30 de mayo de 2007

En astucias rico, pequeño post

Aprovecho que Roberta sigue estudiando para leer el canto XXII de la Ilíada, cuando Héctor muere a manos de Aquiles. Transcribo algunas versiones de la parte en que Aquiles persigue a Héctor. Algunos amigos me han dicho que no les gusta la versión de Bonifaz Nuño, pero hoy día es la versión que más me gusta leer de vez en cuando.

Así dice la versión en prosa de Segala y Estalella (Porrúa):

Por allí pasaron, el uno huyendo y el otro persiguiéndole: delante un valiente huía, pero otro más fuerte le perseguía con ligereza; porque la contienda no era sobre una víctima o una piel de buey, premios que suelen darse a los vencedores en la carrera, sino sobre la vida de Héctor, domador de caballos.

Y esta es la versión en verso de Emilio Crespo Güemes (Gredos):

Por allí pasaron corriendo, uno huyendo y otro acosando detrás.
Delante huía un valiente, pero uno mucho mejor lo perseguía
aprisa: no era la víctima de un sacrificio ni una bovina piel
por lo que competían, premios comunes en las carreras humanas,
sino que corrían por la vida de Héctor, domador de caballos.

Siendo un poco snob cito también la versión en prosa de Samuel Butler (Walter J. Black):

Past these did they fly, the one in front and the othe giving chase behind him: good was the man that fled, but better far was he that followed after, and swiftly indeed did they run, for the prize was no mere beast for sacrifice or bullock's hide, as it migth be for a common foot race, but they ran for the life of Héctor.

Y esta, finalmente, es la versión en verso de Bonifaz Nuño (UNAM):

Por allí corrieron, uno huyendo, el otro, atrás persiguiendo.
Delante, huía un bravo; otro grandemente mejor, lo seguía
velozmente; pues no a una víctima o cuero boyuno
aspiraban, que son los premios para los pies de los hombres,
pero corrían por el alma de Héctor domador de caballos.

29 de mayo de 2007

Pequeño Post

La primera vez que leí Famas y Cronopios, de Julio Cortázar, me pasé un buen rato pataleando, emocionado hasta las lágrimas y de verdad que no aguantaba las ganas de ir a la casa de mi mejor amigo y decirle:

-Tienes que leer esto.

Digo la primera vez pero no estoy seguro de haber acabado el libro ni de haberlo vuelto a leer; después, o antes, leí Rayuela, un gran libro que marcó a buena parte de mis compañeros estudiantes de letras. En Rayuela, el narrador muestra a los amigos del Club de la Serpiente como seres caóticos pero poéticos, gente que no se preocupa por las menundencias de la vida burguesa o por apretar el tibo del dentrífico desde abajo o por ser ordenados y cumplidos con la ley. Como adolescentes, presos de una innata propensión a esquematizarlo casi todo, uno terminaba identificándose con los personajes del Club de la Serpiente, con Oliveira, con La Maga, con Ronald, hasta con Rocamadour, y asistía a reuniones donde además de una copia de Rayuela había un tipo interpretando canciones de Silvio Rodríguez mientras la cerveza iba y venía de un vaso a otro. En mis reuniones Cerveza Sol, que de todas maneras nos emborrachaba. Fui a muchas de esas fiestas, bebí mucha cerveza, intenté cantar alguna canción de Silvio Rodríguez y en algún momento tomé la copia de Rayuela y dije, a voz en grito:

-¡Hey, hey, silencio! Escuchen: Toco tu boca...

Y si yo no lo hice seguramente alguien más lo hizo porque eso era lo que hacíamos en dichas reuniones, leíamos en voz alta y cantábamos canciones de Silvio Rodríguez y de otros más. Aunque, debo decir, mi mala memoria me impidió aprenderme una sola de sus canciones.

El problema es que esa propensión a esquematizar (que tanto nos servía para hablar mal de la otra gente) era un arma de dos filos. Cierto que podías identificarte con los personajes de Rayuela, sentir que ese mundo de bohemia, literatura y jazz era el mundo al que aspirabas; pero por otro lado te volvías también un esquema tú mismo.

¿Y por cuánto tiempo más ibas a leer la literatura como un espejo de tus más tiernas proyecciones? ¿Qué eras tú? ¿Un caótico y artístico cronopio? ¿Un esperanza? ¿Un fama? Podía suceder todo lo contrario y encontrase uno con la incómoda sensación de parecerse más a un mediano esperanza o a un estúpido fama o ser el tipo de persona que aprieta el tubo del dentrífico desde abajo. ¿Qué te negaba una identificación así? Era terrible. Al fin y al cabo hubo un momento en que te sentiste uno de los chicos cool, que leía libros y escuchaba música y asistía a reuniones donde la gente que fumaba mota y cantaba canciones de Silvio Rodríguez también leía libros y sentía un amor desmedido por el jazz. No eras como tus compañeros de la preparatoria, carentes de espíritu poético, abogados, contadores o políticos en ciernes. ¿Puede haber algo más antipoético que un estudiante que en vez de llevar Rayuela en la mochila, lleva el grueso tomo de Margadán? ¿Algo más antipoético que un funcionario de quinta?

Cuando en mi caso me di ligera cuenta de esta situación (es decir, cuando dejé de considerarme un ser poético y caótico –al que todos decían: qué loco-) comencé a comprender que la poesía puede estar incluso del otro lado de la cancha, entre la gente más antipoética del mundo. Hay un libro que siempre me recuerda esto: Foco, de Arthur Miller. Y bueno, esos personajes nos emocionan a través de Pushkin, de Gógol, de Dostoyevsky, esos pequeños funcionarios de quinta, tímidos y superfluos donde los maestros rusos vieron el otro tipo de poesía, la que no podemos ver porque nuestro ensimismamiento nos lo impide.

***

En una u otra cena, a veces me encuentro con gente que por equis circunstancia me recomienda libros como ¿Quién se ha llevado mi queso? o Tus zonas erróneas o cualquier otro libro de autoayuda. Y siempre que me lo recomiendan en serio que me dan ganas de leerlo, y creo que lo haría sino fuera por la fila de libros que no he leído y que también quiero leer.

Me dicen:

-Léelo, no te vas a arrepentir.

Pero del otro lado de la mesa están también quienes fruncen ligeramente el ceño ante la más leve mención de ¿Quién se ha llevado mi queso? o Tus zonas erróneas. Me dicen:

-Hey, no aprendí francés y leí À la recherche du temps perdu para que me vengas con esto.

¿Y qué hacer? Por un lado tengo a mi bien educado amigo que lee a Proust y pronuncia corréctamente el francés (de hecho, se la ha pasado toda la noche hablándome de Víctor Hugo y de Baudelaire), y por el otro tengo a mi buen amigo que mientras me pasa la sal y la pimienta me recomienda ¿Quién se ha llevado mi queso?

Esta situación es peligrosamente parecida a la de mis amigos que (usando una de esas locuciones pícaras de la vida airada) tienen a Anagrama como la última coca-cola del estadio. Ellos están sentados en frente, adueñándose de la ensalada y me dicen que debo leer el último libro de Auster, o el último de Amélie Nothomb, o me hablan de un nuevo escritor que debe leerse porque han publicado su libro en Panorama de Narrativas Hispánicas de la editorial de Herralde.

-Es un estilista –me dicen-. Comenzó escribiendo poesía pero la dejó. Ahora escribe narrativa, aunque la poesía está presente en cada una de sus páginas. Y es muy joven.

Quizá es un diálogo exagerado, pero es como si efectivamente me dijeran eso.

Por un prejuicio tiendo a pensar que mis amigos que compran libros de Anagrama y leen a Proust poseen más libertad estética que mi joven amigo que, a la derecha, me recomienda ¿Quién se ha llevado mi queso? Porque bueno, son ellos los que por una u otra razón aspiran leer buena literatura, a ver la vida con otros ojos, a diferencia de mi amigo de la derecha que se emociona con muy poco. Pienso que aquellos tienen razón, que probablemente leen mejores libros que mi amigo de la derecha, pero difícilmente puedo decir que estoy de acuerdo con ellos.

Las modas y las recomendaciones literarias pueden ser eventos totalmente impredecibles (¿quién sabe cómo se hace un best-seller?) pero eso no quiere decir que no haya gente allá arriba jalando algunos hilos, ofreciéndonos las pistas que nos quieren ofrecer para que elijamos nuestro ‘propio camino’. Porque los lectores, queridos lectores, se hacen a sí mismos pese a que en ocasiones nos moldeemos algo mal.

Pensemos en nuestro amigo que orgulloso nos muestra sus libreros con sus libros alfaguara (todos los premios ordenados por fecha), y sus libreros con libros anagrama y otro, más pequeño, con sus ediciones salamandra, destino, etc. El bueno de Herralde hace años que le ofreció a Carver y a Ford, por lo que hoy es fan de uno u otro. ¿Pero qué pasa con Tobias Wolff o Richard Coover? Bad. Herralde nos hace un gran favor –así como todas las otras editoriales-, pero también cierran nuestros horizontes y nuestras ganas de aventurarnos al segurarnos –por esa extraña sensación de status- que ellos nos van a ofrecer siempre y a cada momento lo que vale la pena leer, lo que se debe leer. Hoy día, por ejemplo, basta que publiquen a un autor joven en Anagrama para que su libro sea un must en perjuicio de cualquier mínimo sentido crítico, porque las alabanzas y las críticas (inconscientemente, imagino) cambian ligeramente su eje de rotación y creen ver algo más de lo que verdaderamente hay. A estos libros la crítica los ve como productos de un escritor bien hecho, maduro, en vez de tranquilizar al mundo y verlo como el libro de un escritor en proceso de maduración. Nadie ha reflexionado sobre la necesidad de muchos escritores jóvenes de comenzar con libros que emulen una voz de tono más establecido, en vez de confiar en sí mismo y asumir las faltas como parte de su propio proceso de maduración. Y en mi humilde opinión -los reseñistas profesionales dirán que estoy loco- es esto lo que vuelve a los nuevos narradores de anagrama aburridos como una ostra.

-Debes leerlo.
-¿Perdón?
-Debes leer ese libro. Fue finalista y ...
-Bla bla bla.

Así que me pregunto: ¿Cómo actúa un lector libre? ¿Qué hace? ¿Tienes que leer a Paul Auster porque dos tipos te dicen que lo haga? ¿Porque te dicen que su hija. Sophie, es guapa? ¿O tienes que leer a Proust porque otro tipo te dice que lo hagas? ¿Y debes leer al último narrador sólo porque todos lo hacen? ¿O leer Quién se ha llevado mi queso? ¿Por qué no? ¿Por qué no leer Quién se ha llevado mi queso? Nadie sabe lo que uno podría encontrar en ese libro, lo que uno podría reflexionar acerca de ese libro.
Porque déjenme decir, conozco amigos que han leído a Proust, a Auster, y a todo aquel que ha ganado un premio, y aún así siguen viviendo con sus madres, y es posible (no lo aseguro) que una u otra vez hayan tenido sexo con sus madres. Grrrr.

25 de mayo de 2007

Pequeño post

Bueno, por fin hoy me encuentro más o menos relajado. Junto a la laptop tenía 55 páginas de un artículo sobre psicoanálisis que debía releer para, en lo posible, corregir las muchísimas faltas. Aprendí algo muy importante: no traduzcas algo de lo que no sabes un carajo. La descripción del caso era muy interesante, muy narrativa, pero de pronto me encontraba con parrafadas enormes, sin una sola coma, en las que el psicoanalista comprimía todo lo que nos había dicho en diez páginas. Y luego, cuando me encontraba con términos como side-cathexes, me decía, oh my god. Afortunadamente uno tiene el internet. Y de un trabajo anterior (en el que escribía artículos de psicoanálisis basándome en entrevistas o notas -porque los psicoanalistas son gente muy ocupada- para un boletín que también hacía, mano a mano con una guapa diseñadora), me quedaron algunos conocidos que me dijeron cómo traducir algunas cosas. Lo que más aprendes es que eres un perfecto idiota que no tiene puta idea de casi nada. Y no es que me sienta mal siendo un idiota. Al principio de las reuniones de los viernes recuerdo que asistían jóvenes ambiciosos que ocupaban las sillas del fondo. Los veía y eran de verdad las únicas personas que atraían mi mirada. Yo era uno de ellos pero ellos no lo sabían. Cuando me quedaba desamparado y preguntaba una idiotez (algo que comúnmente hago) veía claramente cómo esos chicos cuchicheaban entre sí seguramente diciendo lo estúpido que era el tipo haciendo preguntas. Cuando yo hablaba se veían a los ojos como diciendo: "Dios, aqui vamos de nuevo con otra estupidez." Acepto que al principio me afectaba, porque no me gustaba que pensaran que yo era estúpido. Y cuando en el grupo iba una chica linda, a la que me habría gustado hablarle, era peor. Podía soportar las miradas desafiantes de los tipos que me despreciaban, pero esos mismos tipos no habrían visto con buenos ojos que le hablara a su guapa amiga. Habrían dicho: "Hey, no le hables, es un estúpido." Y huían de mí como de la peste, aunque yo quería ser su amigo. Y bueno, yo he estado del otro lado y he tenido la oportunidad de pensar que el tipo que hace las preguntas es el tipo más estúpido del mundo. Y me he dicho: "¿Cómo puede existir gente tan idiota?" Pero así es la vida, jóvenes lectores. Por cierto, hoy, a las 6:30 de la tarde, en el auditorio de la Casa de las Humanidades (cupo limitado) (Av. Presidente Carranza 162, Coyoacán) estará Margo Glantz hablando de sus últimas novelas.

22 de mayo de 2007

Edmund



Para mí, el nombre de Edmund Wilson era casi intimidante. Y no sé por qué. Tras varios años de educación deficiente, entrar al mundo de la literatura y encontrarme en cada puesto de libros el que Wilson escribió sobre los Rollos del Mar Muerto (FCE-Breviarios) era todo lo que necesitaba para pensar que el tal Edmund Wilson era uno de esos eruditos académicos que sin salir de casa escriben libros sobre todo o casi todo mientras progresivamente se vuelven huraños con la gente y se dejan engordar no sólo por su inmovilidad sino por la cantidad ingente de libros que devoran.
Pero Edmund Wilson no fue exactamente así, aunque sí fue un lector dotado y, a su manera, un erudito. En la biografía de Bellow, James Atlas describe las animadas fiestas en el Village a las que acudía un activo y radical Wilson. Atrás habían quedado los años veinte, los años en que comenzó a colaborar en Vanity Fair y en los que conoció y aconsejó a escritores como Hemingway o Scott Fitzgerald, a quien conoció en Princeton. En las fiestas de los cuarentas en el nuevo Village Wilson conocía a los nuevos críticos y escritores que comenzaron a reunirse alrededor de las revistas Partisan Review y The New Republic. Wilson encontraba estimulantes aquellas fiestas en el departamento de Isaac Rosenfeld. "Así era el Village en los veinte", solía decir. Pero a decir de Louis Menand, cuyo artículo sobre Edmund Wilson acaba de aparecer en el último New Yorker, Wilson veía a los críticos de Partisan Review demasiado académicos. Porque Edmund Wilson, dice Menand, nunca se interesó en la crítica como tal, a menos que estuviera bien escrita y que entonces pudiera leerse como literatura. Y nunca le interesó comportarse como un crítico. Sus gustos variaban. En Princeton, dice Menand, obtuvo una educación de primera en literatura francesa, inglesa e italiana. Por su cuenta acometió el aprendizaje del alemán, del hebreo y del ruso. Nabokov se quejaba de las constantes correcciones que debía hacer al ruso de Wilson."A patient confidant of his long and hopeless infatuation with the Russian language, I have always done my best to explain to him his mistakes of pronunciation, grammar, and interpretation." Pero, nos cuenta Menand, al cabo de un tiempo la relación entre ambos se fue deteriorando, primero con la publicación de Lolita, y después por la crítica en la que Wilson se atrevía a dudar del ruso de Nabokov en una reseña de la nueva traducción del Oneguin de Pushkin. Pueden leer la reseña de Wilson en el NYRB, justo aquí, y después pueden leer las respuestas al asunto, aquí y aquí. Así comienza la carta de Nabokov:

To the Editors:

As Mr. Wilson so justly proclaims in the beginning of "The Strange Case of Pushkin and Nabokov," we are indeed old friends. I fully share "the warm affection sometimes chilled by exasperation" that he says he feels for me. In the 1940s, during my first decade in America, he was most kind to me in various matters, not necessarily pertaining to his profession. I have always been grateful to him for the tact he showed in refraining from reviewing any of my novels. We have had many exhilarating talks, have exchanged many frank letters. A patient confidant of his long and hopeless infatuation with the Russian language, I have always done my best to explain to him his mistakes of pronunciation, grammar, and interpretation. As late as 1957, at one of our last meetings, we both realized with amused dismay that despite my frequent comments on Russian prosody, he still could not scan Russian verse. Upon being challenged to read Eugene Onegin aloud, he started to do this with great gusto, garbling every second word and turning Pushkin's iambic line into a kind of spastic anapaest with a lot of jaw-twisting haws and rather endearing little barks that utterly jumbled the rhythm and soon had us both in stitches.

Y Wilson respondió:

To the Editors:

May I add a few remarks to the controversy over my Pushkin-Nabokov article? The non-Russian student of Russian, if he consults several Russians about some problems, is likely to find that they all give him different explanations. This, I think, is partly due to discrepencies between the usages and pronunciations of different localities, partly due to the different language of different milieux—a lot of "U" and "non U" discrimination goes on in the Russian-speaking world—and partly due to the differences between the style of old Russia and that of the Soviet Union. The ninety-year-old Kornei Chukovsky, in his recent book, Zhivoy kak Zhizn, has a whole list of new usages which he warns the reader to avoid. I find that Mr. Leon Dennen, in his letter to The New York Review, after implying that his mastery of Russian surpasses not only mine but even Mr. Nabokov's, asserts that the Bessarabian city is prounced Kishinev not Kishinyov, though I have never known any Russian or anyone who has been in Russia to give it anything but the latter pronunciation. He seems equally to disapprove of Khrushchyov—though, as I indicated in my article, this is actually the official pronunciation. Neither he nor another correspondent, a teacher of Russian, seems ever to have heard the current netu in the sense of "Il n'y en a pas" or "Il n'y en a plus." What is the explanation of this?


Para nosotros es interesante el caso que menciona Menand. Rápidamente Edmund Wilson se aburrió de los hispanófilos. Aparte de la pintura española no había nada más que le gustara y nunca quiso aprender el español y ponerse a leer el Don Quijote. Algo muy parecido a las conferencias que dicto Nabokov denigrando al Quijote.
Pero Wilson, asegura Menand, era así en todos los campos. Su interés era inmediato y cuando leía a un autor lo hacía por completo, las novelas, los cuentos, las piezas raras, la correspondencia, los diarios.
Le gustaba decir que era un hombre del siglo diecinueve; nunca un crítico y nunca de los nuncas un académico espacializado en un sólo nicho. Creía en el poder de la cultura, y como los críticos de la Partisan Review, se veía como un obrero más en la construcción de una gran Cultura Americana. Como hombre del siglo XIX le interesaba pero no veía con buenos ojos, el modernismo. Como más tarde Bellow diría, pronto Proust, Joyce, Eliot se volvieron las darlings de la crítica. Menand dice que pese a la admiración que Wilson sentía por autores como Proust y Joyce, opinaba que la senda que llevaban (la demasiada introspección, el arte por el arte) estaba equivocada, por lo que sus esfuerzos apuntaban a la creación de una literatura americana más atraída por lo social. "Wilson was not shaped by European modernism; he enlisted European modernism in a mission already mounted-the mission to deprovincialize American Culture." Y la persona que iba a realizar la gran proeza era su compañero de campus, Francis Scott Fitzgerald, cuya prematura muerte anunció lo que la crítica marxista anunciaba que sucedería con el arte bajo el capitalismo burgués. Así que desde finales de los cuarenta Wilson comenzó a desentenderse de la literatura contemporánea americana (excepto, dice Menand, por su interés en J. D. Salinger), y su amor por la cultura se inclinó hacia los artículos que escribió en sus posteriores viajes a Irak, Israel, o sus viajes hacia la literatura de los padres fundadores, o la literatura rusa o la literatura de Canadá.
En el aspecto marital, Edmund Wilson era un poco como Saul Bellow. A ambos les fascinaban las mujeres, y tuvieron varios hijos con varias de sus esposas. Saul Bellow tuvo a Rosie cuando tenía ochenta años de edad. Wilson no sabía manejar un auto pero era un ardiente amante. A su muerte dejó miles de páginas de biografía, algo que Bellow nunca hizo, ni siquiera un poco. Cada uno de los siste volúmenes llevan por títulos "The Twenties" "The Fifties" etc, y algunos llegan a las seiscientas o novecientas páginas.
Y bueno, todo esto para anunciar que Library of America editará en octubre dos volúmenes de Edmund Wilson: Literary Essays Reviews of the 1920s and 1930s ("The Shores of Light" and "Axel’s Castle") y Literary Essays and Reviews of the 1930s and 1940s ("The Triple Thinkers," "The Wound and the Bow," "Classics and Commercials").


19 de mayo de 2007

Wood sobre The Road, de Cormac McCarthy



En The New Republic aparece una reseña de James Wood sobre la última novela de McCarthy:

In some ways, and despite Cormac McCarthy's reputation as an ornate stylist, The Road represents both the logical terminus, and a kind of ultimate triumph, of the American minimalism that became well-known in the 1980s under the banner of "dirty realism." This was a prose of short declarative sentences, in which verbs docked quickly at their objects, adjectives and adverbs were turned away, parentheses and sub-clauses were shunned. An anti-sentimentality, learned mainly from Hemingway, was so pronounced as to constitute a kind of male sentimentality of reticence. Basic, often domestic activities were honored in sentences of almost painfully repetitive simplicity. A generic parody might sound like this: "He took the glass from the cupboard and set it on the table. He poured the bourbon into it, but did not drink it. Instead, he went to the door and listened. Nothing except far away a squeal of tires, over on Route 9 probably. He walked back heavily to the table. Through the wall he could hear the couple arguing again."

This style, which quickly reaches the limits of its expressivity, produced one indisputably significant writer, Raymond Carver, and a thousand thin cousins. Two years ago, it was born again in Cormac McCarthy's cynical, very bloody, very stripped-down thriller No Country for Old Men, which abounded in lucid, hard little paragraphs devoted to male activity -- a man painstakingly dressing a wound or slowly cleaning his gun or chasing another man down a street. That book was slick and merely cinematic, but in The Road the same kind of minimalism comes alive. Dirty realism was sometimes unwittingly excruciating because one felt that the chosen fictional worlds -- even impoverished ones, all those motels and trailers -- deserved richer prose. But in The Road this dumbly questing, glacially heuristic approach matches its subject, a world in which nothing is left standing.

Una antología personal


Leonard Michaels

No sé si algunos de ustedes se ha dado cuenta, pero en los vínculos de arriba hay una pestaña que dice Traducciones. Ahí están algunos de los cuentos que he traducido por ocio y por algo parecido al amor, queridos lectores. Los cuentos son:

Viva la Tropicana, de Leonard Michaels.

You're Ugly, Too, de Lorrie Moore.
What You Pawn I Will Redeem, de Sherman Alexie.
Big Bertha's Stories, de Bobbie Ann Mason.
Janus, de Ann Beattie.

Tengo varios en espera. Entre ellos algunos que debo encontrar en respaldos del año pasado. Recuerdo que llevaba ya como veinte páginas de otro cuento de Michaels.
Espero subir pronto:
Second Honeymoon, de Leonard Michaels.
People Like That is The Only People Here, de Lorrie Moore.
The Bone Game, de Charles D'ambrosio.

12 de mayo de 2007

Pequeño, depresivo post

No, no es un post para decir que estoy deprimido. Pero acabo de leer un cuento de Tolstoi llamado Polikushka que me dejó mal. 'Polikushka' es un cuento de unas 50 páginas* que Tolstoi escribió entre los años de escritura de Guerra y Paz y Ana Karenina. El cuento gira alrededor del reclutamiento en la aldea de Prokovskoie que debe enviar tres soldados a la oficina de inscripción. La Barenia no sabe a quién mandar, pues por un lado no quiere afectar a los Dutlov, a quien el consejo quiere arrebatar a uno de sus hijos, ni tampoco quiere mandar al siervo Polikushka, a quien ha logrado reformar de su famosa leptomanía. Al principio uno ve con recelo el que los demás siervos se unan contra los Dutlov. El padre, como todo padre, no quiere mandar a ninguno de sus dos hijos ni a su sobrino, que quedó a su cargo cuando su hermano fue reclutado para el ejército. Aunque se le considera un mujik rico se necesitan 400 rublos para pagar un sustituto. Pero al cabo el consejo de mujiks decide contra él y echándolo a la suerte es el sobrino el que sale elegido para el reclutamiento. Dolor para los Dutlov. Mientras tanto Polikushka ha sido honrado por la barenia cuando ésta le pide que vaya a cobrar 1500 rublos, ¡a él!, a quien todos desprecian y consideran un borracho y un ladrón, a él la señora le ha hecho ese encargo para el que Polikushka se prepara desde muy temprano tomando toda la ropa que hay en su miserable casa dejando sin pelliza y sin gorro a sus pequeñas hijas. Akulina le cose el gorro lo mejor que puede. Preparan el caballo. Polikushka dice a su mujer, con indiferencia, que va a cobrar 1500 rublos. Sale temprano con la ventisca golpéandole las manos desnudas que sujetan las riendas. Cuando encuentra una taberna no siente ninguna clase de tentación. Llega al sitio exacto, cobra el dinero, lo guarda en el gorro, va a la posada y toma un poco de kvas. Ahí encuentra a Dutlov, que acompaña su sobrino a la oficina de reclutamiento. El sobrino maldice del tío. Polikushka hace el camino de regreso sin darse cuenta que al manipular tanto el gorro para revisar si el dinero sigue en su lugar, éste se estropea dejando al descubierto un agujero por donde el sobre se desliza. Al llegar a la aldea descubre horrorizado que el sobre no está. Durante todo el día la barenia y Akulina preguntan por Polikushka. Cuando este entra a la isba de inmediato lo mandan llamar. El narrador centra su atención en las dos cosas en que se fija la mirada del mujik: el niño pequeño y la cuerda que ata la cuna. Desata la cuerda y se dirige al desván, donde se cuelga de la viga. Es la mujer del carpintero la que se da cuenta de la muerte de Polikushka. La gente acude en tropel. Akulina rompe a llorar, intenta subir al desván pero se lo impiden. Cuando todo es confusión, se escucha el grito de su hija pequeña:
"¡Mamá, el niño se ha caído dentro del agua!" Y cuando Akulina contempla el cuerpecito boca abajo en el agua comienza a reír, una risa espantosa. La barenia acude a la isba. Intenta consolar a Akulina pero es imposible; tampoco ella puede soportar la visión del cuerpecito del niño. Al otro día Dutlov desea ver a la señora. Cuando regresaba de dejar a su sobrino se ha encontrado el sobre con el dinero. La barenia no quiere saber nada de ese dinero. ¡1500 rublos! Le pide al mujik que se los quede. Dutlov se entera de la tragedia de Polikushka, pero no parece inmutarse. Al siguiente día tramita el rescate de su sobrino. Sobrino y tío se reconcilian. La familia es feliz, recorre los caminos en el carro, feliz, todos agradecidos de su suerte, del dinero que fue la desgracia de Polikushka.

Durante un buen rato me quedé sin hacer nada, pensando en Polikushka, en cómo su entusiasmo de realizar el encargo de la señora se vuelve horror al no encontrar el sobre; y cómo, al precipitar su muerte provoca la de su bebito, el hijo de Akulina.

*Hoy en día existe un debate al respecto. Los escritores jóvenes consideran que un cuento debe tener entre una y cinco cuartillas a doce puntos, letra arial. Más allá de las 20 cuartillas es ya una novela corta.

10 de mayo de 2007

El chico progresista y políticamente correcto

¿Alguno de ustedes se han encontrado en la situación políticamente incorrecta de parecer el defensor de las peores causas posibles? Sucede cuando en la silla de al lado se ha sentado un chico de opiniones progresistas y generalizantes, políticamente correcto, cool a más no poder, que dice cosas como "Soy antimericano," o "Respeto tu opinión pero estás equivocado y te voy a decir por qué", y cosas por el estilo; tienen tal seguridad en sí mismos que son capaces de desarmarte, de hacerte polvo, aniquilarte.
Estamos cenando: pasta, vino, ensalada. Platicamos de esto y de lo otro, del costo de la vida, del tráfico, de lo imposible que es esta ciudad. Mi chico políticamente correcto me dice que sus autores favoritos son Milán Kundera y Gabriel García Márquez. Yo digo qué bien. Luego me habla de una serie de autores que desconozco, de una novela sobre un azteca que descubre Europa antes que los europeos descubran América. Se muestra sorprendido de que yo sepa tan poco de literatura latinoamericana; le digo que en los últimos tiempos he leído más bien mucha literatura norteamericana... y es eso lo que derrama la gota del vaso. Deja de mirarme; clava la mirada en la mesa; ya no me ofrece vino como antes; ya no se muestra interesado en mí; lo he defraudado; según él, profeso "amor a los yanquis" y eso no se le puede perdonar ni al peor enemigo. En un intento de aclarar mi punto de vista las cosas se complican y al cabo de un rato parezco un incondicional de las bombas gringas. ¿Pero estábamos hablando de las bombas? Me dice que los Estados Unidos tratan como animales a los inmigrantes. Yo le digo que México trata peor a los centroamericanos. Él vuelve a clavar la mirada en el mantel y me dice que respeta mi opinión pero que los Estados Unidos apestan. Para él soy el más radical defensor de Bush y de sus bombas. No sé cómo sucedió, Yo sólo dije que últimamente leía muchas novelas de autores norteamericanos. Pero como mi chico fotógrafo de modas es un tipo cool y progresista, no puedo hacer nada; soy un tarado; merezco morir. Mi chico se asusta, ya no quiere ser mi amigo, ya no me mira a los ojos, se aleja de mí; lo he defraudado. Cuando nos retiramos me quedo con la sensación de haber hecho un mal papel; nunca debí haber dicho que me gustaba el jazz; soy una mala persona, leo novelas gringas imperialistas, quiero morir...

8 de mayo de 2007

Bolaño again

En otro post comenté la generosa recepción que se estaba dando a la obra de Bolaño en Estados Unidos, especialmente de la recepción de Los detectives salvajes. En el número de abril de Harper's Magazine se publicó otra reseña. Y en el último número de The New Republic se acaba de publicar una reseña que intenta un panorama más amplio. Muchas de las cosas que dice las conocemos de sobra. Pero es interesante ver cómo se está llevando a cabo esta recepción de Bolaño en un mundo que usualmente suele escatimar estos elogios, o eso pienso yo. Para fines de discusión puedo pasarles copias de ambas reseñas. Sólo escriban al correo mauriciosalvador@gmail.com con el subject: "Eres un puto cerdo," y las tendrán, ambas, en sus buzones. Sean felices.

6 de mayo de 2007

Pequeño post

Domingo, 11:22 de la noche. Ayer vimos The namesake, la película basada en la novela homónima de Jhumpa Lahiri, de quien hemos presentado algunos cuentos en HermanoCerdo: no big deal. De hecho, comencé a molestar a la gente que estaba a mi alrededor por los bufidos de impaciencia y mis constantes vistazos al reloj, diciendo: "¿A qué hora va a terminar esto? ¿A qué hora?" Y es que no sé ustedes pero nunca me ha gustado ver en el cine las novelas intimistas porque los chistes que parecen tan buenos en el papel, en la soledad de tu habitación, parecen idiotas y vulgares cuando los ves con otras cincuentas personas. No sé, debe ser un problema mío. Quizá me la habría pasado mejor con media hora menos de película. Hoy, en cambio, fuimos a ver El violín. Cuando llegamos la sala estaba llena y tuvimos que pedirle a una mujer embarazada que se recorriera un lugar a fin de estar juntos y apretarnos las manos en las escenas de muertos y balas. Y aunque no los vi, les aseguro que hubo muchos muertos y muchas balas. La película apenas tiene un argumento: Don Plutarco y su hijo son dos músicos rurales que recorren las calles tocando música para juntar unos pesos. Sin embargo, también son miembros de un movimiento guerrillero campesino y la película comienza con el ataque sorpresa de los soldados contra uno de los pueblos donde se ha localizado actividad rebelde. De ahí en adelante, el motivo de la película es la necesidad de rescatar las municiones que han quedado aisladas por la presencia de los soldados. Don Plutarco, con su volín en mano, hace lo suyo para rescatar las municiones. Como siempre pasa en estas situaciones, lo intenta pero el intento no es suficiente para combatir las armas del estado. Los soldados ganan. Termina la música. Fin. Pese a la carencia de recursos, uno tiene que admitir que su capacidad de sugerencia es muy grande, y quizá no tan grande si pensamos que todo lo que nos sugiere ha estado estado intensamente con nosotros en los últimos años, para no ir más lejos en uno de los titulares de hoy. Al ver las tomas de los montes, de la niebla bajando de lo alto y de la leña cortada para cocinar la comida, no pude evitar pensar en las constantes visitas que hacíamos a Oaxaca. Acodado en el pequeñito balcón de la casa de mi tía solía sentarme a mirar con unos binoculares muy modernos el pueblo que estaba justo enfrente, en el otro monte. A veces acompañaba a mis primos a cortar leña. Les gustaban mis tenis. Una vez reuní a un grupo de niños a mi alrededor y comencé a inflar la lengüeta de mis Reebok; todos creíamos que con eso uno podía saltar más. En una ocasión un campesino del pueblo me preguntó si creía que había trabajo en la ciudad. Yo tenía como quince años, llevaba pesos en los tobillos y por las mañanas corría de un pueblo a otro para entrenarme.
No supe qué contestarle; aunque había trabajado en esto y aquello nunca me había enfrentado al trabajo verdadero. Dormía en el cuarto que mi tía usaba como almacén: un molinito de maíz, costales de café, cuerdas, machetes, petates; colocaba un petate, luego un par de colchas, y me tumbaba a dormir; los mosquitos me comían las piernas y por las mañanas me despertaba con el cacareo de las gallinas y el canto de los pájaros. Al salir la gente estaba en movimiento. Desayunábamos huevo, frijoles, queso, café de olla, todo exquisito. Una vez quise escribir un cuento para recrear esa atmósfera. El cuento se llamaba Entierro y era sobre una familia que va a enterrar a una familiar lejano en un pueblo de la Sierra de Oaxaca. Pretendía ser un cuento cómico pero al final fue otro fracaso. Ahora me reservo aquello para otra historia en la que estoy trabajando. En fin, cosas así. Ahora Robi acaba de venir a mirar sobre mi hombro lo que estoy escribiendo. Quiere ver un capítulo de los Soprano pero yo francamente quiero seguir leyendo la biografía de James Atlas sobre Bellow. Estoy en los años de juventud, cuando Bellow es un guapo muchacho de quince años que ya se junta con otros chicos listos, Isaac Rosenfeld, por ejemplo, el camarada que iluminó y sombreó muchos años de Bellow. Creo que ya he comentado que es en Isaac Rosenfeld en quen Bellow se basó para escribir "Zetland: By a Character Witness". Según Atlas fue una novela en la que Bellow trabajó años y años. Me doy cuenta que lo que leo últimamente son muchas biografías literarias (de hecho, mucho más amplias que una simple biografía), la de Frank sobre Dostoievsky (sigo en la parte de Siberia), la de Atlas sobre Bellow, y la de Susan Cheever sobre su papá cuyas primeras páginas comencé a leer después de una fotografía que viene en el libro de Atlas. Es en ocasión de la entrega de un premio para Bellow. Cheever, de lentes y papada, lee de pie un texto mientras en un extremo de la mesa Bellow ríe con la cabeza echada hacia atrás.

1 de mayo de 2007

Pequeño post

Después de varios días de actividad social (obligada, por otra parte) por fin hoy logramos tener un poco de tiempo libre y fuimos a ver Madeinusa. Un par de horas de la noche las he dedicado a traducir un artículo sobre psicoanálisis, un trabajo que me encargaron. Cuando me cansé, a eso de las doce, me dirigí a mi nuevo librerito (lo compré como una manera de reforzar mi ánimo y ahora está junto a mi cama) y lo llené con los libros que pienso leer las próximas semanas: un par de novelas de Bellow, que he empezado anteriormente sin ir más allá de las primeras páginas, una novela de Rubem Fonseca que compré por 20 pesos y que será la primera que lea de él, Memorias de la casa muerta de Dostoevsky (que ya empecé). Voy a la mitad del segundo tomo de la biografía de Joseph Frank y el sábado, milagrosamente, encontré el tercer tomo a muy buen precio. También he colocado ahí los libros que debería leer por simple dignidad, casi todos de historia, y principalmente historia de México; me dijeron que leyera La formación de los latifundios en México, de Francois Chevalier. También está Realist Vision, leído a medias, y un librito sobre la novela realista en México, cosas así. Con esto parece que quiero dar a entender que soy un buen lector, cuando la verdad es lo opuesto.
Ahora que es tarde miro los dos artículos que tengo en mis manos y que quería leer, el primero es de Tom Wolfe y se llama "Stalking the Billion-Footed Beast. A Literary Manifesto for the New Social Novel," y el segundo es de William Gass y lleva por nombre "The art of self. Autobiography In Age Of Narcissism." En cuanto los lea espero comentarlos por aquí. Por cierto, hay otra cosa que hice este fin de semana y que me hizo sentir feliz: con lo poco de tinta que le quedaba a la impresora imprimí una foto de Chéjov que metí luego en un marco y coloqué en la última repisa de mi librerito nuevo. Me sentí como el niño de Los cuatroscientos golpes cuando le prende una vela a Balzac. Sé que parece excesivo pero lo mismo da si hubiera imprimido una foto de RBD, ¿a quién le importa a final de cuentas? A mí.
En fin, creo que es hora de irse a la cama. Ya pasan de la una y mañana temprano vamos a Cuernavaca a pasar el día con los familiares de Robertina. Hoy, toda la tarde, estuvieron arreglando el techo y los golpes con el martillo me dejaron un terrible dolor de cabeza que no se me quitó ni mientras veía Madeinusa. Ahora escribo con los ojos medio cerrados y apenas veo el teclado, corrijo cada tanto y no me he fijado mucho en la puntuacion y esas cosas.
Sean felices.