22 de junio de 2007

Invisible Man




I was looking for myself and asking everyone except myself questions wich I, and only I, could answer. It took me a long time and much painful boomeranging of my expectations to achieve a realization everyone else appears to have been born with: That Im nobody but myself. But first I had to discover that I am an invisible man!


Estoy leyendo la reseña sobre la reciente biografía de Ralph Ellison. La primera vez que leí a Ellison fue hace como año y medio, cuando leí "Battle Royal" en una antología de cuentos preparada por Joyce Carol Oates. Luego, hace como un año, leí Invisible Man, ('uno de mis libros favoritos', como dicen ciertos lectores de Paul Auster). Invisible Man se publicó en 1953, el mismo año que The Old Man and the Sea y East of Eden. Saul Bellow, Alfred Kazin e Irving Howe ('el crítico socialista que amaba a Keats') fueron los jurados que le otorgaron a Invisible Man el National Book Award. El fallo del premio no era sólo un golpe a los viejos maestros (que, como en el caso de Hemingway, venían dando muestras de total decadencia), sino la reafirmación de una literatura que se alejaba del típico ámbito del hombre blanco americano hacia una tradición étnica diferente, primero la misma a la que pertenecían los jurados, la judía, y después la literatura negra, como la Richard Wright en los treinta y Ellison y Baldwin en los cincuentas. En 1953 se publicó también Go Tell It to the Mountain, de Baldwin.
Antes de dedicarse a la literatura Ellison mostró aptitudes para la música, principalmente para la trompeta y el piano. Después se enfiló hacia el YMCA de Harlem donde conoció a Langston Hughes. Después, en el Greenwich Village, Richard Wright fue el primero que lo puso en contacto con otros intelectuales y el primero que lo animó a escribir ficción. Como Bellow (Danglin Man) uno de los libros que le ofreció piso seguro fue Memorias del subsuelo, de Dostoiesvky, un libro que ofrecía posibilidades morales más amplias que aquellas que le ofrecía la literatura norteamericana, muy alejada de la complejidad cultural y racial de los Estados Unidos. No se narraba la experiencia negra. "Huck without Jim". En la introducción a la novela (Vintage) Ellison describe cómo fueron los años en que escribió Invisible Man. En el departamento de St Nicholas Avenue, en Nueva York, Ellison trabajaba en un respetable horario de businessman, pues su esposa, Fanny, salía cada mañana a trabajar para mantener a la familia, lo que habla de la fe que su esposa tenía del talento de su marido. Los vecinos, dice Ellison, miraban con desconfianza sus paseos por la calle a horas nada habituales, sacando a pasear al terrier a las horas más extrañas. En una ocasión Ellison escuchó que algún vecino lo creía un 'sweetback'. "Porque mientras su mujer es una especie de esclava, yo sólo lo veo sacar a pasear al maldito perro." No obstante, Ellison solía ganar algo de dinero para sí mismo escribiendo una que otra reseña o haciendo uno que otro trabajito fotográfico.
Paradójicamente, el autor de Invisible Man alcanzó una notoriedad pocas veces experimentada por primeros novelistas; la novela lo llevó a ser considerado como uno de los portavoces de su raza. La fama, sin embargo, aumentó a un grado increíble las expectativas de su segunda novela. Durante la década de los sesenta Ellison trabajó y colaboró en diversos comités y asociaciones con gran poder en el mundo del arte. Apoyó a otro sureño, Lyndon Johnson, y apoyó al protegido de Johnson, Hubert Humprey, en vez de a Robert Kennedy. Por eso, en vez de seguir siendo el portavoz de su raza, fue criticado por diferentes movimiento negros. Se opuso al bebop, respondió con silencio ante el asesinato de Martin Luther King y mostró hostilidad hacia los nuevos escritores negros. Comenzaron a llamarlo Uncle Tom.
Sólo por Invisible Man Ellison ocupa un lugar destacado en la literatura norteamericana. Su interminable segunda novela, Juneteenth, (publicada póstumamente) sufrió del mismo defecto que, digamos, la gran novela americana que Capote nunca llegó a terminar. La fama, la notoriedad, menguaron sus fuerzas; no contuvo su talento ni lo expandió como un Faulkner o un Bellow.
Creo que fue en Argentina donde se hizo en los setentas una traducción de El hombre invisible. Desde entonces creo que no se ha vuelto a publicar otra traducción en español. No sé por qué. Como es costumbre, yo tengo dos culpables, Anagrama y los lectores de Paul Auster.

16 de junio de 2007

Pequeño post

Estos días he escuchado mucho a los Héroes del silencio, no porque me fascinen sino porque intento revivir de algún modo el estado mental en que me encontraba aquellos días de prepa en que de pronto comencé a escribir poesía. No voy a decir la razones por las que hago esto, pero lo hago. Mis poemas estaban llenos de palabras como senda, penumbra, destino, ausencia, corazón, etc etc. Me iba a la cama con un libro de Salvador Díaz Mirón y en sueños seguía repitiendo las rimas hasta que de pronto abría los ojos y me quedaba pensando que un poema perfecto acababa de ser desterrado al mundo de los sueños, de donde nunca más iba a volver. O sea, era un muchacho idiota. Escribía sonetos a la manera del Pellicer de Práctica de Vuelo, poniendo 'Señor', y 'Dios' cada tres versos. Durante unos dos meses fui una especie de fundamentalista, basándolo todo en Dios. Luego experimente con poemas de tono más moderno e imitaba los poemas en prosa de Homero Aridjis -Perfésone y Mirándola dormir-, los de José Carlos Becerra -Batman, El halcón maltés-, y los de David Huerta -Cuaderno de noviembre e Incurable, que leí completo. Me aprendí poemas de memoria, Othón, Díaz Mirón, Acuña, Velarde, González Martínez, Villaurrutia. Mi novia de prepa -bueno, yo creía que era mi novia- me regaló la edición telmex de los poemas de Jaime Sabines. Una tarde fui a la UNAM a escuchar una lectura de Jaime Sabines y me quedé afuera, sentado en las escaleras de la Sala Nezahualcóyotl junto a otros cien aspirantes a poetas, como yo. La voz del maestro llegaba a nosotros a través de dos enormes bocinas, pero en realidad no había ninguna barrera entre su voz de poesía verdadera y nuestros jóvenes corazones. Algunas chicas -también aspirantes a poetas- cerraban los ojos para captar hasta el más mínimo timbre de la bien educada voz del maestro. Cuando comprendí que nadie me iba a juzgar por ello cerré los ojos yo también y me dejé llevar por las palabras. Juntos aplaudimos, y nos dispersamos solitarios por las avenidas inmensas de la Universidad. En casa escuchaba a los Héroes del silencio gracias a un pequeño estéreo y un par de casettes de éxitos de los Héroes. Era lo mejor porque al escribir poesía intercalaba las palabras típicas del grupo junto a otras palabras menos típicas producto de mis lecturas de poetas decimonónicos: lontananza, bruno, celaje, lobreguez, médanos (nunca supe lo que era un médano), etc etc. Luego entré a la Facultad y todo se fue al carajo. También, para revivir aún más el estado mental en que me encontraba, llevo unas semanas haciendo abdominales (10 o 15, dependiendo de mi grado de voluntad), y escribiendo en una libreta scribe cuya portada simula la parte trasera de unos jeans. Ya no me parecen tan estúpidos aquellos días.

13 de junio de 2007

Leonard Michaels

Hace no mucho descubrí a un autor llamado Leonard Michaels. Lo que uno podía saber de él se reducía a esta entrada de la wikipedia. Leí un ensayito titulado "My Yiddish", y luego pedí por internet dos de sus libros, A Girl with a Monkey y The Men´s Club. Más tarde traduje uno de sus cuentos, "Viva la Tropicana", y he seguido leyendo sus cuentos y esperando que me arriben Sylvia y Time Out of Mind. Ahora, acaba de aparecer The Collected Stories, una recopilación de todos sus cuentos editados por FSG. Como no tengo nada que agregar a las reseñas que han aparecido, lo mejor será dejarles un fragmento de un largo y cálido recuerdo que de Leonard Michaels hace David Besmosgiz, el autor de Natasha and Other Stories:

ON LITERARY LOVE
In an essay he published in The New York Times in 1981, the writer Leonard Michaels cited the works of three writers who influenced him—Saul Bellow, Wallace Stevens, and Chekhov. He then wrote: "Finally, the writer who influences me more than any other: Isaac Babel. I never talk about his work." Implicit was the idea that, if you were a writer, you were a fool or a heretic to say anything about your deepest and most fundamental influence. No matter what you said, you would never get it right, you would unmask yourself, and you would—quite justifiably—suffer the shame of profaning a sacred thing. Or, to put it another way, here is a verse from a poem by William Blake:
Never seek to tell thy love
Love that never told can be
For the gentle wind does move
Silently, invisibly.

I found this verse in one of the last things Michaels wrote, a short essay called "On Love" that appeared in the San Francisco-based magazine Zoetrope at the time of Michaels' death, in the spring of 2003. Though Michaels was writing about romantic love, I think that his sentiment applies equally to love of any kind, including literary influence, which is another form of love. In the poem, the caveat is less oblique: the moment you so much as attempt to talk about the thing you love, that love is doomed. But, as both Blake and Michaels understood, people have always felt a powerful compulsion to put words to their most intimate feelings. As for writers, this paradoxical compulsion defines their work. Writers know that talking about love is a bad idea, a losing proposition, and yet they also recognize that it is the only thing worth talking about.

Having said this, I will now—and not without apprehension—go against the advice of Leonard Michaels and talk about the writer who influences me more than any other: Leonard Michaels. (continúa aquí)

También pueden leer estas reseñas:

Leonard Michael's Degraded Realism, de Adam Kirsh
Proximity to Darkness, de Mona Simpson
Life's Complications, de Lynell George



11 de junio de 2007

Visita el blog de HermanoCerdo

Pues sí, tenemos un blog desde hace tiempo pero no le habíamos puesto la atención necesaria. Ahora esperamos actualizarlo más seguido y hacer de él una referencia obligada para todos aquellos temas que tengan que ver con la cerdez. Los invito a suscribirse al blog. Son cuatro los editores pero por el momento es Daniel Espartaco quien está de escritor residente, viviendo en el blog como en la covacha de Raskolnikov. Si quieres ser escritor residente del blog escribe a hermanocerdo@gmail.com. Mientras tanto, suscríbete.

6 de junio de 2007

Nuevo diccionario de lugares comunes: una convocatoria

Durante algún tiempo hemos estado dándole vueltas a la idea. ¡Hay tanto material allá afuera! Un ejemplo es cuando un escritor o un reseñista habla de "universos cerrados" o "mundos cerrados", que es una manera de no decirte absolutamente nada. "Bueno, es un universo cerrado, ¿qué quieres que te diga?" Uno de mis preferidos es el que dice: "Una prosa que no deja concesiones." Nunca he entendido bien esa frase y sin embargo pulula en los blogs, los suplementos y las cuartas de forros. Otro lugar común fascinante es el que dice: "El verdadero protagonista es el lenguaje", que es lo mismo a darte una patada en el culo. Entiendo que el problema es que los editores sólo te dan 3000 caracteres o cosa así. Hay otros reseñistas que alaban un libro no por el libro mismo, sino por otro lugar común fascinante: la propuesta, la idea. Algunos son capaces de venderle el alma al diablo con tal de dar con uno de esos escritores que cumplen cabalmente con su idea, con su propuesta. Sin ánimo de nada, son los reseñistas adeptos al experimentalismo los que más se extasían cuando un autor dice, por ejemplo: "La idea de la novela me da mucha desconfianza. Es por eso que en mi novela me propuse hacer una crítica de la idea de novela, desarmarla, jugar con los géneros", como si se tratara del Tristam Shandy o cosa parecida. Estos críticos han hecho suya una idea, la idea de que la novela de "convenciones" es cosa del pasado, de efectos manidos; para mi gusto una idea un poco pasada de moda si tomamos en cuenta que las críticas serias al experimentalismo comenzaron por ahí de los setentas. Hay un ensayo de John Barth titulado "Literature of exhaustion" en el que crítica duramente la literatura de convenciones, es decir la novela de impuslo realista, debido a que esas convenciones había sido 'usadas' mucho. Los nuevos lectores se encontraron entonces con libros que buscaban a toda costa escapar de esos convencionalismos (y lo lograron), construyendo novelas de estructuras fragmentadas o tiempos dislocados o tipografía loca, que durante un buen tiempo alimentaron los estudios académicos de un montón de universidades. El lector que buscaba aquellos convencionalismos baratos se quedó con el ojo cuadrado viendo cómo los académicos y los escritores se divertían horrores con historias en las que cada cinco palabras te recordaban que lo que estabas leyendo no era una ficción, sino un juego literario y que, bueno, como dijeran los anuncios de Pepsi ¡Es lo de hoy! Finalmente la posición de Barth y de otros autores experimentalistas era de agradecerse pues ponían al arte en la parte alta de la pirámide y afirmaban sus posibilidades; el arte podía regenerarse. Pero pasar sobre el cadáver de otro siempre tiene sus consecuencias. Juzgar un libro por su idea de literatura es negar a otros libros su derecho a emerger mediante una crítica sana. Acepto que me siento atraído por la literatura de impulso realista más que por la literatura experimental, y que este gusto a veces adquiere el aspecto de una cruzada. Pero hoy he leído, en dos lugares distintos, reseñas positivas a dos libros no por ser buenos libros sino porque concuerdan con la Idea de los reseñistas. Ya no escribo más porque casi son las dos de la mañana. Sólo convoco a que colaboren con nuestro "Nuevo diccionario de lugares comunes".

UPDATE
Han sido pocas las aportaciones al Nuevo diccionario de lugares comunes. Habrá que leer mejor las reseñas de Letras Libres y de blogs literarios (y de HermanoCerdo también). Justo hoy en la mañana recordé otro que aparece de vez en vez, cuando el novelista, según el crítico, "pone a los personaje en situaciones límite". Tengo que encontrar la cita.

Javier
dice: Mi lugar común favorito es la expresión tour de force o "un verdadero tour de force". Más vacío no se puede.

Oscar dice: Hallé una inatacable:
"(...) una lectura que no te deja indiferente..."

Alvy dice: El mío: "ejercicio de estilo". Es una metapalabra en si misma.

Daniel agrega: Lenguaje preciso
Una prosa límpida
La condición humana
Prosa Sórdida
Obra Maestra
Cerrar con Broche de oro
La américa profunda

Rodrigo Coll dice (aunque este más bien va en el apartado de los blurbs)
"Una historia fascinante de la cual no podrá separarse ni un momento".

Miguel Soler agrega:[...] "estilo despojado", es además de un lugar común de la crítica argentina, un connotado prejuicio valorativo hacia el estilo personal y no-despojado, no simplista.

***
Queda para después una antología de blurbs literarios. Uno bueno, para empezar, es este: "This book does not need a blurb" de Rick Moody en la contraportada de mi libro de Dave Eggers A Heartbreaking Work of Staggering Genius. Los blurbs literarios, tal y como a veces los leemos, tienen la fuerza y la viveza de un haikú. Cosas como: "¡Enloquecedoramente divertido!" ¿Qué más puedes decir de un libro?