Como parecemos vivir un renacimiento de la épica (o eso es lo que yo veo, al menos) las tragedias de las personas sencillas (o más bien, las tragedias sencillas) ya no tienen mucho sentido. Piensen en mí. Después de desayunar primorosamente, salir al trabajo en la bici y llegar casi casi con el tanque lleno para soportar la burocracia, me siento en mi escritorio y un mal movimiento termina por romper la patita izquierda de mis Benetton que comprara hace como seis o siete años. Y debe ser tal mi facha que la gente que pasa me pregunta: ¿No trajiste tus lentes? ya sea por la manera en como me acerco al monitor o por la cara de tristeza que en estos momentos me invade. Pasamos buenos ratos juntos, ellos y yo, hasta que hace unos seis meses o más los pisé cuando me levantaba a tientas por la noche. Los había dejado en la alfombra (prácticamente los había aventado, antes de dormirme) y entonces pagué el precio de mi estupidez. Lo único que me queda ahora es moverme por aquí como me movía a los cinco años cuando fingía que era un robot tipo Terminator y entrecerraba los ojos para distorsionar la realidad, marcando a los perros como VALID TARGET.Update
Y bueno, no ha sido fácil. Al principio -los primeros 30 minutos- todo fue bien y sólo tenía que acercarme un poquito más al monitor y a los papeles para entender lo que leía. Luego me dolió la cabezay finalmente la presión ocular me obligó a ir por un poco de plastiloka. Ahora escribo con mis gafas reparadas pero en el elevador, donde todos se ven las caras más de cerca, la gente no puede evitar mirar de un vistazo compasivo ese extremo de mis gafas. Para hacer peor esto, pensaba que ya era viernes y quería ir a comer quesadillas a un mercadito de por aquí. Pero es jueves.