27 de agosto de 2010
19 de agosto de 2010
12 de agosto de 2010
Leyendo los primeros libros de tres buenos amigos
Camanchaca, de Diego Zúñiga
Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos
País de hartos, de Ulises González
2 de agosto de 2010
Pequeño post
Es hora de irse a dormir. Y ahora Travis está en el sillón, durmiendo a pata suelta, literalmente, aunque supongo que entre sueños se mantiene vigilante y al tanto del menor movimiento mío o de Diana, para seguirnos adonde quiera que vamos, a la cocina, al baño, al estudio, a la recámara. Cuando nota que nos preparamos para dormir, él también hace lo propio y se va a algún sofá o a mi sillón de lectura y acuesta de cualquier modo posible, como cuando los niños se quedan dormidos en las posiciones más inverosímiles. Diana, mientras tanto, está en la habitación y de pronto escucho que tose o que se remueve en la cama. Los dos estamos muy cansados. Hoy por la mañana no nos levantamos lo temprano que habríamos querido porque ayer fuimos a una fiesta de XV años y nos dormimos tarde. La alarma sonó a la 8:30 y le dije que ya era tarde pero ella me dijo que eso no era tarde, en alusión a que era domingo, supongo, y además sólo lo dije porque no me quería levantar, quería quedarme ahí, junto a ella, y dormir hasta que me doliera la espalda o hasta que mi sentido de la rectitud me dijera: Es hora de levantarse. Por la ventana vi que el día estaba ligeramente nublado y eso me dio ánimos. Dejamos pasar una hora más y finalmente Diana se levantó, se puso los shorts y los tenis, la playera y me dijo que me levantara. Todavía me quedé unos quince minutos en la cama a pesar de que Travis comenzó a molestarme y a morderme los dedos de los pies y a rascar el lado de la cama porque simplemente le daba la gana. Todavía tiene un ego muy grande y cree que debemos hacerle caso todo el tiempo. Pero yo lo corro, le pido que me deje vestir y le cierro la puerta en las narices, literalmente.
Como era tarde, Diana decidió que lo mejor era ir a correr a los Viveros, porque es más fresco y la tierra es suave y no hay subidas de ningún tipo. Fui al refrigerador por las botellitas de pedialyte que había preparado la noche anterior y la coloqué en el cinturón, donde también había guardado algo de dinero y un par de geles con un montón de glucosa y carbohidratos para no desfallecer a mitad del ejercicio. A un mes y medio de la carrera, me hice a la idea de que este día tenía algo de especial; es un pico en el entrenamiento que luego irá progresivamente en descenso hasta el día del maratón. Diana debía correr 16 kilómetros y yo 32. Al salir a la calle sentimos el aire fresco del día nublado. Enfrente ya había dos o tres autos japoneses, estacionados frente a la iglesia de alguna religión oriental que no me he tomado la molestia de averiguar.
Nos fuimos al parque y mientras Diana manejaba me dieron ganas de leerle unas páginas de la novela que leo ahora. Ya en el parque nos desentumimos un poco, vimos las ardillas, la gente y finalmente activamos los relojes y echamos a correr. Durante las primeras vueltas sentí que todo iba a ser un desastre. D. tiene esta costumbre de comenzar muy rápido y eso me descontrola, o es que al intentar llevar su ritmo pierdo mi propio paso y me siento fuera de balance, con una idea poco clara de a qué velocidad voy, si es la correcta o no, o si doy pasos muy cortos o muy largos; después de un rato sentí que la luz que se colaba entre los árboles me dejaba lamparazos que tardaban en borrarse y que ese entrar y salir de las sombras me perturbaba un poco. De pronto me sentí como borracho, como si estuviera corriendo en un pasillo muy estrecho y lleno de gente y experimenté algo parecido a la claustrofobia, hasta que respiré hondo unas cuantas veces y miré a D para ver cómo estaba. Según George Sheehan el cuerpo tarda unos diez minutos y un grado de temperatura para entrar en esa zona en que uno por fin siente que la sangre llega a los músculos y por la piel corre un ligero vaho de sudor. Cuando sentimos eso, dice, es que hemos encontrado el segundo aire y entonces uno puede adecuarse a la velocidad que mejor convenga. Yo digo que ese es el momento en que uno puede relajarse y sentir que de verdad está corriendo, pero el segundo aire me sigue siendo mítico como el hipogrifo. En fin, cuando ese momento llegó dejé de mirar a las personas que corrían a mi alrededor y comencé a pensar en tiempos y vueltas; usualmente soy yo quien cuenta las vueltas y checa el reloj. D. tiene esta capacidad de echarse a correr y olvidarse de contar vueltas; incluso le molesta que yo las vaya diciendo en voz alta, porque efectivamente es estúpido, pero a mí me gusta pasar el tiempo corriendo ya haciendo cálculos de en cuántp tiempo llegaremos a nuestra meta, o en cuánto tiempo hemos corrido los diez kilómetros, etc., como cuando estoy leyendo y una frase me hace pensar en cómo pienso que quedará un cuento, o determinada parte de un cuento. Por supuesto, lo que yo me imagino nada tiene que ver con la realidad.
A los nueve kilómetros saqué un gel del cinturón y Diana se comió una mitad y yo otra mitad. Por momentos íbamos a un ritmo que me asustaba, porque cuando ella se detuviera a mí me faltarían otros 16 kilómetros y no quería desfallecer. Otra de las maneras que tengo para entretenerme es cazar a la gente que corre con nosotros. Esto sí es muy estúpido pero me divierte. La idea es que cuando alguien nos rebasa pienso que se trata de un cerdo o un venado o algo así y que es mi misión perseguirlo y darle alcance. Cuando corro con D. no le hago mucho caso a esta manía mía (que me nació después de un libro donde se habla de la teoría evolutiva del "hombre corredor") pero cuando voy solo y algún cerdo me pasa y además lo hace con desparpajo entonces entro en modalidad cazador y lo dejo ir lo suficiente para mantenerlo a la vista y conforme pasan los kilómetros pienso que debo cazarlo, alcanzarlo y degollarlo mentalmente. Calculo cuánto durará a ese ritmo y hago mis cálculos para saber si podré darle alcance. La mayoría de las veces lo hago sin problemas pero cuando otro cazador me pasa entonces me hago de la vista gorda y lo dejo ir. Sería peligroso intentar ir con él. Como sucedió hoy. Intenté seguir a un tipo durante algunos kilómetros y al final, cuando sólo me restaban unos tres mil metros, sentí que había sido un gran error y entonces sentí en el trasero y en los brazos y en el estómago cada metro que corría. Cuando llegué a mi límite de los 32 D. hacía rato que se había ido a la casa a bañarse y prepararse para sus clases. Pero yo me senté en un tronco y observé a las ardillas con mucho dolor en todo el cuerpo, arrepentido de la locura que había intentado.
Por la tarde fui a la presentación de Cuadrivio. Al verme renguear la gente se imaginó que tenía cruda y la verdad sentía algo bastante parecido. Hablé de las revistas, del internet, reciclé cosas que ya había escrito hace mucho y platiqué muy brevemente con los chicos de Cuadrivio, todos muy jóvenes y animados y serios y con ganas de hacer las cosas bien. Luego Diana y yo fuimos por café con leche y terminamos en la cama viendo The Incredibles y luego un programa sobre narcosubmarinos. Ella sacó a Travis a pasear y regresó enojada porque el señor no quiso hacer caca.
Ya casi es medianoche. Hace un rato leí a Diana el cuento "Plumas" de Carver. Hubo una imagen que me gustó mucho (nunca me había fijado en ella) y creo que me la voy a fusilar para el cuento que estoy terminando.
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