Parece que ya están circulando Los cuentos reunidos de Leonard Michaels, editados por Lumen y traducidos por Aurora Echevarría, que también ha traducido obras de James Baldwin y Steven Milhauser, entre muchos otros. Recuerdo que hace como cuatro años traduje para HermanoCerdo una historia suya fascinante, en serio, llamada "Viva la Tropicana", a la fecha uno de mis cuentos favoritos. Aquí la introducción que escribí y un fragmento del cuento:
VIVA LA TROPICANA
Durante mucho tiempo soslayado como uno de los maestros del relato, en lengua española Leonard Michaels es practicamente desconocido. Su invisibilidad no deja de ser coherente en una época en la que rutinariamente aparecen nuevos maestros bisoños del relato. Como Donald Barthelme, Michaels tenía la virtud de reinventar sus relatos sin nunca dejar de ser él mismo. “Viva la Tropicana” no es un cuento que uno pueda tildar como característicamente suyo; no es como el resto de sus relatos (sólo “Second Honeymoon” tiene un aire parecido) y ni siquiera como sus libros de más extensión (Silvya o Men’s Club, por ejemplo), pero en él se advierte su capacidad de evocar una época y un ambiente y de ser, al mismo tiempo, visionariamente posmoderno y artísticamente tradicional.
Como pequeño homenaje publicamos este cuento que apareció en el número 8 de nuestra revista, en un ya lejano octubre de 2006.
*
antes de la Segunda Guerra Mundial, Cuba era conocida principalmente por el azúcar y por el sexo, aunque también había una playa muy popular de arena importada de Florida, y grandes hoteles como el Nacional donde por diez dólares podías conseguir una habitación con vista a la bahía, y casinos manejados por gángsters americanos cuyos rostros aparecían en la revista Life, como Meyer Lansky y mi tío, Zev Golenpolsky, que podía multiplicar grandes sumas en su cabeza y abrir un candado con las manos. Como fuera, los habaneros celebraban a Zev por su baile -rumba, mambo, cha-cha-chá-, ritmos que se escuchaban cada noche en Nueva York, Miami, Ciudad de México, y en casi todos los lugares de Centroamérica y algunos de América del Sur, donde Zev había viajado como bailarín de exhibición hasta que lo atrapó el gusto por los peces gordos de la mafia, y pronto estaba haciendo algo más que bailar.
Cuando venía de la Habana, Zev se quedaba en Manhattan con nosotros. Amaba a mi madre, Rosey, viuda del gemelo de Zev, mi padre. Cuando murió en un accidente de avión, de regreso de una convención de editores de revistas en Chicago, Zev se afligió mucho más que yo. Apenas conocí a mi padre. Él y mi madre, que era muda, habían vivido separados desde que yo tenía cinco años. Así que no me afligí mucho, pero ver a mi tío donde una vez había visto a mi padre era moralmente inquietante, especialmente cuando se veían igual. El apacible hombre de negocios fue remplazado por el bailarín y gángster. Inquietante, aunque casi siempre pareció natural pues Zev había estado visitándonos desde que tengo memoria. Creo que Zev siempre amó a mamá, o amó tanto a su hermano que no pudo que no pudo mantener las manos lejos de su viuda. No gastaba el tiempo en Brooklyn, con su propia esposa e hijo.
Después de la cena, me iba a mi habitación a hacer tarea. Zev permanecía con Rosey sentado a la mesa de la cocina. Fumaban y él hablaba. Yo escuchaba el ruido del encendedor, una cuchara tintineando contra una salsera, y el duro y lento zumbido de la voz de Zev. Mi madre lo dejaba hablar la mitad de la noche, aunque debía levantarse temprano para ir a trabajar a Ludmilla´s, fabricante de vestidos. Ella era una sastre que podía reproducir de memoria lo que sea que viera en un desfile de modas, y hacer cambios en el diseño sin pérdida del estilo. También tomaba decisiones sobre telas y construcciones que ahorraban en los costos de manufactura.
(Seguir leyendo)





