal ahora le parecen –abandonada como las madres pueden estar por hombres en el trabajo y niños en su siesta-, canciones de una terrible, terrible pena. Sentada ahí, inclinada y balanceándose, la Madre siente todo su amor como preocupación y desengaño. Una rápida e irrevocable alquimia: no han dejado un solo pedacito sin preocupación para la felicidad. “Si te vas,” ella se inclina levemente hacia su cuello jabonoso, hacia la espiral de su oído, “nosotros iremos contigo. No somos nada sin ti. Sin ti sólo somos un montón de piedras. Sin ti somos dos muñones, con nada ya en nuestros corazones. Adonde quiera que te lleve esto, te seguiremos, estaremos ahí. No tengas miedo. Vamos, también, adonde tú vayas. Así es eso. Así.
“Toma notas,” dice el Esposo, después de venir directo a casa desde el trabajo, a media tarde, y escuchar las noticias y decir todas esas palabras en voz alta –cirugía, metástasis, diálisis, transplante- y colapsándose en una silla, con lágrimas. “Toma notas. Vamos a necesitar el dinero.”
“Dios santo” llora la madre. Todo en su interior repentinamente se encoge, un adelgazamiento de huesos. Quizá esta es la disposición del soldado, aunque tenga el tufillo a muerte y derrota. Es como un ataque al corazón, una falla en la voluntad y el coraje, una falla poderosa: una falla en todo. Su cara, cuando la atrapa en el espejo, luce fría e hinchada, en shock, sus ojos ebrios y escarlata. Ha comenzado a usar gafas oscuras en los interiores, como una viuda famosa. ¿Y de dónde vendrá su fuerza? ¿De alguna filosofía? ¿De alguna pequeña y frígida filosofía? No es incondicional ni realista y tiene problemas con los conceptos básicos, como con ese que dice que los eventos se mueven en una dirección solamente y no saltan, no giran y vuelven atrás.
El esposo comienza demasiadas frases con “Qué tal si.” Intenta juntar todo de nuevo, como un vagón de tren. Intenta llevar el tren a la ciudad.
“Seguiremos todos los pasos, nos moveremos por todas las etapas. Iremos a donde debamos ir, buscaremos, encontraremos, pagaremos lo que tengamos que pagar. ¿Qué tal si no podemos pagar?”
“Suena como ir de compras.”
“No puedo creer que esto le esté pasando a nuestro bebé,” dice y vuelve a sollozar.
Qué se puede decir? Sólo voltea un poco y ahí está: la muerte de tu hijo. Es parte símbolo y parte maldad, y en tu lado ciego todo el tiempo, hasta que está sobre ti. Luego es un fiero y pequeño país secuestrándote; te mantiene como es debido dentro de sí como en un sótano, las mejores fronteras de ti son las fronteras de él. ¿Hay ventanas? ¿A veces no hay ventanas?
La Madre no es una compradora. Odia comprar, y generalmente es mala en ello, aunque sí que le gusta una buena venta. No puede pasearse de modo significativo por entre el enojo, la negación, la pena, y el acertamiento. Va derecho al regateo y se está ahí. ¿Cuánto? Exclama hacia el techo, hacia alguna construcción improvisada de santidad que ella, desesperada pero creativamente, ha ensamblado en su mente para rezar; una escéptica, nunca dada al rezo, ahora debe cosechar lo que no sembró; debe ensamblar por completo un altar de adoración y suplicar. Intenta conseguirlo por medio de una noble abstracción, nada muy antropomórfico, sólo una Moral Superior, aunque esta Superioridad luzca como el gerente de Marshall Field’s, chupando una menta Frango, así sea. Amén. Sólo dime qué quieres, pregunta la Madre. ¿Y cómo lo quieres? ¿Más actos caritativos? Un billón, comenzando ahora mismo. ¿Pensamientos caritativos? Más difícil, pero por supuesto. ¡Por supuesto! Yo hago la cena, cariño, Yo pago la renta. Sólo dime. ¿Perdón? Bueno, si a ti no, a quién debo hablar? ¿Hola? ¿A quién le debo hablar aquí? ¿Con un superior? ¿Un superior? ¿Esperar? Puedo esperar. Tengo todo el maldito día.
El Esposo yace ahora junto a ella en la cama, suspirando. “El pobrecito puede sobrevivir a todo esto sólo para morir en un accidente de auto a los dieciséis.”
La Madre, regateando, lo considera. “Tomaremos el accidente de auto,” dice.
“¿Qué?”
“¡Hagamos un trato! Dieciséis es toda una vida! Tomaremos el accidente de auto. Tomamos el accidente de auto enfrente de donde Carol Merrill está ahora.”
Ahora el gerente de Marshall Field’s reaparece. “Deshacerse de las sorpresas es deshacerse de la vida en la vida,” dice.
El teléfono suena. El Esposo deja la habitación.
“Pero yo no quiero estas sorpresas,” dice la Madre. “¡Tú toma esas sorpresas!”
“Conocer la narración por adelantado es convertirte en una máquina,” continúa el Gerente. “Lo que hace humano a los humanos es precisamente que no conocen su futuro. Por eso es que hacen las fatídicas y desconcertantes cosas que hacen: ¿quién puede decir cómo sucederá algo? En eso yace la única esperanza de redención, descubrimiento y –seamos francos- diversión, diversión, diversión! Podría haber cosas con las que la gente podría salir huyendo. Y no sólo toallas de hotel. Podría haber grandes amores ilícitos, alegría duradera –o fé- , trágicos accidentes con maquinaria de campo. Debes no saber a fin de ver las historias que te tus esfuerzos en la vida te traerán. El misterio es todo.”