27 de febrero de 2009

Odiseo a Telémaco, de Joseph Brodsky

Querido Telémaco,
la guerra en Troya
ha terminado; no recuerdo quién la ganó.
Los griegos, sin duda, pues sólo ellos dejarían
tantos muertos tan lejos de su patria.
Más el camino de vuelta a casa me ha sido muy largo.
Mientras allá perdíamos el tiempo, el viejo Poseidón,
así parece, extendía y alargaba el espacio.

No sé dónde estoy o qué lugar
puede ser este. Parecería una isla cualquiera, sucia,
con arbustos, construcciones y grandes cerdos gruñendo.
Un jardín rebosante) de maleza;una reina o alguien más.
Pasto e inmensas rocas... Telémaco, hijo mío!
Para el que pasa las caras de todas las islas
lucen iguales. Y la mente
viaja, contando las olas; y los ojos, llagados por los horizontes marinos,
huyen; y la carne del agua tapa los oídos.
Ya no recuerdo lo que fue de la guerra;
incluso qué grande eres, ya no lo recuerdo.

Entonces crece, Telémaco mío, crece fuerte.
Sólos los dioses saben si volveremos a vernos
otra vez. Tiempo ha que dejaste de ser aquel chiquillo
ante quien domé a los bueyes que araban.
Si no hubiera sido por la jugada de Palamedes.
aún viviríamos juntos en la misma casa.
Pero quizá él tenía razón; lejos de mí
estás a salvo de todas las pasiones edípicas,
y tus sueños, Telémaco mío, son puros.

Trad. MS.

11 de febrero de 2009

DFW

Because here's something else that's true. In the day-to-day trenches of adult life, there is no such thing as atheism. There is no such thing as not worshipping. Everybody worships. The only choice we get is what to worship. And an outstanding reason for choosing some sort of god or spiritual-type thing to worship - be it JC or Allah, be it Yahweh or the Wiccan mother-goddess or the Four Noble Truths or some infrangible set of ethical principles - is that pretty much anything else you worship will eat you alive. If you worship money and things - if they are where you tap real meaning in life - then you will never have enough. Never feel you have enough. It's the truth. Worship your own body and beauty and sexual allure and you will always feel ugly, and when time and age start showing, you will die a million deaths before they finally plant you. On one level, we all know this stuff already - it's been codified as myths, proverbs, clichés, bromides, epigrams, parables: the skeleton of every great story. The trick is keeping the truth up front in daily consciousness. Worship power - you will feel weak and afraid, and you will need ever more power over others to keep the fear at bay. Worship your intellect, being seen as smart - you will end up feeling stupid, a fraud, always on the verge of being found out.

Aquí

Pequeño post

De una entrevista con Pérez Reverte

¿Qué le parece la obra de Roberto Bolaño?
Me parecía aburridísima cuando estaba vivo y me sigue pareciendo aburridísima ahora que está muerto. No son, desde luego, los libros que yo salvaría del incendio de mi biblioteca. Prefiero salvar las aventuras de Tintín.


¿Qué opina de Roberto Bolaño? ¿No le parece un bluf sobrevalorado? ¿Se aburre con él tanto como yo?
Ya respondí a esa pregunta más arriba. Pero ya que insisten, le diré que sí. Que me aburro incluso más que usted.

7 de febrero de 2009

100 años

Hace no mucho murió Ernesto de la Torre Villar, a los 94 años. Y ayer festejaron los 100 años de otro historiador notable, Silvio Zavala. En mi librero tengo dos obras icónicas de la historiografía mexicana del siglo XX: El servicio personal de los indios en la Nueva España y Los Guadalupes y la independencia de México, y ambos los pongo en mi lista de lecturas para este año.

En otras noticias, Carlos Fuentes también participó en un homenaje:

En entrevista posterior, Carlos Fuentes fue cuestionado sobre el reconocimiento “que le falta por recibir”, el Nobel de Literatura.

La respuesta fue breve y desató aplausos: “El premio Nobel no lo recibió Tostoi, no lo recibió Chejov, no lo recibió Kakfa, no lo recibió Cruz, ¿por qué me lo iban a dar a mí?”

4 de febrero de 2009

Sobre prólogos

Como no soy autoridad en nada, debo decir que nunca he prologado nada.Y por lo regular suelo saltarme los prólogos y las introducciones para ir directo al grano. Pero ayer abrí mi Quijote (la versión económica de la RAE) y me puse a leer los prólogos de Mario Vargas Llosa y Francisco Rico, luego mi atención se alejó del Quijote y -más sencillo para mi calidad mental- me puse a pensar sólo en los prólogos y en otros grandes prólogos que he disfrutado tanto como el libro en cuestión. Ahora se me ocurren sólo unos cuantos, como los prólogos de Rubén Bonifaz Nuño a sus traducciones, que son no sólo prólogos sino verdaderas encíclicas acerca de los más diversos temas. Los prólogos a la Ilíada y a los poemas de Properciio o Catulo son las palabras de un verdadero humanista. Y bueno, no recuerdo más pero estoy seguro de haber leído otros muchos buenos. También podría escribir un poco acerca de los prólogos que enmarcan las antologías, con su voluntad por hacernos creer algo que puede no ser cierto. Una mirada a las antologías mexicanas es más que suficiente, verdaderos alegatos legalísticos para decir: "Puede que ustedes no estén de acuerdo conmigo, pero en serio, estos cuentos de narcotraficantes son bueno". Cosas así.
Regreso al trabajo.

3 de febrero de 2009

El legado de (Bellow) Humboldt

Hace dos o tres noches, intentando recuperar un poco de la fuerza que me era necesaria, me eché en la cama con todos los libros de Saul Bellow. Me dije: "Es hora de leer lo que me falta", así que abrí los libros al azar y leí algunos maravillosos párrafos y luego formé los libros junto a mi cama en el orden en que pensaba leerlos, primero las entrevistas y los ensayos, luego los cuentos, luego las novelas que no he leído (The Dean's December, Seize the Day), después las que he dejado a la mitad (The Adventures of Augie March) y al último las que he leído. MIs intenciones duraron poco y al cabo de un rato los libros estaban de vuelta en su lugar en el librero. Pero me sirvió para volver a leer las primeras páginas de Humboldtis Gift, que me encantan: "The book of ballads published by Von Humboldt Fleisher in the Thirties was an immediate hit. Humboldt was just what everyone had been waiting for. Out in the Midwest I had certainly been waiting eagerly, I can tell you that."

Digo todo esto porque me acabo de enterar (en mi usual revisión en el Google Reader, que después de varios años Penguin acaba de reimprimir Humboldt's Gift con una introducción por -qué mejor- Jeffrey Eugenides.

2 de febrero de 2009

Los últimos días de la poesía

Revisando viejos archivos me encontré con este cuento. Terminé de escribirlo una noche y al menos puede pasar ya a la lista de los cuentos acabados. Pongo aquí una parte:


Un día, de repente, me asaltó la necesidad espiritual de convertirme en poeta. No sabía nada al respecto; no era un gran lector ni había estrechado nunca la mano de un verdadero poeta, quiero decir un poeta de carne y hueso que cada tarde escribiría poemas inmortales, tal y como yo pensaba hacer. Sentía que un mundo insospechado se abría paso a través de las palabras -un mundo pleno de reconocimiento y compasión- y que sólo me restaba esperar a que los lectores y el mundo evolucionaran y se dieran de frente con mis libros y comprendieran –ya muy tarde- que habían estado junto a un poeta.
¿Cómo iban a ser esos libros, de qué iban a tratar, o cuándo los iba a escribir? eran preguntas que nunca me hice. Y sin embargo, los títulos de mis poemas me encantaban: “El Marciano y la Sombra”, “Los Héroes No Volverán Más”, etcétera, y me proporcionaban una suerte de confianza ciega para bogar por el mar algo embravecido de la poesía, ese mare oscuro del que sólo unos pocos pueden salir bien librados.
Quiero decir que no me importaba leer nada ni saber nada excepto sobre ellos mismos, mis poemas. Por supuesto, estaba al tanto de que una docena de grandes maestros me predecía. En mis ensoñaciones los veía como una docena de globos flotando a través del éter, en alturas que yo mismo deseaba alcanzar y en las que una vez arriba deseaba explotar y dejar que mi halo los envolviera a todos, absolutamente a todos.
Sin embargo, reconocía que la condición de poeta no era una condición que pudiera durar toda la vida. Era una fuerza enorme pero limitada, y aún antes de comenzar a escribir experimenté la curiosa sensación del silencio, el miedo anticipado de un día no poder escribir más. Por esa razón, supongo, fue que me puse a escribir como loco, noche y día, durante el trabajo y mientras comía. Y con escribir me refiero a una escritura de tipo más bien mental. Como muchos grandes poetas, escribía en la cabeza antes de animarme a plasmar mis versos en el papel. De esta manera me aseguraba de que el papel sólo recogería pepitas de oro.
Imagino que cada noche mi padre escuchaba el golpeteo de la máquina mientras se sentaba en el sofá a pasar los canales de televisión. En realidad nunca sabía lo que podía estar haciendo mi padre y, al revés, una de sus preocupaciones frecuentes consistía en averiguar qué es lo que yo estaba haciendo ahí arriba, entre montones de papeles, mecanografiando sin cesar. Vivía de mal humor, de la mañana a la noche y la única cosa que le proporcionaba un poco de satisfacción era su gato siamés. Aunque lo maltrataba y le decía palabrotas, disfrutaba la sensación de sentirse responsable de al menos algo en la vida, ya que no se sentía responsable de mí. Nuestras conversaciones se reducían a lo mismo, e iban más o menos así:
-Tienes que estudiar.
-¿Estudiar qué, papá?
-Eso es lo que quiero saber.
-No hay estudios para lo que quiero hacer.
-No hay estudios –repetía-. ¿Quién te crees? ¿Un genio?
-No.
-Sí que lo crees. Tú y tus amigos.
-Por favor, papá.
-Todos. Incluso la bola de retrasados mentales con los que trabajas. Incluso ellos.
Y la cosa no terminaba hasta que uno o el otro decidía dejar la habitación y dar así por terminada la conversación.