Conozco una chica muy guapa cuyos zapatos le van siempre grandes. La otra vez, como dicen, iba echando tiros por la calle y cuando la vi de cerca vi que, nuevamente, sus lindos zapatitos de charol se le salían por el talón como por dos tallas. No sé por qué sucede esto, porque no es ni muy alta ni muy baja y cualquiera diría que es guapa. Pero sus zapatos siempre le quedan grandes y no encuentro una explicación plausible. ¿Alguna suerte de negación inconsciente? No lo sé. Pero es uno de los grandes misterios que no he podido resolver. Por el momento sé que John Cheever ya habría compuesto un gran párrafo al respecto, como en ese cuento en el que el personaje principal habla de su hermano pequeño. Es grandioso, pero dejen lo localizo
26 de junio de 2009
Pequeño post
Conozco una chica muy guapa cuyos zapatos le van siempre grandes. La otra vez, como dicen, iba echando tiros por la calle y cuando la vi de cerca vi que, nuevamente, sus lindos zapatitos de charol se le salían por el talón como por dos tallas. No sé por qué sucede esto, porque no es ni muy alta ni muy baja y cualquiera diría que es guapa. Pero sus zapatos siempre le quedan grandes y no encuentro una explicación plausible. ¿Alguna suerte de negación inconsciente? No lo sé. Pero es uno de los grandes misterios que no he podido resolver. Por el momento sé que John Cheever ya habría compuesto un gran párrafo al respecto, como en ese cuento en el que el personaje principal habla de su hermano pequeño. Es grandioso, pero dejen lo localizo
25 de junio de 2009
"A Vision of the World"
But my wife was sad.
"What's the matter, darling?" I asked.
"I just have this terrible feeling that I'm a character in a television situation comedy," she said. "I mean, I'm nice-looking, I'm well dressed, I have humorous and attractive children, but I have this terrible feeling that I'm in black and white and that I can be turned off by anybody. I just have this terrible feeling that I can be turned off." Mi wife is often sad because her sadness is not a sad sadness, sorry because her sorrow is not a crushing sorrow. She grieves because her grief is not an acute grief, and when I tell her that this sorrow over the inadequacies of her sorrow may be a new hue in the spectrum of human pain, she is not consoled. Oh, I sometimes think of leaving her. I could conceivably make a life without her and the children, I could get along without the companionship of my friends, but I could not bring myself to leave my lawns and gardens, I could not part from the proch screens that I have repaired and painted.
18 de junio de 2009
Cuentos de una nueva Europa
En The Guardian están publicando una serie de cuentos de autores de Europa del este: "Twenty years on from the fall of the Berlin wall, we take a look at the transformations that have swept eastern Europe through the lens of fiction, with stories from Germany, Poland, Hungary, Bulgaria, Romania and the Czech Republic." Lee los cuentos aquí16 de junio de 2009
Bloomsday
Esta broma que acabo de ver me encanta, no sé si porque es muy simple o muy aterradora, pero va así. Un psicoanalista mira con agudeza a la aspiradora que se encuentra recostada en su sofá de consulta y le dice: "Sabe, es común que en algún momento de la vida todos pensemos que nuestras aspiraciones son pura basura". :-)
Es muy simple porque, en efecto, la aspiradora aspira (a la) basura, pero es aterrador porque la aspiradora no puede dejar de ser lo que es. Y ser alguien que no hace lo que se supone que debe hacer, es, como diría Kafka en sus diarios, algo monstruoso. Por supuesto, Kafka no se refería a las aspiradoras sino a los escritores que no escriben. Y por extensión podemos pensar en mil ejemplos más. Digo todo esto porque en mi bloomsday personal no deseaba sencillamente despertarme. No quería hacer lo que se suponía que debía hacer, es decir, vivir, bañarme, ir al trabajo, aburrirme, aburrirme más, desmoralizarme, etc. A la hora de la comida por un momento recordé que era bloomsday y me sentí un poco mal de que nada interesante estuviera pasando. Fui al Sanborns a ver los juegos de X Box, y luego, mientras comía, observé un programa acerca de los entrenadores personales de las estrellas: Britney, que llegó a hacer 1000 abdominales en series de 150 (por un momento la respeté); una tipa muy guapa que hizo un papel de cazavampiros, Hillary Swank cuando entrenó para The Million Dollar Baby, y J.Lo con esos ejercicios para mantener a flote su enorme culo. Fue un momento aterrador y hermoso a la vez. Porque no es la primera vez que admito públicamente que soy admirador de las caderas amplias. Y admito tristemente que es en lo que más me fijo cuando hablo con una mujer, no puedo evitarlo. Lo digo en serio. De vuelta en el trabajo seguí pensando en lo aburrido que era mi bloomsday. A través de las lejanas ventanas vi el cielo gris y lluvioso y luego, desenfocando, el mobiliario de oficina, las mamparas, el plafón, y escuché el sonido de los teléfonos que nadie contesta, el rumor de pasos de personas que caminan con papeles a los cuales hay que estamparles un importante sello de recibido, y la voz de alguien que chismea detrás de mi mampara. ¿Por qué en esos momentos no temblaba o se declaraba una nueva emergencia sanitaria? ¿Qué clase de bloomsday era ese? Cuando dieron las seis y se declaro una tregua entre el trabajo y yo, tomé mi casco, bajé al estacionamiento y salí con la bici. Lloviznaba, pero muy poco. Pedaleé unos quince minutos y llegué al único momento que tiene algo de significado por estos días. Cada que subo al primer piso para que me perforen mi credencial recuerdo a mi amigo recién licenciado que me dijo una vez que aquello era un deporte bárbaro. Estiré, corrí, hice sombra, pegué al costal, salté la cuerda, hice abdominales y me pesé: 73 kilos. De poco ha servido haber dejado la cocacola y los tacos.
En casa me preparo una cena rápida. Como soy fanático del licuado de plátano me preparo uno además de la cena. Después, echado en mi silloncito de lectura comienzo a leer Travesuras de la nina mala. Menos de una hora más tarde, a las diez y media de la noche, el libro está en el suelo y mi cabeza cuelga como algo (no se me ocurre nada). Medio dormido alcanzo a apagar las luces, la cocina, la sala, me lavo los dientes, me desnudo, pongo el reloj despertador y me meto a la cama. Pero no me duermo. Pasan diez, veinte minutos. En la calle se escuchan gritos, ruido de motos, risas, cosas que se rompen. Me levanto a cerrar las cortinas. Diez minutos más. Me levanto a tomar agua. Y cuando vuelvo a revisar el reloj son casi las 12:15 del 17 de junio y bloomsday ha acabado. Supongo que cada quien tiene su bloomsday alguna vez, alguna día esencial en que todo tiene un sentido y en el que están en juego muchas cosas, algo valioso, un empleo, una relación fallida, un nuevo hijo. Pero este 16 de junio puedo abandonarlo sin problemas en el limbo de los días sin pena ni gloria. Y en tal caso, más pena que gloria, diría yo.
En casa me preparo una cena rápida. Como soy fanático del licuado de plátano me preparo uno además de la cena. Después, echado en mi silloncito de lectura comienzo a leer Travesuras de la nina mala. Menos de una hora más tarde, a las diez y media de la noche, el libro está en el suelo y mi cabeza cuelga como algo (no se me ocurre nada). Medio dormido alcanzo a apagar las luces, la cocina, la sala, me lavo los dientes, me desnudo, pongo el reloj despertador y me meto a la cama. Pero no me duermo. Pasan diez, veinte minutos. En la calle se escuchan gritos, ruido de motos, risas, cosas que se rompen. Me levanto a cerrar las cortinas. Diez minutos más. Me levanto a tomar agua. Y cuando vuelvo a revisar el reloj son casi las 12:15 del 17 de junio y bloomsday ha acabado. Supongo que cada quien tiene su bloomsday alguna vez, alguna día esencial en que todo tiene un sentido y en el que están en juego muchas cosas, algo valioso, un empleo, una relación fallida, un nuevo hijo. Pero este 16 de junio puedo abandonarlo sin problemas en el limbo de los días sin pena ni gloria. Y en tal caso, más pena que gloria, diría yo.
9 de junio de 2009
Álbum, cuento en varios capitulos
Ya he hecho este intento otras veces con esta historia. La escribí hace años, a finales del 2004 o 2005 y nunca he podido terminarla. El problema con este cuento es que no va al grano, como suelen decir los didactas del cuento. Todo lo contrario. Pero a esos textos que nacen deformes ya no se les puede hacer nada. Se aceptan comentarios y sugerencias.
Hay una foto que me gusta mucho de mi madre, de Sonia y de mí. Es una foto que no volveré a ver más. O quizá sí, cuando por fin decida enfrentarme tras bastidores con aquellas personas que han formado de uno u otro modo esto que soy. Quizá se trate de algo más simple. Quizá sea esta nostalgia que siento por muchas cosas, y al recordar esa foto me vienen a la cabeza recuerdos que creía desperdigados, no como las piezas faltantes de un rompecabezas; no, más bien la sensación de que en esa foto el tiempo contuvo de una vez y para todas lo que podría exprimirse como un trapo viejo para obtener a un hombre como yo, Basilio.
Es una foto, también, sobre el amor, en este caso sobre el amor de un hombre por una mujer (hoy día hay que ser claros), y más específicamente sobre el amor de un hijo por su madre. ¿Extraño, no? La verdad es que sí. Me cuesta trabajo reconocer que situaciones como ésta se den realmente en una época en que las madres son… bueno, personas amables que hacen lo mejor por nosotros hasta que un día simplemente ¡zaz! desaparecemos. Lo que me sucede es que cada día abro los ojos y pienso en el tiempo inapreciable que he dejado pasar y en las personas que no supe cuidar. Es un sentimiento que se abrió paso en mi cabeza y que ahora se ha afianzado con ganchos. Los siento roerme el cerebro, encajarse y esperar muy confiadamente el momento en que yo decida ocuparme de ellos. A veces, la gente que me rodea suele ser tan extraña.
Por ejemplo, ¿qué sucede con esta muchacha, María? Tiene esos ojos grandes y enigmáticos, casi vírgenes aunque sufran por el hecho de no poder mirar de frente a las personas, no obstante que al hacerlo -un movimiento brusco que le agita el cabello sobre la frente-, se vuelven vertiginosos, decididos. Por lo mismo da la impresión de ser complicada tanto como una esponja resulta sencilla a simple vista. María es pequeñita pero su cuerpo es maravilloso. Y así como su rostro mostraba exactamente que no sabría dar un paso por sí misma, sus tetas y su culo, en cambio, parecían decir todo lo contrario, o sea, sabían hacer lo que se esperaba de ellos. En orden sucesivo me atrajeron su culo, sus tetas y su sonrisa, y más adelante encontré que sus ojos eran bastante agraciados (como dije arriba) y que sus piernas, vistas de atrás cuando se echaba desnuda sobre la cama, tenía los hoyuelos de las corvas muy profundos de tal manera que uno caía en la ilusión de estar abrazando las piernas de una gordezuela.
Por supuesto tenía sus manías. Como yo, una disposición al eufemismo. La costumbre de decir con gestos lo que debería decirse con simples y llanas palabras; y un liberalismo, también, que funcionaba a ratos. A veces me pregunto si no habría llegado un momento en que ella dejó de encontrarme atractivo. Tal vez mi aspecto chinesco, el cabello cortado como bacinica. Durante un tiempo María solía enfadarse conmigo en una media de cuatro o cinco veces al día. Como la noche en que me masturbé a su lado porque ella no quiso hacer el amor y tomó un libro y se puso a leer en voz baja. Luego me ofreció un poco de papel y me dijo que no lo hiciera mientras ella leía, que le parecía una falta de respeto. Alguien querrá saber cómo aceptaba estas paranoias y les diré que así soy, nada de remilgos, siempre la vía fácil, la aceptación pasiva de los caprichos del otro. Un buen chico, la verdad. Un chico aburrido. Un chico.
Otra noche me invitó a cenar y yo me fui a la habitación a mirar la tele. Entró impetuosamente y se colocó entre el aparato y yo. Me dijo que faltaba poco y yo le dije Está bien. Salió de la habitación y cinco minutos después volvió a entrar y apagó el televisor. Se sentó junto a mí en la cama, con la pala y el tenedor desfallecientes entre sus rodillas y el cabello cayéndole por la frente. Lo primero que escuché fue un quejido, luego vi que sus hombros dieron un respingo y al final ya estaba llorando y me acusaba de ser un macho y un cerdo. ¿Por qué? si se puede saber. ¿Por qué? ¿Por qué?, me remedó, porque estás aquí viendo la televisión mientras yo estoy en la cocina. Cinco mil años de dominación, dije, consciente de que era una broma, pero su rostro se agrió, petrificado por el esfuerzo de contener tanto odio y me dijo, Mejor te vas. ¿Por qué? Estaba viendo la televisión. No hice nada. Por eso, dijo. ¿Me invitaste a cenar, cierto? Salí a la calle. Como sucede en tales ocasiones uno vuelve sobre sus pasos y a medio camino das vuelta y encuentras a tu chica que se ha vestido con lo primero que tenía a la mano y camina con pasitos rápidos y los brazos sobre el regazo para impedir que vayas a ningún lado. Normalmente. En nuestro caso yo simplemente me fui a casa y seguí viendo televisión con el sentimiento de que tenía razón, porque no es trabajo de los invitados preparar la cena ni poner la mesa aunque en las reuniones hay un montón de gente ofreciéndose a cada momento a picar los ajos o a lavar los pisos al no soportar ser invitados. Mi pasividad, en cambio, me permite poner las íes en su lugar. Supongo que en dichos momentos no comprendí que María era de esas mujeres a quienes constantemente debes decirles que las amas y las quieres y son todo para ti.
Después, a la luz de la lámpara, más bien a la luz de la reconciliación, sus ojos emitieron un destello. Fue cuando sucedieron las cosas. El final o el principio, como se quiera ver. ¿Y quién lo iba a pensar de ella? Acepto que se puede hablar de cierto misterio latente en su personalidad, incluso cierta pasión refrenada, pero eso fue demasiado.
¿Que qué hizo?, se preguntan. Pues un día se vistió muy juvenilmente, ese vestido beige que tan bien le va, se echó al brazo el pequeño bolso de cuero, entró a una joyería y robó un anillo. Me habló por teléfono desde la misma joyería. Me dijo que el anillo no había sido encontrado.
-Llovía –dijo-. Y creo que se calló cuando me eché a correr.
-¿Pero estás bien?
-Estoy bien –dijo.
Por fortuna no habían llamado a la policía y el dueño se mostraba dispuesto a negociar siempre y cuando le ofreciéramos una garantía de que repondríamos el dinero. Intenté imaginarme a María en semejante situación. ¿Quién lo habría creído? Le dije, casi en un susurro:
-¿Y para qué querías un anillo?
-No lo sé –lloriqueó-. Simplemente lo tomé, salí con él de la tienda y cuando me di cuenta era demasiado tarde y entonces me puse a correr. Tengo miedo.
El quid del asunto es el siguiente: Yo quiero a María, de verdad la aprecio. Por lo tanto, esta historia es también la historia del amor de un hombre como yo por una mujer como ella. Así de simple. Pueden ser las dos cosas, el amor de un hijo por su madre y el de un hombre por una mujer. Hace poco recordé a mamá, a papá, recordé a Sonia y a mis hermanos, recordé muchas noches y muchos días. Y en eso estaba cuando recibí la llamada de María. Eso, narrativamente hablando, ha venido a trastocar mis planes. No puedo concentrarme con el sentimiento de que ella puede ir volando a los separos y, al mismo tiempo, no me pregunten por qué, sé que es la única oportunidad que tengo para escribir todas estas cosas, todo lo que podría reconciliarme con el pasado y con las personas que quiero. Una cursilería, en serio. Por lo del dinero: ¿cómo conseguir tanto? Revisé mis ahorros, nada. María, ¿cómo se te ocurrió cometer semejante tontería? Me miro al espejo y me es difícil afeitarme. Estoy estreñido. Cansado. ¿Habrá robado un anillo como una forma de dcirme algo? ¿Habría un mensaje escondido en sus actos? Al menos habría querido estar ahí para ver cómo la atrapaban.
ÁLBUM
Es una foto, también, sobre el amor, en este caso sobre el amor de un hombre por una mujer (hoy día hay que ser claros), y más específicamente sobre el amor de un hijo por su madre. ¿Extraño, no? La verdad es que sí. Me cuesta trabajo reconocer que situaciones como ésta se den realmente en una época en que las madres son… bueno, personas amables que hacen lo mejor por nosotros hasta que un día simplemente ¡zaz! desaparecemos. Lo que me sucede es que cada día abro los ojos y pienso en el tiempo inapreciable que he dejado pasar y en las personas que no supe cuidar. Es un sentimiento que se abrió paso en mi cabeza y que ahora se ha afianzado con ganchos. Los siento roerme el cerebro, encajarse y esperar muy confiadamente el momento en que yo decida ocuparme de ellos. A veces, la gente que me rodea suele ser tan extraña.
Por ejemplo, ¿qué sucede con esta muchacha, María? Tiene esos ojos grandes y enigmáticos, casi vírgenes aunque sufran por el hecho de no poder mirar de frente a las personas, no obstante que al hacerlo -un movimiento brusco que le agita el cabello sobre la frente-, se vuelven vertiginosos, decididos. Por lo mismo da la impresión de ser complicada tanto como una esponja resulta sencilla a simple vista. María es pequeñita pero su cuerpo es maravilloso. Y así como su rostro mostraba exactamente que no sabría dar un paso por sí misma, sus tetas y su culo, en cambio, parecían decir todo lo contrario, o sea, sabían hacer lo que se esperaba de ellos. En orden sucesivo me atrajeron su culo, sus tetas y su sonrisa, y más adelante encontré que sus ojos eran bastante agraciados (como dije arriba) y que sus piernas, vistas de atrás cuando se echaba desnuda sobre la cama, tenía los hoyuelos de las corvas muy profundos de tal manera que uno caía en la ilusión de estar abrazando las piernas de una gordezuela.
Por supuesto tenía sus manías. Como yo, una disposición al eufemismo. La costumbre de decir con gestos lo que debería decirse con simples y llanas palabras; y un liberalismo, también, que funcionaba a ratos. A veces me pregunto si no habría llegado un momento en que ella dejó de encontrarme atractivo. Tal vez mi aspecto chinesco, el cabello cortado como bacinica. Durante un tiempo María solía enfadarse conmigo en una media de cuatro o cinco veces al día. Como la noche en que me masturbé a su lado porque ella no quiso hacer el amor y tomó un libro y se puso a leer en voz baja. Luego me ofreció un poco de papel y me dijo que no lo hiciera mientras ella leía, que le parecía una falta de respeto. Alguien querrá saber cómo aceptaba estas paranoias y les diré que así soy, nada de remilgos, siempre la vía fácil, la aceptación pasiva de los caprichos del otro. Un buen chico, la verdad. Un chico aburrido. Un chico.
Otra noche me invitó a cenar y yo me fui a la habitación a mirar la tele. Entró impetuosamente y se colocó entre el aparato y yo. Me dijo que faltaba poco y yo le dije Está bien. Salió de la habitación y cinco minutos después volvió a entrar y apagó el televisor. Se sentó junto a mí en la cama, con la pala y el tenedor desfallecientes entre sus rodillas y el cabello cayéndole por la frente. Lo primero que escuché fue un quejido, luego vi que sus hombros dieron un respingo y al final ya estaba llorando y me acusaba de ser un macho y un cerdo. ¿Por qué? si se puede saber. ¿Por qué? ¿Por qué?, me remedó, porque estás aquí viendo la televisión mientras yo estoy en la cocina. Cinco mil años de dominación, dije, consciente de que era una broma, pero su rostro se agrió, petrificado por el esfuerzo de contener tanto odio y me dijo, Mejor te vas. ¿Por qué? Estaba viendo la televisión. No hice nada. Por eso, dijo. ¿Me invitaste a cenar, cierto? Salí a la calle. Como sucede en tales ocasiones uno vuelve sobre sus pasos y a medio camino das vuelta y encuentras a tu chica que se ha vestido con lo primero que tenía a la mano y camina con pasitos rápidos y los brazos sobre el regazo para impedir que vayas a ningún lado. Normalmente. En nuestro caso yo simplemente me fui a casa y seguí viendo televisión con el sentimiento de que tenía razón, porque no es trabajo de los invitados preparar la cena ni poner la mesa aunque en las reuniones hay un montón de gente ofreciéndose a cada momento a picar los ajos o a lavar los pisos al no soportar ser invitados. Mi pasividad, en cambio, me permite poner las íes en su lugar. Supongo que en dichos momentos no comprendí que María era de esas mujeres a quienes constantemente debes decirles que las amas y las quieres y son todo para ti.
Después, a la luz de la lámpara, más bien a la luz de la reconciliación, sus ojos emitieron un destello. Fue cuando sucedieron las cosas. El final o el principio, como se quiera ver. ¿Y quién lo iba a pensar de ella? Acepto que se puede hablar de cierto misterio latente en su personalidad, incluso cierta pasión refrenada, pero eso fue demasiado.
¿Que qué hizo?, se preguntan. Pues un día se vistió muy juvenilmente, ese vestido beige que tan bien le va, se echó al brazo el pequeño bolso de cuero, entró a una joyería y robó un anillo. Me habló por teléfono desde la misma joyería. Me dijo que el anillo no había sido encontrado.
-Llovía –dijo-. Y creo que se calló cuando me eché a correr.
-¿Pero estás bien?
-Estoy bien –dijo.
Por fortuna no habían llamado a la policía y el dueño se mostraba dispuesto a negociar siempre y cuando le ofreciéramos una garantía de que repondríamos el dinero. Intenté imaginarme a María en semejante situación. ¿Quién lo habría creído? Le dije, casi en un susurro:
-¿Y para qué querías un anillo?
-No lo sé –lloriqueó-. Simplemente lo tomé, salí con él de la tienda y cuando me di cuenta era demasiado tarde y entonces me puse a correr. Tengo miedo.
El quid del asunto es el siguiente: Yo quiero a María, de verdad la aprecio. Por lo tanto, esta historia es también la historia del amor de un hombre como yo por una mujer como ella. Así de simple. Pueden ser las dos cosas, el amor de un hijo por su madre y el de un hombre por una mujer. Hace poco recordé a mamá, a papá, recordé a Sonia y a mis hermanos, recordé muchas noches y muchos días. Y en eso estaba cuando recibí la llamada de María. Eso, narrativamente hablando, ha venido a trastocar mis planes. No puedo concentrarme con el sentimiento de que ella puede ir volando a los separos y, al mismo tiempo, no me pregunten por qué, sé que es la única oportunidad que tengo para escribir todas estas cosas, todo lo que podría reconciliarme con el pasado y con las personas que quiero. Una cursilería, en serio. Por lo del dinero: ¿cómo conseguir tanto? Revisé mis ahorros, nada. María, ¿cómo se te ocurrió cometer semejante tontería? Me miro al espejo y me es difícil afeitarme. Estoy estreñido. Cansado. ¿Habrá robado un anillo como una forma de dcirme algo? ¿Habría un mensaje escondido en sus actos? Al menos habría querido estar ahí para ver cómo la atrapaban.
8 de junio de 2009
Lunes
Para ser lunes no ha estado tan mal. Al llegar a casa descrubro que 1) tengo fruta y gelatina en el refrigerador, 2) toda mi ropa está limpia y bien seca después de haberla lavado ayer, 3) los pisos están más o menos limpios, 4) no hay trastes en el fregadero, 6) hay garrafón de agua semi nuevo y 7) no me han cortado el internet a pesar de que me acaban de cortar el teléfono. Así que, en términos generales, todo parece ir bien. En el trabajo igual. No hice mucho pero estuve leyendo artículos sobre los temas más variados. Aquí una breve e interesante lista:
¿Se puede usar la crema solar del año pasado?
¿Por qué una mujer provoca y luego se echa para atrás?
Ejercicios para fortalecer el suelo pélvico.
Homeopathy kills (una historia muy triste)
Si quieres ser muy alto, extírpate los testículos: la altura exagerada de los "castrato"
Tetris del amor
The magic mountain, Aleksandar Hemon
¿Se puede usar la crema solar del año pasado?
¿Por qué una mujer provoca y luego se echa para atrás?
Ejercicios para fortalecer el suelo pélvico.
Homeopathy kills (una historia muy triste)
Si quieres ser muy alto, extírpate los testículos: la altura exagerada de los "castrato"
Tetris del amor
The magic mountain, Aleksandar Hemon
5 de junio de 2009
38
Ahora, un periodista argentino, Sebastián Contursi, se está preparando a sus 38 años para un combate pseudo oficial. En la página dedicada al boxeo de ESPN estará contando paso a paso su preparación. Dice que comenzó con 102 kilos y ahora pesa 90. Yo también tengo mi blog en el que voy dando cuenta de mis avances mínimos: Cuadernos de un aprendiz. El título está inspirado en el fantástico estudio que Loïs Waquant hizo hace unos años. Lo pueden leer en la edición de Siglo XXI. Desafortunadamente, amiguines, el blog es privado, lo que significa que no pueden leerlo. Wacquant dice que escribió más de 2000 páginas de notas para su estudio, y además leyó todo lo habido y por haber acerca de la disciplina. Yo me conformo con escribir de vez en cuando en mi blog y leer a Joyce Carol Oates, una erudita al respecto. Pero que quede claro, mi blog es más antiguo que el de Contursi. Y que quede asentado también que mi mamá dice que soy más guapo. Ciaociao.
A Clean Well Lighted Place
4 de junio de 2009
Pequeño post
Esto del box me está consumiendo algo así como el 80% de mis energías. Todas las noches tomo un libro y me siento en mi sillón a leer. No importa cuántos esfuerzos haga o cuántos cafés me tome, a los cinco minutos el libro se me cae de las manos y comienzo a roncar. Quería leer Juntacadáveres, de Onetti, pero se me cae y se me cae y no puedo hacer nada. Y Onetti exige algo así como un extra de energía mental. No es cualquier cosa. No es Mario Bellatin o algo así, que lees en una hora y luego te pones a lavar los trastes como si nada. Es otra cosa por completo.
Como bien, en serio, pero mi costumbre de desvelarme no me está haciendo ningún bien. Aún así, adoro el insoportable olor de los vestidores, el sonido de los pies y los costales y las peras y el miedillo que me entra cada vez que el entrenador manda traer las caretas y los guantes para hacer sparring. Me digo: ¿Será hoy? ¿Hoy moriré? Escribo esto ya tarde y con singular alegría porque hoy hice a un nuevo amigo en el gimnasio. Tengo algunos amigos, aunque "amigo" está por definirse. Es decir, cuando los veo nos chocamos primero las palmas y luego los puños en señal gangsta de amistad y camaradería. A veces (aunque no es correcto) nos permitimos una pausa para mirar a los que están encima del ring y hacemos comentarios sabios del tipo: "Es que ese guey no mueve la cabeza" o "Yo ya le habría partido su madre así y asá". Frases que me llenan de incierto temor porque es obvio que los golpes de allá arriba no son de a mentiras (tampoco la sangre escurriendo de la nariz) ni son como los golpecitos tontos que yo lanzo a los costales rellenos de ropa vieja. Hoy mi camarada y yo estuvimos saltando la cuerda juntos y hablamos entrecortadamente de dónde vivimos, a qué hora nos dormimos, qué clase de estiramientos son mejores, etc. Al final nuestras manos vendadas y dolidas volvieron a chocar y yo bajé a los apestosos vestidores donde guardo mis cosas y donde vive una cucaracha que estoy pensando adoptar ahora que se deje ver. En esto creo que es importante y vital tener amigos. Hay un tipo que no tiene ningún amigo porque todo el tiempo se la pasa tirando el costal. Le pega como aventándolo y por eso lo zafa de su argolla y el costal va a dar a los pies de un pro que lo mira con ojos de perdonavidas. Ese tipo, por ejemplo, no ha podido hacer amigos porque no piensa en los demás. No cede su turno para que otros entrenen. Ocupa el espacio como si estuviera solo y no pide disculpas si te pisa o te avienta el costal en la cara o usa la cuerda que ibas a usar o no se quita de las tablas para abdominales, etc. Lo más curioso es que no se da cuenta. Mira fijamente el costal y golpea lanzando quejidos tipo Rocky Balboa hasta que simplemente lo tira y lo levanta del piso quitado de la pena como si el costal no hubiera caído en las espaldas de un niño de seis años que hacía sombra por ahí. No, no pide disculpas. Lo vuelve a colocar en su argolla y y sigue empujando. No me extrañará nada cuando un día de estos decidan subirlo al ring para hacerlo entrar en razón.
En fin, que estoy bajo de energías porque me desvelo y por eso no he podido escribir mucho en este tiempo. Y además, el trabajo no es como en Sillicon Valley. De hecho es un estado policial y el mejor ejemplo de por qué este bendito país está como está. Pero voy a hacer un esfuerzo. Estoy leyendo Seda, de Baricco, y ya llevo como una semana con el libro. Me tardo como tres minutos en cada página y al cabo de diez páginas ya me quiero dormir. Eso no quiere decir que no me esté gustando. Al contrario, es tan bueno como decían mis amigas. Espero comentar algo al respecto. Buenas noches.
Como bien, en serio, pero mi costumbre de desvelarme no me está haciendo ningún bien. Aún así, adoro el insoportable olor de los vestidores, el sonido de los pies y los costales y las peras y el miedillo que me entra cada vez que el entrenador manda traer las caretas y los guantes para hacer sparring. Me digo: ¿Será hoy? ¿Hoy moriré? Escribo esto ya tarde y con singular alegría porque hoy hice a un nuevo amigo en el gimnasio. Tengo algunos amigos, aunque "amigo" está por definirse. Es decir, cuando los veo nos chocamos primero las palmas y luego los puños en señal gangsta de amistad y camaradería. A veces (aunque no es correcto) nos permitimos una pausa para mirar a los que están encima del ring y hacemos comentarios sabios del tipo: "Es que ese guey no mueve la cabeza" o "Yo ya le habría partido su madre así y asá". Frases que me llenan de incierto temor porque es obvio que los golpes de allá arriba no son de a mentiras (tampoco la sangre escurriendo de la nariz) ni son como los golpecitos tontos que yo lanzo a los costales rellenos de ropa vieja. Hoy mi camarada y yo estuvimos saltando la cuerda juntos y hablamos entrecortadamente de dónde vivimos, a qué hora nos dormimos, qué clase de estiramientos son mejores, etc. Al final nuestras manos vendadas y dolidas volvieron a chocar y yo bajé a los apestosos vestidores donde guardo mis cosas y donde vive una cucaracha que estoy pensando adoptar ahora que se deje ver. En esto creo que es importante y vital tener amigos. Hay un tipo que no tiene ningún amigo porque todo el tiempo se la pasa tirando el costal. Le pega como aventándolo y por eso lo zafa de su argolla y el costal va a dar a los pies de un pro que lo mira con ojos de perdonavidas. Ese tipo, por ejemplo, no ha podido hacer amigos porque no piensa en los demás. No cede su turno para que otros entrenen. Ocupa el espacio como si estuviera solo y no pide disculpas si te pisa o te avienta el costal en la cara o usa la cuerda que ibas a usar o no se quita de las tablas para abdominales, etc. Lo más curioso es que no se da cuenta. Mira fijamente el costal y golpea lanzando quejidos tipo Rocky Balboa hasta que simplemente lo tira y lo levanta del piso quitado de la pena como si el costal no hubiera caído en las espaldas de un niño de seis años que hacía sombra por ahí. No, no pide disculpas. Lo vuelve a colocar en su argolla y y sigue empujando. No me extrañará nada cuando un día de estos decidan subirlo al ring para hacerlo entrar en razón.
En fin, que estoy bajo de energías porque me desvelo y por eso no he podido escribir mucho en este tiempo. Y además, el trabajo no es como en Sillicon Valley. De hecho es un estado policial y el mejor ejemplo de por qué este bendito país está como está. Pero voy a hacer un esfuerzo. Estoy leyendo Seda, de Baricco, y ya llevo como una semana con el libro. Me tardo como tres minutos en cada página y al cabo de diez páginas ya me quiero dormir. Eso no quiere decir que no me esté gustando. Al contrario, es tan bueno como decían mis amigas. Espero comentar algo al respecto. Buenas noches.
3 de junio de 2009
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