24 de abril de 2010

Sábado por la mañana

Hace muchos años un primo me enseñó a tomarme el pulso al despertar por la mañana. La idea es que es el mejor momento para hacerlo y con ello puedes hacerte una idea del avance en tu condición física. (idea, idea, lo sé). En fin. Lo digo porque hoy me desperté con el ritmo cardiaco altísimo. Abrí los ojos y sentí el golpeteo de mi corazón y al mismo tiempo sentí un enorme alivio de estar en mi casa, en mi cama, no muy lejos de mi adorada pantalla de televisión. Me sentía así porque tuve uno de los sueños más estresantes de los que tenga memoria. Para no hacerla más larga, soñé que era terrorista, o más bien que la gente pensaba que yo era un terrorista por lo siguiente: El sueño comienza cuando salgo de casa de mi madre con una carreola. No iba ningún niño en la carreola pero en ese momento me di cuenta que no llevaba calcetines así que dejé la carreola frente a la casa de al lado y regresé a mi casa a ponerme calcetines. Es entonces cuando todo explota en la casa de al lado. Forward. En las noticias sale un video en el que se puede ver desde arriba a un tipo (yo) que deja una carreola que luego explota frente a la casa de al lado. No recuerdo si hubo muertos. Lo único que recuerdo es que durante las siguientes horas los amigos se la pasan escondiéndome en cisternas vacías, baños apestosos, entre arbustos, arena, etc. Incluso recuerdo haber ofrecido una especie de entrevista clandestina a mi amiga Mariana, en la que le decía que yo no era un terrorista y que la carreola no llevaba explosivos. Esta imagen debe haberla creado mi subconsciente a partir de The Quiet American, de Graham Greene, por el asunto de las bicis con explosivos. Total, los soldados me persiguen y yo me escondo. Me tardaría muchísimo describiendo varias de las imágenes que experimenté durante el sueño. La mejor de ellas fue cuando descubrí, en mi sueño, que mi amiga Ingrid vivía como clochard junto a un río. Vivía junto al río pero en la terraza de un restaurante, y por eso las mesas del restaurante eran su comedor y ahí recibía a los amigos y los convidaba con vino y bocadillos. El río que pasaba junto al restaurante se encontraba con el mar apenas a unos metros, así que mientras platicábamos olas gigantescas azotaban contra el restaurante y luego se calmaban  al llegar al río. Nada que sirviera para tranquilizarme. Los soldados y los policían siguieron pesiguiéndome. Y cuando parecía no tener escapatoria me desperté. 
En materia de sueños, por cierto, un sueño con muchas variaciones me ha perseguido toda la vida: sueño que presencio castástrofes aéreas, aviones que explotan en el aire, o que chocan o caen. Siempre lo atestiguo mientras camino tranquilamente por la calle.

23 de abril de 2010

La crítica profética

Supongo que se debe a que vivimos en tiempos posmodernos, o quizá es una escuela teórica de la que nadie me habló en la escuela (no me hablaron de muchas, la verdad), pero hay un movimiento entre los críticos y reseñistas actuales que le da mucha importancia a la profecía, a una suerte de visión que deben recibir vía ondas espirituales como si fueran ellos esas esas antenas puras nerudianas que pueden ver más allá de lo evidente. Sus frases son del tipo: "Esto morirá" o "esto perdurará", "esto ganará", "esto perderá", etc.

Aunque sus visiones son respetables, creo con toda humildad que estos críticos y reseñistas olvidan lecciones importantes que nos ha dejado la historia, a saber: que la gente se vuelve loca, se quita la vida, abre un negocio, se vuelve adicta, cambia de oficio, o simplemente no se da a sí misma tanta importancia. A Kennedy le auguraron el futuro más prometedor del mundo y miren, le sacaron los sesos; y Colosio, ¿lo recuerdan? Se prometió de él que nos cambiaría la vida y también le sacaron los sesos. Los escritores pierden los sesos también, cuando los publica una editorial de prestigio o cuando finalmente han juntado el dinero suficiente para comprarse un teatro en casa state of the art.    

14 de abril de 2010

You coulda been a contenda

Diana y yo fuimos al gimnasio de Ana María "La Guerrera" Torres. Abajo ella en su visita al famoso gimnasio Romanza, en el oriente de la ciudad. Ya sé que me veo muy mal junto a Ana María. 
Con Ana María "La Guerrera" Torres, campeona mundial de peso supermosca del CMB, en su gimnasio en Ciudad Neza.

Diana con Juan Manuel "Dinamita" Márquez en el Romanza, de Nacho Beristáin

Juan Manuel "Dinamita" Márquez. Campeón mundial de peso pluma de la FBI, la AMB y la OMB; campeón superpluma del CMB, y campeón de peso ligero de la AMB, la OMB y de Ring Magazine. Durante muchos años el segundo mejor peleador libra por libra del mundo sólo detrás del PacMan.

6 de abril de 2010

Saul Bellow: cinco años

Pensamientos dispersos sobre Saul Bellow a cinco años de su muerte

A veces son unos pocos actos o palabras los que sirven para retratar toda una vida. En el caso de Saul Bellow no puede ser esto más cierto y más falso, por partida doble. Es cierto porque los últimos años de su vida estuvieron marcados por hechos y declaraciones que lo colocaron en el ala conservadora de la cultura estadounidense, en enfrentamientos con intelectuales judíos que veían en el elitismo artístico de Bellow una suerte de chochez típica de los viejos escritores judíos de posguerra. Bellow mismo no hizo realmente mucho para contrarrestar esta imagen. En 1996 abandonó a su agente literario de toda la vida, su amiga y "mánager" Harriet Waserman, por el agente Andrew Wyllie, famoso desde entonces por saber atraer a los escritores con grandes adelantos y promesas (hoy día más famoso aún por haber conseguido los derechos de la obra de Roberto Bolaño), provocando toda suerte de declaraciones en su contra. La respuesta de Waserman (en Handsome Is: Adventures with Saul Bellow: A Memoir) sirvió de mucho para congelar la imagen de un Bellow genial, humoroso y sofisticado, pero ciertamente pagado de sí mismo. Otras declaraciones suyas le valieron epítetos que parecían tenerlo sin cuidado: misógino, elitista, homófobo, etc. En un ensayo de 1992 Bellow daba a entender que el precio de "pensar por uno mismo" consistía a veces en tocar fibras sensibles y recibir la cuota que cobran aquellos hombres y mujeres de avanzada que están siempre a favor de todas las buenas causas: justicia, caridad, compasión por los sometidos y abusados, y en contra de todas las malas: racismo, sexismo, discriminación, imperialismo, colonialismo, explotación, tabaquismo, acoso, etc. Su broma iba así: "Estoy a favor de todas las causas buenas y en contra de todas las malas". Pero nadie se reía de la broma. Sus enemigos crecieron: los pacifistas, los intelectuales de Nueva York, las feministas, el multiculturalismo, el posmodernismo, Norman Mailer. etc., etc.

Por otra parte, las frases y los actos políticamente incorrectos (Atlas describe una cena en la Casa Blanca durante la etapa crítica de la guerra de Vietnam, por ejemplo) no son suficientes para iluminar al autor de Herzog. Según el consenso, fue sobre todo un gran creador de personajes. Sus novelas tienen por título el nombre de sus atribulados protagonistas, Herzog, Augie, Ravelstein, Mr. Sammler, Humboldt. Hay en sus novelas una suerte de eterno aprendizaje de la vida y un cierto escepticismo ante la cultura. Aunque sus novelas están atiborradas de antroposofía, filosofía, antropología, historia, etc., los intelectuales de altos vuelos que rondan por sus páginas no pueden sostener la batalla contra la lucha cotidiana de todos los días. No importa cuántos libros hayan leído, la vida siempre tendrá una sorpresa a la vuelta de la esquina. Es por eso que en Bellow rezuma no tanto el olor de los libros viejos como el olor de la calle (las tardes de deshielo en Chicago, los paseos en tranvía, los mafiosos de medio pelo, etc.). Aunque él mismo era un intelectual de altos vuelos parecía encantarle burlarse de los intelectuales y confrontarlos con su opuesto, el hombre educado en la calle, vivo, sabio a su manera, malencarado, irrespetuoso (En su mejor relato, por ejemplo, "Something to Remember Me By", el chico que lleva hojas sueltas de antroposofía en los bolsillos del abrigo es engañado por una banda y dejado en cueros en una sucia habitación).

Sobre su estilo y su humor no puedo agregar nada que no haya sido dicho ya. Como rápido ejemplo puedo citar el primer párrafo de su última novela, escrita cuando Bellow tenía 85 años de edad, y en el que se puede apreciar su maestría para mezclar la historia, el humor y las ideas:
Odd that mankind's benefactors should be amusing people. In America at least this is often the case. Anyone who wants to govern the country has to entertain it. During the Civil War people complain about Lincoln's funny stories. Perhaps he sensed that strict seriousness was far more dangerous than any joke. But critics said that he was frivolous and his own Secretary of War referred to him as an ape.
Todo esto para sorprenderme de que Bellow sea tan poco leído estos días. Aventurar una respuesta al por qué Bellow ha interesado poco los últimos años sería aspirar a mucho. Es más fácil responder como lector qué es lo que gana uno si lee a Bellow. Vistas con los estándares de hoy, hasta sus novelas menores, por así decir, son una obra maestra. More Die of Heartbreak, por ejemplo, la escribió en sólo seis meses, apurado por un contrato, y resulta si no una gran novela, una gran novela. Leer Herzog es realmente una experiencia. Es la clase de novela que provoca entre los amigos una cascada de recuerdos memorables sobre las divertidas escenas que tienen lugar entre Moses Herzog, Madeleine y Valentin Gerbasch. Lo mismo sucede con Humboldt's Gift. Uno no puede hablar de la novela sin reírse, sin sorprenderse de la habilidad de Bellow para mezclar lo "eyebrow" y lo "lowbrow". Uno habla con los amigos de estas novelas no en tono academicista, sino: "¿Y qué tal cuando Cantabile rompe el parabrisas del Mercedes Benz de Charlie Citrine?"

Para muchos, sin embargo, la quintaesencia de Bellow radica en sus cuentos. Y creo que esa es la mejor manera para entrar a su mundo. Aunque siempre fue un partidario de la máxima chejoviana de "escribe tan corto como puedas", su estilo era tan autoregenerador que corto era, para Bellow, algo más bien largo. En alguna parte de sus Diarios Cheever reacciona religiosamente ante esos poderes creativos, que nota en Bellow más que en nadie. Lo atemoriza incluso estar en la misma habitación que él. (Bellow, por su parte, siempre fue un admirador de Cheever). Leer cuentos como "Something to Remember Me By", "The Silver Dish", "The Bellarosa Connection" o "The Theft" es entrar a un mundo de perenne vitalidad, riqueza verbal, humor y sabiduría narrativa.

Para poner a Bellow en una perspectiva actual es mejor citar el comienzo del prólogo de James Wood a los relatos reunidos:
Every writer is eventually called a “beautiful writer,” just as all flowers are eventually called pretty. Any prose above the most ordinary is applauded; and “stylists” are crowned every day, of steadily littler kingdoms. Amidst this busy relativity, it is easy to take for granted the immense stylistic powers of Saul Bellow . . .
Y es verdad, hoy en día cualquier escritor con una prosa mediana capaz de aventarse un performance de diez minutos es llamado un buen escritor, incluso un escritor original.

2 de abril de 2010

Leyendo a Chéjov

La justicia poética. Algunos escritores pagan sus deudas en vida, a veces sin razón y en ocasiones con toda la razón del mundo. Por ejemplo, Sir Vidia. Conozco a mucha gente que sin haber leído las novelas de Naipaul es capaz de recitar cada una de sus mezquindades gracias al talento vindicatorio de Paul Theroux. Bellow se tragó el libro que escribió su editora de treinta años, Harriet Wasermann, que lo pinta como un ser encantador y sofisticado y también malagradecido, egoísta y sumamente pagado de sí mismo. O Roth, a través del libro (que no he leído) que escribió Claire Bloom, en el que narra lo horrible que era vivir junto a semejante hombre. A Salinger le pasó lo mismo, y sólo menciono estos nombres porque son los que conozco.
La figura de Chéjov, sin embargo, sólo ha producido libros bellos, hasta donde sé. El mismo conde Tolstoi no pudo resistirse a su encanto y dijo, según Gorky, que era un hombre hermoso, adorable como una muchacha. "Camina incluso como una muchacha", añadió. No he encontrado, a la fecha, mezquindad ni contrariedad cada vez que un escritor habla de Chéjov. Algunas muchachas llegaron incluso a publicar libros sobre relaciones imaginarias con Chéjov. El retrato de Nemirovky es bello por su prosa y por la manera en que desgrana la vida y obra de Anton Pavlovich. No he leído aún el libro de Natalia Ginzburg pero al rato me lo prestarán, así que remediaré eso por la tarde noche. El libro que ahora leo, de Janet Malcolm, narra un viaje por Yalta, Moscú y San Petersburgo iluminado por la lectura de Chéjov. Para quienes han sucumbido al encanto de "La dama y el perrito" es puro placer. En este ir y venir entre la biografía, la memoria, el reportaje y el ensayo crítico, Malcolm hace una lectura moral de Gurov y Anna que no había leído en ninguna parte. Los últimos ensayos que me han dejado muy intrigado respecto de la influencia de Chéjov (y en ocasiones, tristemente la falta de influencia) fueron lo que James Wood le dedicó en The Broken State, "What Chekhov Meant by Life" y en How Fiction Works, ambos interesados más en la capacidad para el detalle de APC, y en la manera en que Chéjov introdujo esos personajes que parecían estar en su propio mundo, personajes que provocaban la cólera de lectores contemporáneos y les hacían decir: "¿Y qué demonios tiene que ver  con la historia ese tipo que recuerda a su tía que mataba gallinas?" Lo que Wood dice es que el realismo de Chéjov es aún más trascendental, más real, por así decir, porque es capaz de crear personajes que pueden darse el lujo de ser ellos mismos dentro de una ficción. Sentido restringido, por supuesto.
El libro de Malcolm es, también, limitado. El tema de su libro ya es de mucha ayuda, y a veces uno tiene la sensación de que Malcolm nos está vendiendo un producto que es vendible de por sí: un libro sobre Chéjov, y sobre la experiencia rusa. Pero la primera parte, al menos, de su estancia en Rusia, está dictada por las guías de turistas que le toca en suerte conocer, y no sé si a eso puede llamársele propiamente una experiencia rusa. La conclusión es que su viaje por Rusia no añade realmente mucho a su exploración crítica de la obra de Chéjov. Su sola lectura habría ya valido la pena, y no sé si encontrar momentos chejovianos en sus paseos turísticos sea necesario. Con todo es un libro muy ameno que estoy disfrutando mucho mientras Travis me molesta y Diana lee un libro sobre correr que le compré hace poco.