Me puse a leer este breve artículo de Alejandro Zambra por el post del buen Gonzalo Baeza. Durante septiembre he leído unos veinte artículos sobre Bolaño, casi siempre mifificadores y casi nunca críticos o negativos. Pero últimamente algunos han comenzado a poner signos de interrogación a la recepción de Bolaño en Estados Unidos (a la recepción comercial, repito, no a la obra en sí) y eso ha provocado, como bien señala Gonzalo, protestas chauvinistas bastante delirantes. Zambra se rasga las vestiduras porque Ford, que visitó Chile, consideraba sobrevalorado a Bolaño en Estados Unidos y decía, como único argumento, señala Zambra, que Los detectives salvajes era una novela demasiado larga. Y por eso, Zambra titula su post (hiperbólicamente) "Historia universal de la envidia" y tacha a Ford de engolosinado consigo mismo y con su literatura y, sobre todo, de envidioso de la fama de Bolaño. Y sólo por eso. Si Zambra conociera un poco a Ford habría dudado dos veces antes de escribir eso. Sus opiniones, dice, son mezquinas y atarantadas. Yo creo que Ford está en todo su derecho de opinar lo que quiera sobre Bolaño. Lo que sucede es que Zambra vive en una especie de nuevo Mundo feliz en el que la crítica y las posiciones personales existen de verdad muy poco. Esta nueva edad dorada ha sido ensalzada por la marea de encuentros literarios y festivales, de antologías, etc., que han llevado a varios grupos de escritores a renunciar por completo a cualquier clase de crítica en nombre de la preciosa y conveniente amistad. Los escritores latinoamericanos se alaban a sí mismos y a sus amigos escritores con una facilidad que no cabe en alguien como Ford o Bolaño.
A Zambra parece incomodarle que alguien ponga en entredicho la recepción de Bolaño como producto del vil marketing. No es tan raro, si lo piensan. Piensen en Bellatin, por ejemplo. Entre Ford y Zambra, veo más pagado de sí mismo a Zambra que al mismo Ford, cuya obra es grandiosa y que no ha lanzado frases envidiosas a su contemporáneo y amigo (y sin duda más famoso) Raymond Carver. Zambra escribe la defensa de Bolaño (él cree que necesita una defensa) en pago a la figura paterna de Bolaño, que abrió las puertas de muchos escritores latinoamericanos en Estados Unidos. Pero se olvida que en la literatura, como en todas las cosas, la gente puede pensar diferente sin por ello ser mezquino o envidioso. Pero los jóvenes escritores que se la viven en festivales, encuentros y antologías no comprenden esto o lo comprenden sintiéndose profundamente ofendidos si alguien opina negativamente de sus obras o de las de sus amigos. Chéquense el Moleskine Literario, por ejemplo, donde todo es feliz y hermoso. En lo personal creo que la gente debe relajarse respecto de Bolaño.
28 de septiembre de 2009
21 de septiembre de 2009
Norman Mailer (2)
A lo largo de los años, he descubierto una regla. Es lo único que doy en esas ocasiones en que hablo sobre la escritura. Es una regla siemple. Si te dices a ti mismo que vas a estar ante el escritorio mañana, con esa declaración le estás pidiendo a tu inconsciente que prepare el material. En efecto, estás celebrando un contrato para recoger tales objetos de valor en un tiempo acordado. Cuenta conmigo, le estás diciendo: estaré allí para escribir. El punto es que tienes que mantener unas relaciones confiables. Si te levantas por la mañana con resaca y no puedes ponerte a trabajar literariamente, tu inconsciente, después de fallar varias veces en aparecer, se retirará.
ES probable que tu inconsciente nunca esté demasiado enamorado de ti. La batalla entre el ego y el inconsciente es, creo, una guerra de cierta dimensión. En mucha gente equivale a un matrimonio infeliz, y después de todo, los matrimonios dependen de la confianza. Los matrimonios infelices dependen inmensamente de la poca confianza mutua que haya. Así que tienes que establecer relaciones decentes con tus profundidades trabajadoras, y podrías reconocer que es posible que este procedimiento sea tan difícil de lograr como cualquier unión a largo plazo con alguien que está afuera de tu piel.
La presencia inconsciente interior puede tener tantos intereses, principados, abismos, terrores, submundos, otros mundos y ambiciones como tú mismo. Tu inconsciente puede incluso tener ambiciones que no son las tuyas. Para fines prácticos, puede valer la pena pensar en él como en una criatura separada. Si estás dispuesto a mirar tu inconsciente como una presencia curiosa y semialienada en ti mismo, con quien tienes que mantener relaciones decentes -si eres capaz de verte a ti mismo como una especie de general descuidado (o de la vieja escuela aristocrática) el imaginar al inconsciente como tu cohorte de tropas a menudo revoltosas-, entonces, obviamente, no te atreverás a tener esas tropas bajo la lluvia demasiado tiempo; por cierto, no en el comienzo de cualquier canpaña seria. Por el contrario, haces un pacto: "Trabaja para mí, lucha por mí, y te honraré y respetaré".
Para repetirlo, la regla es que si te dices a ti mismo que vas a escribir mañana, entonces, no importa lo mala que sea la resaca o lo prometedora que sea una invitación repentina por la mañana para hacer algo más disfrutable. No, te sientas on diligencia, como un esclavo, y trabajas. Esta orden es del todo antirromántica en espíritu. Pero si te sometes a esta imposición, este decreto que te obliga a ser confiable, entonces, después de cierto periodo de tiempo, -puede llevar semanas o más- el inconsciente, cuidando sus desilusiones, puede empezar a confiar otra vez en ti.
Esta es una carga para los escritores jóvenes que no sólo son ambiciosos sino lo bastante desenfrenados como para sentir que su desenfreno forma parte de su talento. Odian someterse a la mano pesada (esa horrenda, severa, inflexible exigencia de moderación) y obedecer la rega de que tienes que presentarte.
Por otro laldo, a veces puedes decirte: "Mañana no voy a trabajar", y el inconsciente, incluso a esta altura puede estar bastante de acuerdo contigo como para no inundarte la mente de material brillante y demasiado perecedero. Eso también es importante. Porque en el transcurso de salir y tener el día y la noche animados a los que tienes derecho, no quieres seguir teniendo ideas sobre el libro en el que estás. En realidad, si eres capaz en tu día libre de evitar el estado desagradable de verte invadido por pensamientos sobre tu obra en desarrollo cuando no tienes una pluma en la mano, entonces has llegado a una de las disciplinas del escritor auténtico.
La regla en una cápsula: si no logras presentarte por la mañana después de que juraste que estarías en tu escritorio cuando te fuiste a dormir anoche, entonces, andarás dando vueltas con hormigas en el cerebro. Regla general: la inquietud mental puede medirse por la cantidad de promesas que no cumples.
ES probable que tu inconsciente nunca esté demasiado enamorado de ti. La batalla entre el ego y el inconsciente es, creo, una guerra de cierta dimensión. En mucha gente equivale a un matrimonio infeliz, y después de todo, los matrimonios dependen de la confianza. Los matrimonios infelices dependen inmensamente de la poca confianza mutua que haya. Así que tienes que establecer relaciones decentes con tus profundidades trabajadoras, y podrías reconocer que es posible que este procedimiento sea tan difícil de lograr como cualquier unión a largo plazo con alguien que está afuera de tu piel.
La presencia inconsciente interior puede tener tantos intereses, principados, abismos, terrores, submundos, otros mundos y ambiciones como tú mismo. Tu inconsciente puede incluso tener ambiciones que no son las tuyas. Para fines prácticos, puede valer la pena pensar en él como en una criatura separada. Si estás dispuesto a mirar tu inconsciente como una presencia curiosa y semialienada en ti mismo, con quien tienes que mantener relaciones decentes -si eres capaz de verte a ti mismo como una especie de general descuidado (o de la vieja escuela aristocrática) el imaginar al inconsciente como tu cohorte de tropas a menudo revoltosas-, entonces, obviamente, no te atreverás a tener esas tropas bajo la lluvia demasiado tiempo; por cierto, no en el comienzo de cualquier canpaña seria. Por el contrario, haces un pacto: "Trabaja para mí, lucha por mí, y te honraré y respetaré".
Para repetirlo, la regla es que si te dices a ti mismo que vas a escribir mañana, entonces, no importa lo mala que sea la resaca o lo prometedora que sea una invitación repentina por la mañana para hacer algo más disfrutable. No, te sientas on diligencia, como un esclavo, y trabajas. Esta orden es del todo antirromántica en espíritu. Pero si te sometes a esta imposición, este decreto que te obliga a ser confiable, entonces, después de cierto periodo de tiempo, -puede llevar semanas o más- el inconsciente, cuidando sus desilusiones, puede empezar a confiar otra vez en ti.
Esta es una carga para los escritores jóvenes que no sólo son ambiciosos sino lo bastante desenfrenados como para sentir que su desenfreno forma parte de su talento. Odian someterse a la mano pesada (esa horrenda, severa, inflexible exigencia de moderación) y obedecer la rega de que tienes que presentarte.
Por otro laldo, a veces puedes decirte: "Mañana no voy a trabajar", y el inconsciente, incluso a esta altura puede estar bastante de acuerdo contigo como para no inundarte la mente de material brillante y demasiado perecedero. Eso también es importante. Porque en el transcurso de salir y tener el día y la noche animados a los que tienes derecho, no quieres seguir teniendo ideas sobre el libro en el que estás. En realidad, si eres capaz en tu día libre de evitar el estado desagradable de verte invadido por pensamientos sobre tu obra en desarrollo cuando no tienes una pluma en la mano, entonces has llegado a una de las disciplinas del escritor auténtico.
La regla en una cápsula: si no logras presentarte por la mañana después de que juraste que estarías en tu escritorio cuando te fuiste a dormir anoche, entonces, andarás dando vueltas con hormigas en el cerebro. Regla general: la inquietud mental puede medirse por la cantidad de promesas que no cumples.
-Norman Mailer
17 de septiembre de 2009
Norman Mailer
Un hombre pone su carácter en juego cuando escribe una novela. Todo lo que en él es perezoso, o meretricio, o poco maduro, complaciente, temeroso, ambicioso en exceso, o aterrado por la lógica final de su exploración puede quedar revelado en su libro. Algunos escritores tienen la habilidad de ocultar sus debilidades; algunos tienen cierto genio para convertir una debilidad en un manierismo de estilo aceptable. No obstante, ningún novelista puede escapar del todo de su propio carácter. Tal vez sea esta la peor noticia que un escritor joven puede oír.
-Norman Mailer
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