26 de noviembre de 2007

Pequeño post

Después de semanas, por fin nos hemos mudado a un nuevo departamento, lo que augura una nueva época de paz, lecturas y rock&roll. La mudanza de ayer fue épica, al grado que hoy, mientras escribo esto, siento calambres en los dedos y en la espalda. Por la mañana, al bajar las escaleras del metro, sentía que los músculos hasta-ese-momento-no-trabajados del muslo estaban por desintegrarse. Estoy en una oficina, de una editorial reconocida, haciendo un trabajo honesto y casi útil. Hace un calor de mierda porque son las tres de la tarde. No hay cafetera, así que tienes que servirte el agua caliente y prepararte tu café con el nescafé y el azúcar de las vecinas de oficina, (una chica de contabilidad y otra de cobranzas, apostadas a mi frente y a mis espaldas), o llenar tu termo con café del Seven-Eleven, aunque de todas maneras llegará el momento en que volverás a estar sin café. Nadie me llama al celular, así que finjo que trabajo pero en realidad escribo esto. Decía que por fin nos cambiamos de departamento, justo detrás de San Idelfonso, a una cuadra de Santo Domingo. Hoy por la noche llego a terminar de desempacar mis libros. Pienso dormir temprano, otra vez. Sed felices.

19 de noviembre de 2007

Pequeño post

Como algunos de ustedes saben, la página de HermanoCerdo sufrió un colapso cuando uno de los jóvenes universitarios del servicio social decidió apretar el botón rojo que tanto dijimos no se debía tocar. Ahora habrá que reconstruir algunas partes y subir el material del archivo, pero pronto estaremos de regreso. En este número Miguel Habedero colabora con su columna underdog Un buen nombre para una columna es difícil de encontrar, que en esta ocasión lleva por título "Habi va al supermercado", en la que, como en todos sus escritos, Habedero penetra en lo más hondo de la condición humana. Tenemos reseñas, por supuesto, libros de Juan Villoro, Junot Díaz, Ludmila Ulítskaya,y otros; ficción de México, España, Perú, Argentina y Sierra Leona; crónica, y algunos refritos de la famosa revista de artes marciales Golpes y Patadas.

El lanzamiento tardará todavía algunos días porque para los cerdos han sido días difíciles de reacomodo, mudanzas, viajes, separaciones, colchones en el piso, encuentros fugaces en un elevador, mala comida, tesis universitarias -que siempre son malas-, sueños rotos, ambiciones renovadas, envidias, mesas redondas, planes fallidos, reencuentros con ex novias que parecían haber muerto asesinadas por el caníbal poeta, sacos de codos gastados, bolsas de ropa sucia arrumbadas en algún oscuro rincón, cerveza Gallo, Indio, Cosaco, Casta, Negra Modelo, otra vez Gallo, fiestas con amigos que no habíamos visto hacía tres años, resacas, trabajo de oficina, asesorías con académicos envejecidos, trabajos en editoriales diversas, cómics, lectura de poemas, cuentos y ensayos que tratan sobre el mismo asunto, y un accidente con el servidor de HermanoCerdo.

Por otro lado, linkeo aquí el último artículo de James Wood, cuyo subtítulo, How War & Peace works, me hace pensar que son cosas como esta las que deberían escribir los críticos literarios. Y es que, como soy un conservador, no creo que un crítico literario -o un ensayista, ponle- sea aquel que escribe una reseña sobre el último premio Planeta o Anagrama. Si recordamos la amplitud de sus reseñas en The New Republic, es bueno saber que en el New Yorker Wood no tendrá problemas de espacio:

“Alive, and very much so,” Tolstoy’s diary entry for November 19, 1889, begins. That is how it feels to be caught up in the bright sweep of Tolstoy’s “War and Peace”: alive, and very much so. It is to succumb to the contagion of vitality. As his characters infect each other with the high temperature of their existence, so they infect us. Count Rostov dances the Daniel Cooper at a ball, and “all who were in the ballroom looked with smiles of joy at the merry old man.” His son Nikolai has “that merry brotherly tenderness with which all fine young men treat everyone when they are happy.” The Rostov girls are “always smiling at something (probably their own happiness)”; one of them, Natasha, loves to order the servants around, but they “liked carrying out Natasha’s orders as they did no one else’s.” The fat, naïve, bumbling hero of the novel, Pierre Bezukhov, is so infectious that footmen “joyfully rushed to help him off with his cloak and take his stick and hat.” We cannot resist these people, and they cannot resist themselves: Nikolai goes to war “because he could not resist the wish to go galloping across a level field,” and when the French start running toward him he is amazed that anyone would want to kill him: “To kill me? Me, whom everybody loves so?”

15 de noviembre de 2007

Pequeño post

Cuando por alguna cuestión la plática se desvía hacia el asunto de la infraestructura, siempre pienso en el prólogo de En tierra nativa de Alfred Kazin. Palabras más o palabras menos, dice algo así: “Aunque eran los años de la Depresión, mi país seguía siendo lo suficientemente rico como para poder mantener excelentes bibliotecas públicas.” Y fue en la biblioteca pública de Nueva York donde Kazin leyó por las noches para escribir su libro. El pasado jueves, en la Academia Mexicana de la Historia, Fernando Curiel participó en un evento llamado “Charlas con historiadores”. Curiel habló de sus libros, de sus primeros años en la facultad de derecho y en la de letras, y de sus nuevos proyectos y de su actividad como editor. Sobre esto último habló de colecciones memorables como la Biblioteca del Estudiante Universitario (BEU), y de por qué el establecer ediciones críticas y completas de nuestros autores es un asunto de seguridad nacional. Hasta hace algunos años, algún crítico o lector deseoso de acercarse a Altamirano o Nájera, por ejemplo, habría tenido que dedicarse a una investigacíón hemerográfica, más que a una lectura ordenada. Es cierto que algunas de sus obras circularon desde siempre (y de hecho, siempre se contó con las colecciones de Porrúa “Sepan cuántos...” y “Escritores mexicanos”), pero lejos de una edición crítica, y sólo de una parte mínima de lo que escribieron. Y recuerdo a Kazin porque me viene a la mente la Library of America, que ejerce su influencia sobre los tímidos corazones de jóvenes como yo. En la pretensión de conocer la literatura americana, uno se imagina que siempre se tendrá esa colección que va de los pioneros a Philip Roth en ediciones anotadas y autorizadas. ¿Y si conocer la literatura americana resulta sistemáticamente más sencillo que conocer el corpus de la literatura mexicana, no significa eso que a nivel de infraestructura, la literatura mexicana (y quizá la latinoamericana) seguirá perdiendo influencia en las decisiones editoriales y en el corazón de los joven lectores?

Hoy en día, en pleno siglo XXI, y muy lentamente, el escenario ha comenzado a cambiar. Ya se cuenta con las obras completas de Altamirano, con las de Lizardi, las de Prieto, las de Sierra, con reediciones de obras fundamentales del siglo XIX, y con la edición de obras que permanecían inéditas (como las ediciones de la colección “Al Siglo XIX. Ida y regreso”, de la UNAM). Y por supuesto ahí sigue la colección de “Letras Mexicanas” del FCE (Velarde, Reyes, Villaurrutia, Pellicer, Azuela, etc). La colección “Escritores Mexicanos” de Porrúa no se ha actualizado, creo, desde que Castro Leal pasó a mejor vida. También están las ediciones del Colegio Nacional (Zaid, Elizondo, González Martínez y otros), pero la sensación general es que, como bien dice Curiel, hace falta que la edición de las obras completas de nuestros escritores (principalmente de los del siglo XIX) forme parte de un proyecto casi de seguridad nacional.

Pero ya sé que muchos escucharán esto con escepcticismo, porque sería comulgar con la vieja y desgastada idea de la “literatura nacional”. A ciertos críticos esta idea les provoca la epilepsia del genio, aunque no se cansan de halagar las colecciones de Gallimard y de la Library of America, proyectos que, de hecho, comulgan en buen grado con la idea de una “literatura nacional”. Hacer patria, en este sentido, es no ser un cosmopolita, es ser un reaccionario al revés.

Como enemigo declarado de la influencia Anagrama (aunque muchos de mis mejores amigos (y muchos de los cerdos) leen sus libros –y yo también, de vez en cuando) (y digo enemigo de su influencia y no de sus autores), no veo mal hablar de este asunto de las obras bien editadas y comentadas de nuestros escritores del siglo XIX y XX. A veces pienso que Herralde debería decirle a sus lectores “Por cierto, lean otra cosa, no esperen a que yo les ofrezca nuevos divertimentos, salgan al mundo, sean felices”, y quizá de esa manera uno dejaría de dedicar tanto tiempo a la mesa de novedades. Nuestro snobismo es tan patente, que la sensación francesa, Las benevolentes, es anunciada como una nueva Guerra y Paz, pero nadie nos dice que leamos a Tolstoi. Cosas así. Cuando uno ve a nuestras jóvenes promesas tan atentas al mismo libro, a los mismos autores, con los mismos prejuicios y los mismos entusiasmos, ¿no nos dirá ello algo acerca de la estandarización que vivimos como adolescentes estúpidizados? Y luego está el otro extremo, el de los exquisitos, aquellos que sólo leen cositas que nadie más conoce, como algún viejo tractatus sobre el dedo pulgar, o algún oscuro escritor que necesita ser rescatado, etc. En fin, no quiero sonar como un viejo radical que sólo lee a Pardo Bazán y Pérez Galdós, y mucho menos decirle a la gente qué debe leer (porque de eso es de lo que me quejo), sino solamente comentar esta cuestión de la literatura nacional como un asunto de seguridad nacional.

10 de noviembre de 2007

Pequeño post

Queridos lectores, me estoy mudando al Centro Histórico, tengo un trabajo muy demandante (stripper) y sólo me conecto a internet de vez en vez. Déjenme, sin embargo, acudir a uno de los lugares favoritos de los bloggers naïve: "En todo este tiempo, he visto qué poca necesidad tengo de escribir en un blog y leer otros blogs" bla bla bla. Espero retomar el ritmo y actualizar el blog con oportunos y sabios comentarios. Mi nueva vida en el centro me va dar mucho material. Ahora mismo estoy metiendo en cajas mis libros y pensando en qué será de mí. Ya en estas, déjenme decirles qué estoy leyendo: The Broken State, de James Wood; Panorama Mexicano, de Ciro B. Ceballos; y releyendo algunos ensayos de Realist Vision, de David Brooks. Pronto, además, saldrá HermanoCerdo. Sean felices.