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The Art of Fiction

Álbum, cuento en varios capitulos

Ya he hecho este intento otras veces con esta historia. La escribí hace años, a finales del 2004 o 2005 y nunca he podido terminarla. El problema con este cuento es que no va al grano, como suelen decir los didactas del cuento. Todo lo contrario. Pero a esos textos que nacen deformes ya no se les puede hacer nada. Se aceptan comentarios y sugerencias.


ÁLBUM


Hay una foto que me gusta mucho de mi madre, de Sonia y de mí. Es una foto que no volveré a ver más. O quizá sí, cuando por fin decida enfrentarme tras bastidores con aquellas personas que han formado de uno u otro modo esto que soy. Quizá se trate de algo más simple. Quizá sea esta nostalgia que siento por muchas cosas, y al recordar esa foto me vienen a la cabeza recuerdos que creía desperdigados, no como las piezas faltantes de un rompecabezas; no, más bien la sensación de que en esa foto el tiempo contuvo de una vez y para todas lo que podría exprimirse como un trapo viejo para obtener a un hombre como yo, Basilio.
Es una foto, también, sobre el amor, en este caso sobre el amor de un hombre por una mujer (hoy día hay que ser claros), y más específicamente sobre el amor de un hijo por su madre. ¿Extraño, no? La verdad es que sí. Me cuesta trabajo reconocer que situaciones como ésta se den realmente en una época en que las madres son… bueno, personas amables que hacen lo mejor por nosotros hasta que un día simplemente ¡zaz! desaparecemos. Lo que me sucede es que cada día abro los ojos y pienso en el tiempo inapreciable que he dejado pasar y en las personas que no supe cuidar. Es un sentimiento que se abrió paso en mi cabeza y que ahora se ha afianzado con ganchos. Los siento roerme el cerebro, encajarse y esperar muy confiadamente el momento en que yo decida ocuparme de ellos. A veces, la gente que me rodea suele ser tan extraña.
Por ejemplo, ¿qué sucede con esta muchacha, María? Tiene esos ojos grandes y enigmáticos, casi vírgenes aunque sufran por el hecho de no poder mirar de frente a las personas, no obstante que al hacerlo -un movimiento brusco que le agita el cabello sobre la frente-, se vuelven vertiginosos, decididos. Por lo mismo da la impresión de ser complicada tanto como una esponja resulta sencilla a simple vista. María es pequeñita pero su cuerpo es maravilloso. Y así como su rostro mostraba exactamente que no sabría dar un paso por sí misma, sus tetas y su culo, en cambio, parecían decir todo lo contrario, o sea, sabían hacer lo que se esperaba de ellos. En orden sucesivo me atrajeron su culo, sus tetas y su sonrisa, y más adelante encontré que sus ojos eran bastante agraciados (como dije arriba) y que sus piernas, vistas de atrás cuando se echaba desnuda sobre la cama, tenía los hoyuelos de las corvas muy profundos de tal manera que uno caía en la ilusión de estar abrazando las piernas de una gordezuela.
Por supuesto tenía sus manías. Como yo, una disposición al eufemismo. La costumbre de decir con gestos lo que debería decirse con simples y llanas palabras; y un liberalismo, también, que funcionaba a ratos. A veces me pregunto si no habría llegado un momento en que ella dejó de encontrarme atractivo. Tal vez mi aspecto chinesco, el cabello cortado como bacinica. Durante un tiempo María solía enfadarse conmigo en una media de cuatro o cinco veces al día. Como la noche en que me masturbé a su lado porque ella no quiso hacer el amor y tomó un libro y se puso a leer en voz baja. Luego me ofreció un poco de papel y me dijo que no lo hiciera mientras ella leía, que le parecía una falta de respeto. Alguien querrá saber cómo aceptaba estas paranoias y les diré que así soy, nada de remilgos, siempre la vía fácil, la aceptación pasiva de los caprichos del otro. Un buen chico, la verdad. Un chico aburrido. Un chico.
Otra noche me invitó a cenar y yo me fui a la habitación a mirar la tele. Entró impetuosamente y se colocó entre el aparato y yo. Me dijo que faltaba poco y yo le dije Está bien. Salió de la habitación y cinco minutos después volvió a entrar y apagó el televisor. Se sentó junto a mí en la cama, con la pala y el tenedor desfallecientes entre sus rodillas y el cabello cayéndole por la frente. Lo primero que escuché fue un quejido, luego vi que sus hombros dieron un respingo y al final ya estaba llorando y me acusaba de ser un macho y un cerdo. ¿Por qué? si se puede saber. ¿Por qué? ¿Por qué?, me remedó, porque estás aquí viendo la televisión mientras yo estoy en la cocina. Cinco mil años de dominación, dije, consciente de que era una broma, pero su rostro se agrió, petrificado por el esfuerzo de contener tanto odio y me dijo, Mejor te vas. ¿Por qué? Estaba viendo la televisión. No hice nada. Por eso, dijo. ¿Me invitaste a cenar, cierto? Salí a la calle. Como sucede en tales ocasiones uno vuelve sobre sus pasos y a medio camino das vuelta y encuentras a tu chica que se ha vestido con lo primero que tenía a la mano y camina con pasitos rápidos y los brazos sobre el regazo para impedir que vayas a ningún lado. Normalmente. En nuestro caso yo simplemente me fui a casa y seguí viendo televisión con el sentimiento de que tenía razón, porque no es trabajo de los invitados preparar la cena ni poner la mesa aunque en las reuniones hay un montón de gente ofreciéndose a cada momento a picar los ajos o a lavar los pisos al no soportar ser invitados. Mi pasividad, en cambio, me permite poner las íes en su lugar. Supongo que en dichos momentos no comprendí que María era de esas mujeres a quienes constantemente debes decirles que las amas y las quieres y son todo para ti.
Después, a la luz de la lámpara, más bien a la luz de la reconciliación, sus ojos emitieron un destello. Fue cuando sucedieron las cosas. El final o el principio, como se quiera ver. ¿Y quién lo iba a pensar de ella? Acepto que se puede hablar de cierto misterio latente en su personalidad, incluso cierta pasión refrenada, pero eso fue demasiado.
¿Que qué hizo?, se preguntan. Pues un día se vistió muy juvenilmente, ese vestido beige que tan bien le va, se echó al brazo el pequeño bolso de cuero, entró a una joyería y robó un anillo. Me habló por teléfono desde la misma joyería. Me dijo que el anillo no había sido encontrado.
-Llovía –dijo-. Y creo que se calló cuando me eché a correr.
-¿Pero estás bien?
-Estoy bien –dijo.
Por fortuna no habían llamado a la policía y el dueño se mostraba dispuesto a negociar siempre y cuando le ofreciéramos una garantía de que repondríamos el dinero. Intenté imaginarme a María en semejante situación. ¿Quién lo habría creído? Le dije, casi en un susurro:
-¿Y para qué querías un anillo?
-No lo sé –lloriqueó-. Simplemente lo tomé, salí con él de la tienda y cuando me di cuenta era demasiado tarde y entonces me puse a correr. Tengo miedo.
El quid del asunto es el siguiente: Yo quiero a María, de verdad la aprecio. Por lo tanto, esta historia es también la historia del amor de un hombre como yo por una mujer como ella. Así de simple. Pueden ser las dos cosas, el amor de un hijo por su madre y el de un hombre por una mujer. Hace poco recordé a mamá, a papá, recordé a Sonia y a mis hermanos, recordé muchas noches y muchos días. Y en eso estaba cuando recibí la llamada de María. Eso, narrativamente hablando, ha venido a trastocar mis planes. No puedo concentrarme con el sentimiento de que ella puede ir volando a los separos y, al mismo tiempo, no me pregunten por qué, sé que es la única oportunidad que tengo para escribir todas estas cosas, todo lo que podría reconciliarme con el pasado y con las personas que quiero. Una cursilería, en serio. Por lo del dinero: ¿cómo conseguir tanto? Revisé mis ahorros, nada. María, ¿cómo se te ocurrió cometer semejante tontería? Me miro al espejo y me es difícil afeitarme. Estoy estreñido. Cansado. ¿Habrá robado un anillo como una forma de dcirme algo? ¿Habría un mensaje escondido en sus actos? Al menos habría querido estar ahí para ver cómo la atrapaban.

posted by Mauricio Salvador @ 9:43 PM,

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